572 El Dios Misericordioso


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

455C Discurso, al pie de Gamala, en pro de unos forzados.

Pero bajan apresuradamente algunos habitantes de Gamala, personas importantes ciertamente.

Y llegan hasta donde está Jesús, a quien saludan con gran veneración,

invitándolo a que entre en la ciudad para hablar a los habitantes.

Los cuales, por su cuenta, están viniendo en nutridos grupos.

Jesús dice:

–                 Vosotros podéis ir a donde queráis.

Ellos -y señala a los trabajadores- no pueden.

La hora es aún fresca y la posición nos resguarda del sol.

Vamos cerca de aquellos desdichados, para que también tengan ellos la palabra de Vida.

Y es el primero en encaminarse, volviendo sobre sus pasos.

Tomando luego un sendero accidentado que lleva monte abajo,

al lugar en que el trabajo es más penoso.

Se vuelve entonces hacia las personalidades de la ciudad,

y dice:

–               Si tenéis facultad para hacerlo, ordenad que sea suspendido el trabajo.

–              ¡Claro que podemos hacerlo!

Pagamos nosotros.

Si pagamos horas vacías, nadie podrá quejarse – dicen los de Gamala.

Y van a hablar con los sobrestantes.

Pasados unos momentos, se puede ver que éstos se encogen de hombros,

como diciendo:

–               Si estáis contentos vosotros…

¿A nosotros qué nos importa?

Y luego silban a los equipos una señal ciertamente de descanso.

Jesús, entretanto, ha hablado con otros de Gamala.

Éstos hacen gestos de asentimiento y se marchan a paso rápido, de nuevo hacia la ciudad.

Los laborantes temerosos,

acuden donde los sobrestantes y se ponen en torno a ellos.

El jefe de ellos ordena:

–             Cesad el trabajo.

El estrépito molesta al filósofo.

Los laborantes miran con ojos cansados a aquel que ha sido indicado como «filósofo»

y que les concede el don de un alto en el trabajo.

Y este «filósofo» mirándolos con piedad,

responde a su mirada y a las palabras del sobrestante,

diciendo:

–              No me molesta el estrépito, sino que me da pena su miseria.

Y añade:

–                 Venid, hijos.

Dad descanso a vuestros miembros…

Y más al corazón, junto al Cristo de Dios.

Pueblo, esclavos, condenados, apóstoles y discípulos;

se apiñan en el espacio libre que hay entre el monte y las trincheras.

Y quien allí no halla sitio, trepa al anillo de trincheras más altas o se coloca en los bloques

que han sido volcados al suelo.

Y los menos afortunados se resignan a ir al camino, adonde ya llegan los rayos del sol.

Va viniendo continuamente gente nueva, de Gamala…

O se detienen los que procedentes de otros lugares, se dirigían a ella.

Mucha gente.

Y entre ella se abren paso los que poco antes se habían marchado.

Traen cestos y recipientes pesados.

Se abren paso hasta Jesús,

que ha ordenado a los apóstoles que lleven a la primera fila a los laborantes.

Ponen cestos y ánforas a los pies del Maestro.

Jesús ordena:

–              Dad a éstos las ofrendas de la caridad.

Un sobrestante grita:

–             Ya han recibido su comida y allí hay todavía posca y pan.

Si comen demasiado, estarán pesados en el trabajo.

Jesús lo mira y repite la orden:

–             Dad a éstos comida de hombres y traedme a mí su comida.

Los apóstoles, ayudados de gente solícita, lo llevan a cabo.

¡Su comida!

Una especie de costra oscura, dura, indigna de ser dada a los animales;

poca agua mezclada con vinagre:

¡Éste es el alimento de estos forzados!

Jesús mira y manda que apoyen en el monte esta miserable comida.

Mira a los que debían consumirlo…

Cuerpos desnutridos en los que sólo resisten los músculos,

excesivamente desarrollados debido a los esfuerzos superiores a lo común…

Y haces de fibras que sobresalen bajo la piel fláccida;

ojos febriles y atemorizados.

Bocas ávidas, animalescas incluso en el acto de morder el alimento bueno, abundante, inesperado.

Y de beber el vino, el verdadero vino fortalecedor, fresco…

Jesús espera, paciente, a que terminen la comida.

Y no tiene que esperar mucho, porque la avidez es tal, que pronto todo está terminado.

Jesús abre los brazos y empieza a hablar.

Dando a todos su mensaje de esperanza…

Aliviando sobre todo, los corazones llenos de culpas y de cargas…

Cuando termina…

Sube a la ciudad, construida casi en la roca como una ciudad troglodita,

pero dotada de casas bien cuidadas y de un panorama bellísimo y variado…

Según desde el punto desde el que se mire, da a los montes de la Auranítida, al Mar galileo,

al lejano Gran Hermón o al verde valle del Jordán.

La ciudad es fresca por cómo está construida:

En alto y con calles protectoras del sol intenso.

Parece más un enorme castillo que una ciudad.

Las casas, mitad muro mitad montaña excavada, tienen tal aspecto de fortines,

que Gamala parece una sucesión de fortalezas.

Desde la más alta de todas,

los ojos se deleitan en el vasto horizonte de los montes, bosques, lagos, ríos;

que pueden contemplarse bajo su mirada…

En la plaza mayor, el punto más alto de la ciudad…

Están esperando los enfermos de Gamala.

Y Jesús pasa sanándolos…

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