573 Misericordia Viviente


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

455d Discurso, al pie de Gamala, en pro de unos forzados.

Jesús abre los brazos con el gesto habitual de cuando está para hablar,

para atraer la atención e imponer silencio.

Dice:
–           En este lugar…

¿Qué observan los ojos del hombre?

Valles excavados más profundamente de cuanto lo fueran por la naturaleza que los creó,

colinas formadas con masas de rocas y taludes fabricados por el hombre,

caminos sinuosos que penetran en el monte como guaridas de animales.

¿Y todo esto para qué?

Para detener un peligro que no se sabe de dónde viene,

pero que se presiente amenazador como granizada de un cielo borrascoso.

En verdad, aquí se ha actuado humanamente, con fuerzas humanas y medios humanos

y también inhumanos, para defenderse y preparar medios de ofensiva,

olvidando las palabras del Profeta, (Isaías 40, 1-8; 56, 4-7; 61, 1)

Que enseña a su pueblo cómo se puede defender de las desventuras humanas,

con medios sobrehumanos, los más válidos:

«Consolaos… confortad a Jerusalén, porque su esclavitud ha terminado, su iniquidad está expiada,

pues ha recibido de la mano del Señor el doble de sus pecados».

Y después de la promesa, explica la forma que debe seguirse para traducirla en realidad:

«Preparad los caminos del Señor, enderezad en la soledumbre los senderos de Dios.

Todo valle será colmado; toda montaña, rebajada;

los caminos tortuosos se harán derechos, los escabrosos se harán lisos.

Entonces aparecerá la gloria del Señor y todos los hombres, sin excepción, la verán,

porque la boca del Señor ha hablado»

Palabras pronunciadas de nuevo por el hombre de Dios, Juan el Bautista,

y apagadas en sus labios sólo con muerte.

Ésta es, ¡Oh hombres! la verdadera defensa contra las desventuras del hombre.

No armas contra armas, defensa contra ofensa, no orgullos, no la crueldad;

sino armas sobrenaturales;

virtudes conquistadas en la soledad, en el interior del individuo, solo consigo mismo,

que trabaja en santificarse elevando montes de caridad, bajando cimas de soberbia,

enderezando caminos tortuosos de concupiscencia,

apartando de su camino obstáculos de sensualidad.

Entonces aparecerá la gloria del Señor…

Y el hombre gozará de la defensa de Dios

contra las asechanzas de los enemigos espirituales y materiales.

¿Pero qué creéis que son unas pocas trincheras, unas pocas escarpas, unos pocos fortines

contra el castigo de Dios provocado por las iniquidades o incluso sólo por las tibiezas del hombre?

Contra estos castigos, que tendrán un nombre:

romanos, como en otros tiempos tuvieron el de babilonios o filisteos o egipcios.

Pero que en realidad son castigo divino, nada más que castigo.

Y un castigo provocado por los demasiados orgullos, sensualidades, codicias, mentiras, egoísmos,

desobediencias a la Ley santa del Decálogo.

El hombre, aun el más fuerte, puede morir por una mosca.

Y la ciudad mejor pertrechada puede ser expugnada:

cuando el uno o la otra no gozan ya de la protección de Dios;

protección desvanecida, rechazada,

por causa de los pecados del hombre o de la ciudad.

Sigue diciendo el Profeta:

«Todo hombre es como la hierba.

Y toda su gloria como la flor del campo:

se seca la hierba, cae la flor en cuanto las toca el soplo del Señor».

Vosotros por deseo mío, miráis hoy con piedad a estos a los que hasta ayer habíais mirado

como a máquinas obligadas a trabajar para vosotros.

Hoy, porque os los he puesto como a hermanos entre hermanos;

pobres hermanos en medio de vosotros ricos y felices,

hoy los veis como lo que son: hombres.

El desprecio o la indiferencia han caído de muchos corazones para dejar lugar a la piedad.

Pero consideradlos más íntimamente, más allá de la carne avasallada.

Dentro de ésta, dentro de ellos hay un alma, un pensamiento, sentimientos como en vosotros.

Un día eran como vosotros:

estaban sanos, eran libres, vivían felices.

Luego dejaron de serlo.

Porque, si la vida del hombre es como hierba que se seca, aún más frágil es su bienestar.

Los que hoy están sanos mañana pueden estar enfermos,

los que hoy son libres mañana pueden ser esclavos,

los que hoy viven felices mañana pueden vivir infelices.

Entre éstos hay quienes ciertamente son culpables.

Mas no juzguéis su culpa ni gocéis de su expiación.

Mañana por muchos motivos, podríais ser culpables también vosotros

y veros obligados a duras expiaciones.

Sed pues misericordiosos, porque no conocéis vuestro mañana,

que podría verse necesitado de toda la misericordia divina y humana:

efectivamente, muy distinto del hoy podría ser.

Sed propensos al amor y al perdón.

No hay hombre sobre la Tierra que no necesite de perdón por parte de Dios

y por parte de alguno de sus semejantes.

Perdonad pues, para ser perdonados.

Sigue diciendo el Profeta:

«La hierba se seca, la flor cae; mas la palabra del Señor permanece eterna»

Ésta es el arma y la defensa:

la Palabra eterna, hecha ley de todas vuestras acciones.

Levantad este verdadero baluarte contra el peligro que amenaza, y seréis salvos.

Acoged pues a la Palabra: Aquel que os habla,

pero no la acojáis materialmente, durante una hora en el recinto de la ciudad;

antes bien, en vuestro corazón y para siempre.

Porque Yo soy Aquel que sabe, que obra y gobierna con poder.

soy el Pastor bueno que apacienta el rebaño que a Él se confía y no desatiendo a ninguno:

ni al pequeño ni al cansado ni al herido, maltratado por la suerte ni al que llora por sus errores

ni al que rico y dichoso, margina todo en aras de la verdadera riqueza y dicha:

la de servir a Dios hasta la muerte.

El Espíritu del Señor está sobre Mí,

porque el Señor me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los mansos,

a vendar los corazones de aquellos que lo tienen roto,

a predicar la libertad a los esclavos,

la liberación a los prisioneros.

Y no se me puede llamar agitador, porque no incito a la insurrección,

ni aconsejo la evasión a los esclavos y prisioneros;

sino que al hombre encadenado, al hombre que padece esclavitud enseño la verdadera libertad,

la verdadera liberación, la que no puede ser arrebatada y tampoco limitada,

la que en la medida en que más se abandona a ella el hombre, más crece:

la libertad espiritual, la liberación del pecado, la mansedumbre en el dolor,

a saber ver a Dios más allá de los hombres que encadenan,

el saber creer que Dios ama a quien lo ama,

y perdona donde el hombre no perdona,

saber tener esperanza en un lugar eterno, de premio, para quien sabe ser bueno en la desventura,

para quien sabe arrepentirse de sus pecados, ser fiel al Señor.

No lloréis, vosotros para quienes hablo especialmente.

He venido a consolar, a recoger a los desechados, a poner luz en sus tinieblas, paz en sus almas,

a prometer una morada de gozo, tanto a quien se arrepiente como al no culpable.

Y no hay pasado que impida este Presente que espera en el Cielo a los que saben servir al Señor

en la condición en que se encuentran.

No es difícil pobres hijos, servir al Señor.

Él os ha dado un modo fácil de servirle, porque os quiere felices en el Cielo.

Servir al Señor es amar.

Amar la voluntad de Dios porque amáis a Dios.

La voluntad de Dios se esconde incluso en las cosas más aparentemente humanas.

Porque -os hablo a vosotros, que quizás habéis derramado sangre de hermanos-,

porque, si es cierto que no era voluntad de Dios que fuerais violentos,

ahora es voluntad suya que en la expiación canceléis vuestras deudas para con el Amor.

Porque, si no era voluntad de Dios que os rebelarais contra vuestros enemigos,

es ahora voluntad el que os hagáis humildes,

como entonces fuisteis soberbios para perjuicio vuestro.

Porque si no era voluntad de Dios que con robo, grande o pequeño,

os apropiarais de lo que no era vuestro,

ahora es voluntad de Dios que recibáis la pena,

para no llegar a Dios con vuestro pecado en el corazón.

Y esto no deben olvidarlo los que ahora viven dichosos, los que se creen seguros,

los que por esta torpe seguridad, no preparan en sí el reino de Dios,

y serán en la hora de la prueba como hijos lejanos de la casa del Padre, a merced de la tempestad,

bajo el flagelo del dolor.

Obrad todos con justicia.

Y alzad los ojos a la Casa paterna,

al Reino de los Cielos que, cuando tenga abiertas de par en par sus puertas

por mano de Aquel que ha venido a abrirlas,

no se negará a recibir a ninguno que haya alcanzado la justicia.

Mutilados en las carnes, tullecidos, eunucos;

o mutilados en el espíritu, tullecidos, eunucos en las potencias del espíritu, excluidos en Israel,

no temáis no tener sitio en el Reino de los Cielos.

Las mutilaciones, tullimientos, minoraciones de la carne, cesan con la carne.

Las morales, como la prisión y la esclavitud, cesan también un día;

las del espíritu, o sea, los frutos de las culpas pasadas, se reparan con la buena voluntad.

Y las mutilaciones materiales no cuentan a los ojos de Dios.

Las espirituales se anulan ante sus ojos cuando el arrepentimiento amoroso las cubre.

Y el ser extranjeros del Pueblo santo ya no es impedimento para servir al Señor.

Porque ha llegado el tiempo en que las fronteras de la Tierra cesan ante el único Rey,

el Rey de todos los reyes y pueblos, que congrega a todos los pueblos en uno solo

para hacer de ellos su pueblo nuevo.

Ese pueblo del que serán excluidos sólo los que traten de engañar al Señor,

con una falaz obediencia a su Decálogo.

A ese Decálogo que todos los hombres de buena voluntad pueden seguir,

sean hebreos, gentiles o idólatras.

Porque donde hay buena voluntad hay tendencia natural a la justicia.

Y quien tiende a la justicia no halla dificultad en adorar al Dios verdadero,

cuando llega a conocerlo,

a respetar su Nombre, a santificar sus fiestas, a  honrar a los padres,

a no matar, robar, testificar con falsedad, a no ser adultero y fornicador;

a no codiciar lo que no es suyo.

Y si hasta ahora no lo ha hecho, hágalo de ahora en adelante,

para que se salve su alma y para conquistar su puesto en el Cielo.

Está escrito: «Les daré un lugar en mi Casa, si mantienen mi pacto, y los alegraré».

Y esto se dice para todos los hombres de santa voluntad, siendo el Santo de los santos,

el Padre común de todos los hombres.

He dicho.

No tengo dinero para éstos.

Y tampoco les sería útil.

Pero os digo a vosotros de Gamala, que tanto habéis progresado en el camino del Señor

desde la primera vez que nos encontramos,

que levantéis la mejor defensa para vuestra ciudad, la del amor entre vosotros y hacia éstos,

socorriéndolos en mi Nombre mientras trabajan para vosotros.

¿Lo haréis?

La multitud grita:

–                 Sí, Señor.

–               Entonces vamos.

No habría entrado en vuestro recinto,

si la dureza de los corazones hubiera respondido «no» a mi petición.

Y bendición para vosotros que os quedáis…

Vamos…

Regresa al camino, ya todo lleno de sol.

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