Archivos diarios: 5/07/22

557 Celebridad Gozosa e Incómoda.


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

450a Milagros en el arrabal cercano a Ippo y curación del leproso Juan

Las discípulas, con María en el centro, se ven separadas del grupo apostólico.

El niño, en los brazos de María Cleofás, llora aterrorizado…

Y su llanto hace converger en el grupo de las discípulas la atención de muchos.

Se escucha decir al enteradillo de siempre:

–            ¡Ah, pues si está también la Madre del Rabí y las madres de los discípulos!…

–            ¿Cuáles?

–            ¿Quiénes son?

–             La Madre es aquella pálida y rubia vestida de lino.

Las otras, aquellas ancianas que llevan una al niño y la otra aquel cesto encima de la cabeza.

–            ¿Y el niño quién es?

–            ¡Hombre, el hijo!

¿No oís que dice «mamá»?

–           ¿Hijo de quién?

¿De la anciana?

¡No puede ser!

–            De la joven.

¿No ves que quiere ir con ella?

–            No.

El Rabí no tiene hermanos.

Lo sé seguro.

Algunas mujeres oyen esto.

Y mientras Jesús, moviéndose con dificultad…

Logra llegar hasta la camilla donde está la enferma a la que han llevado allí sus hijos y la cura;

ellas se dirigen con curiosidad hacia María.

Pero una no es curiosa, una se postra a sus pies,

y dice:

–            Por tu Maternidad, ten piedad de mí.

Es la estéril.

María se inclina hacia ella y le dice:

–            ¿Qué quieres hermana?

–            Ser madre…

¡Un niño!…

¡Uno sólo!…

Soy odiada por ser estéril.

Yo creo que tu Hijo todo lo puede.

Tengo una fe tan grande en Él, que pienso que por haber nacido de ti,

te ha hecho santa y poderosa como Él.

Ahora yo te ruego…

Por tus delicias de madre te lo ruego: hazme fecunda.

Tócame con tu mano y seré feliz…

–           Tu fe es grande, mujer.

Pero la fe es para quien tiene derecho a ella: para Dios.

Ven pues, donde mi Jesús…

La toma de la mano y con gracia apremiante, pide paso para poder llegar donde Jesús.

Las otras discípulas la siguen por el canal que se abre entre la gente…

Y lo mismo las mujeres que se habían acercado a María y aprovechan,

para preguntar a María de Alfeo,

quién es el pequeño al que lleva levantado por encima de la multitud.  

María Cleofás responde:

–            Un niño al que su madre ya no lo quiere.

Ha venido al Rabí a buscar amor…

–            ¡Un niño al que la madre ya no le quiere!

¿Has oído, Susana?

–            ¿Quién es esa hiena?

Sela grita:

–            ¡Ay!

¡Y a mí que me consume el no tenerlo!

¡Déjame, déjamelo!

¡Que me bese al menos una vez un hijo!…

Y Sela la estéril, casi arranca de los brazos de María de Alfeo al pequeñuelo.

Lo estrecha contra su corazón, mientras trata de seguir a María…

Que ya se había distanciado de ella en el instante en que Sela dejó la mano de María,

para tomar al pequeño.  

Cuando María llega hasta el Maestro,

le dice:

–           Jesús, escucha.

Hay una mujer que pide una gracia.

Es estéril…

Uno que no sabe que está hablando a la Madre de Dios,

dice:

–           No incomodes al Maestro por ella, mujer.

Sus entrañas están muertas.

Luego, habiéndole alguien advertido de su error,

desconcertado quiere achicarse y desaparecer…

Mientras Jesús responde de una vez a él y a la mujer suplicante,

diciendo:

–           Yo soy la Vida.

Mujer, hágase lo que pides.

Poniendo un instante la mano en la cabeza de Sela.

El ciego del principio, que lentamente ha llegado a la aglomeración de gente

y desde el fondo lanza su invocación…

Gritando:

–            ¡Jesús!

¡Hijo de David, ten piedad de mí!

Jesús, que tenía agachada la cabeza para escuchar las palabras de súplica de Sela…

La levanta de nuevo mirando hacia el punto de donde viene,

sincopada como el grito de un náufrago, la voz del ciego.

Jesús le pregunta gritando:

–             ¿Qué quieres de mí?

–             Ver.

Estoy en las tinieblas.

–             Yo soy la Luz.

¡Quiero!

Después de unos segundos electrizantes…

–            ¡Ah!

¡Veo! ¡Veo!

¡De nuevo veo!

¡Dejadme pasar!

¡Para besar los pies de mi Señor!

El maduro ciudadano que lo había pensado antes,

dice:

–            Maestro, has curado a todos aquí.

Pero hay un leproso en una cabaña del bosque.

Siempre nos ruega que te llevemos a él…

Jesús responde:

–              ¡Vamos!

¡Llévame!

Dejadme que vaya.

¡No os hagáis daño!

Yo estoy aquí para todos…!

Animo, dejad paso.

Hacéis daño a las mujeres y a los niños.

No me marcho inmediatamente.

Estaré aquí mañana.

Y luego permaneceré por esta región durante cinco días.

Me podréis seguir, si queréis…

Jesús trata de disciplinar a la muchedumbre.

De evitar que por obtener beneficio de su venida se haga daño la gente.

Pero la multitud es como una sustancia blanduzca que se aparta,

pero luego vuelve a apretarse en torno a Él.

Es como una avalancha que por ley natural,

no puede evitar comprimirse a medida que avanza.

Son como partículas de hierro atraídas por el imán…

Y es lento el caminar, trabado, fatigoso…

Todos sudan, los apóstoles gritan,

se sirven de codazos en los pechos y de golpes con los pies en las espinillas,

para abrir paso…

¡Todo esfuerzo es inútil!

Se requiere un cuarto de hora para avanzar diez metros.

Una mujer de unos cuarenta años, logra a fuerza de constancia

Jesús también vivió el SUFRIMIENTO que significa SER una «celebridad viviente» y sufrir el acoso de ser popular

abrirse camino hasta Jesús y lo toca en un codo.

Jesús le pregunta:

–             ¿Qué quieres, mujer?

Señalando al pequeño Alfeo, dice:

–            Ese niño…

He sabido que…

Yo soy viuda y sin hijos…

Acuérdate de mí.

Soy Sara de Afeq, la viuda del vendedor de esteras.

Acuérdate.

Tengo casa en la plaza de la fuente roja.

Pero tengo también algunas parcelas de viña y de bosque.

Tengo algo que ofrecer a quien se encuentre solo…

Y me sentiría feliz…

–             Me acordaré, mujer.

Que tu piedad sea bendecida

Oremos…