561 Dejándolo Todo…


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

452 El ex leproso Juan se hace discípulo. Parábola de los diez monumentos

Postrándose de rodillas, en cuanto ve aparecer a Jesús en la gándara que precede al lugar rocoso

donde ha vivido durante muchos años…

El ex-leproso Juan grita:

–               ¡Mi Señor!

Y luego levantándose,

grita otra vez:

–               ¿Cómo es que vienes de nuevo a verme?

Jesús responde:

–               Para darte el viático de la palabra, después del de la salud.

–               El viático se da a uno que se pone en camino.

Y yo realmente me marcho hoy al atardecer, para las purificaciones.

Pero me marcho para volver y unirme a los discípulos, si me quieres acoger.

Ya no tengo casa ni parientes, Señor.

Soy viejo para volver a nueva actividad y vida.

Me restituirán la posesión de los bienes.

¿Pero cómo estará la casa, después de quince años sin ser de nadie?

¿Qué encontraré en ella?

Quizás paredes derrumbadas…

Soy un pájaro sin nido.

Deja que me una a las filas de los que te siguen.

Además…

No me pertenezco ya a mí mismo, porque por lo que me has dado soy tuyo;

ya no pertenezco al mundo, que durante tanto tiempo me apartó de sí justamente, porque era impuro.

Ahora después de conocerte, soy yo quien encuentro impuro al mundo.

Y me aparto del mundo para ir a Ti.

–               Y Yo no te rechazo.

De todas formas, te digo que querría de ti que estuvieras un tiempo en esta región.

Aera y Arbela tienen a un hijo suyo evangelizando.

Tú sélo de Ippo, de Gamala, de Afeq y de los pueblos cercanos.

Dentro de poco voy a bajar a Judea y no regresaré a estos lugares.

Quiero que tengan evangelizadores.

–             Tu Voluntad me hace amable cualquier renuncia.

Haré lo que deseas.

Lo haré en cuanto cumpla las purificaciones.

Había pensado no preocuparme ya más de mi casa.

Pero ahora digo que la voy a arreglar para poder vivir en ella y recibir durante el invierno,

a almas deseosas de saber de Ti.

Pediré a alguno de los discípulos que te sigue desde hace años que venga conmigo;

porque si quieres que sea un pequeño maestro,

necesito ser instruido por alguien que sea más maestro que yo.

Y en primavera iré como los otros, predicando tu Nombre.

–                Es un pensamiento correcto.

Dios te ayudará a cumplirlo.

–                Ya he empezado, destruyendo con el fuego todo lo que me pertenecía:

La mísera yacija y los enseres que usaba, la túnica que he llevado hasta ayer….

Todo lo que había tocado con mi cuerpo enfermo.

La gruta donde vivía está negra por el fuego que he encendido dentro, para destruir y purificar.

Nadie se contagiará si entra en ella para refugiarse en una noche de tormenta.

Y…

La voz del hombre pierde fuerza, casi se empaña y habla más lentamente…

… Tenía una vieja arca ya desvencijada…

Carcomida…

Parecía que la lepra la hubiera corroído también a ella…

Pero para mí…

Era más preciosa que las riquezas del mundo…

Dentro estaban las cosas amadas…

Recuerdos de mi madre…

El velo de boda de mi Ana…

¡Ah! Cuando se lo quité lleno de felicidad, el día de nuestra boda al caer de la tarde.

Y contemplé aquel rostro de azucenas tan hermoso y puro.

¿Quién me iba a decir que pocos años después lo iba a ver convertido todo en una llaga?

Y… los vestidos de mis hijos…

Y sus juguetes…

Que sujetaron entre sus pequeñas manos mientras pudieron apretar… algo…

Y… ¡Oh, es mucho el dolor!…

Perdona mi llanto…

La llaga duele mucho ahora que los he quemado por justicia…

Sin poder besarlos…

Porque eran de leprosos…

Soy injusto, Señor…

Te muestro lágrimas…

Pero ten conmiseración…

He destruido el último recuerdo de ellos…

Y ahora me siento como uno extraviado en un desierto…

El hombre se agacha llorando junto al montón de ceniza, recuerdo de su pasado…

–               No estás extraviado, Juan;

ni solo.

Yo estoy contigo.

Y los tuyos pronto estarán conmigo en el Cielo, esperándote.

Esos recuerdos te los evocaban desfigurados por la enfermedad.

O con la hermosura de la salud antes de la desgracia:

Recuerdos todos dolorosos.

Déjalos entre las cenizas de la hoguera.

Anúlalos en la certidumbre que te doy Yo de que volverás a encontrarlos felices,

con la hermosura de la alegría del Cielo.

El pasado ha muerto, Juan;

no lo llores más.

La luz ya no se demora en mirar a las tinieblas de la noche,

sino que exulta por separarse de ellas y resplandecer, subiendo en el cielo tras el sol todas las mañanas.

Y el sol no se demora en el oriente, sino que aparece;

se muestra todo, hasta emitir sus rayos desde lo alto de la bóveda celeste que surca.

Tu noche ha terminado.

No la recuerdes ya.

Sube con el espíritu a donde Yo Luz, te llevo.

Allí, por la dulce esperanza y la hermosa fe, encontrarás la alegría,

porque tu caridad podrá derramarse en Dios y en los amados que esperan.

Es sólo una rápida ascensión…

Y pronto estarás arriba, con ellos.

La vida es un soplo…

La eternidad es el eterno presente.

–              Tienes razón, Señor.

Me confortas y me enseñas cómo superar esta hora con justicia…

Pero Tú estás al sol por estar lo más cerca de mí que te es concedido.

Retírate, Maestro.

Ya me has dado bastante.

Podría hacerte daño el sol, que ya es fuerte.

–                He venido para estar contigo.

Todos hemos venido para esto.

Lo que puedes hacer es acercarte tú a los árboles…

Y estaremos cerca sin peligro.

El hombre obedece y deja la peña a cuyos pies está el montón de ceniza, el pasado.

Y va hacia el lugar al que se dirige Jesús.

Donde están emocionados, los apóstoles, las mujeres, los habitantes del arrabal

y los que han venido de las ciudades a escuchar al Maestro.  

Jesús ordena:

–              Encended las hogueras para asar el pescado.

Repartiremos la comida en banquete de amor.

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