576 Un Milagro Incomprendido


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

456b Despedida de Gamala y llegada a Afeq. Advertencia a la viuda Sara y milagro en su casa.

Ya han llegado a las primeras casas.

Afeq no es una ciudad que pueda competir con Gamala o Ippo.

Es más que nada rural, pero quizás por estar situada en un nudo de caminos importante, no es pobre.

Lugar de paso de caravanas dirigidas desde el interior al lago o del norte hacia el sur,

está obligada a disponer de los medios para proveer a los peregrinos:

alojamiento, vestidos, sandalias y alimentos;

así que hay almacenes numerosos y numerosas posadas.

La casa de la viuda está cerca de una de éstas, en una plaza.

Y está ocupada en el bajo, por un almacén grande donde hay un poco de todo…

Que lo regentea un anciano narigudo y barbudo,

que ahora grita como un condenado ante unos compradores roñosos.

Sarah lo llama:

–                 ¡Samuel!

El hombre responde:

–                ¡Ama!

Inclinándose tanto cuanto lo permiten los bultos de mercancía apilados delante de él.

–                Manda aquí a Elías o a Felipe y luego ven a casa.

Ordena la viuda;

Y luego, volviéndose al Maestro,

invita:

–                Ven.

Entra en mi casa y sé su huésped bienvenido.

Entran todos, pasando por el fondac.

Mientras un mocetón que ha venido, lleva los borriquillos al establo.

Después del fondac, que da a la casa un aspecto no demasiado artístico,

hay un bello patio con dos pórticos de arcadas.

En medio, la fuente.

A los lados, robustos plátanos, que dan sombra a las tapias blancas de cal.

Una escalera sube a la terraza.

En los lados sin arcadas, los más lejanos del fondac, se abren habitaciones.

Sarah informa:

–                Antes, en tiempos de mi esposo, esto estaba lleno.

Y se hospedaba también a mercaderes a quienes la noche había sorprendido aquí.

Arcadas para las mercancías, establos para los animales y ahí el pilón para abrevar.

Ven a las habitaciones.

Cruza en diagonal el patio, yendo hacia la parte más bonita de la casa.

Llamando:

–               ¡María! ¡Juana!

Acuden dos mujeres de la servidumbre…

Una con las manos untadas de masa de pan, la otra con una escoba en la mano.

Se saludan:

–               ¡Ama!

La paz sea contigo y con nosotras, ahora que has vuelto.

–               Y con vosotras.

¿Nada desagradable en estos días?

–               José, ese atolondrado…

Ha roto el rosal que tanto querías.

Le he pegado fuerte.

Tú pégame a mí, que he sido una estúpida dejándolo ir a esa planta.

–               No tiene valor…

Pero se asoman lágrimas a los ojos de Sara, que las explica,

diciendo:

–                Me lo había traído mi marido la última primavera que estuvo sano…

La otra mujer dice:

–                Y Elías se ha roto una pierna…

Cosa que tiene furioso a Samuel;

porque se ve sin ayuda en estos tiempos de mucha actividad de comercio…

Se cayó de la escalera de la otra parte,

exponiéndose mucho para que encontraras blanqueadas las paredes cuando volvieras.

Sufre mucho y se quedará renco.

Y tú ama, ¿Has sido feliz en tu viaje?

–                 Como no me hubiera esperado nunca.

Regreso con el Rabí de Galilea.

¡Pronto! Preparad para los que vienen conmigo.

¡Entra, Maestro!

Entran en la casa, pasando por delante de las dos criadas estupefactas.

Una amplia, fresca habitación en penumbra, con asientos y arquibancos, los acoge.

La viuda sale para dar indicaciones.

Jesús llama a los apóstoles para mandarlos por la ciudad para preparar los corazones a su llegada.

Entra Samuel, transformado de vendedor en jefe de casa,

seguido por criadas con ánforas y jofainas para las abluciones de antes de la comida.

Y la comida la traen en grandes bandejas: pan, fruta, leche.

Vuelve el ama:

–               He dicho a mi criado que estás aquí.

Te ruega que seas misericordioso con él.

Yo también te digo que lo seas conmigo.

Para los Tabernáculos mucha gente pasa por aquí.

Y el paso empieza apenas pasada la neomenia de Tisrí.

¡No sé cómo nos las vamos a arreglar, estando él malo!…

–              Dile que venga aquí.

–               No puede.

No se sostiene.

–               Dile que el Rabí no va donde él, pero que quiere verlo.

–               Mandaré que lo traigan Samuel y José.

Samuel refunfuña:

–                ¡Sólo faltaba eso!

Yo soy viejo y estoy cansado.

Jesús ordena:

–               Di a Elías que venga con sus piernas.

Lo quiero Yo.

El viejo sirviente refunfuña más:

–                ¡Un pobre rabí!

Ni siquiera Gamaliel podría tanto.

–                ¡Calla, Samuel!…

¡Perdónalo, Maestro!

Es un sirviente fiel.

Nacido aquí, de sirvientes de la casa de mi marido;

diligente, honesto, pero testarudo en sus ideas de israelita anciano…

Lo disculpa en voz baja la viuda.

–                Comprendo su espíritu.

Pero el milagro lo cambiará.

Ve tú a decir a Elías que venga.

Y vendrá.

La viuda va.

Y regresa diciendo:

–                   Se lo he dicho.

Y me he marchado inmediatamente para no verle poner en el suelo esa pierna toda negra e hinchada.

–                  ¿No crees en el milagro?

–                  Yo sí.

Pero esa pierna da horror…

Temo que se pudra toda por la gangrena.

Está brillante.

Brillante… horrenda y…

¡Oh!

La interrupción;

la exclamación viene del hecho de ver al criado Elías correr mejor que un sano hacia ellos

y arrojarse a los pies de Jesús,

diciendo:

–              Sea loado el Rey de Israel.

–              Loor sólo a Dios.

¿Cómo has venido?

¿Cómo has tenido este coraje?

–              He obedecido.

He pensado: «El Santo no puede mentir ni manda cosas estúpidas. Tengo fe. Creo»

Y he movido la pierna.

Ya no dolía.

Se movía.

La he apoyado en el suelo.

La pierna me sostenía.

He movido el paso.

Podía hacerlo.

Me he echado a correr.

Dios no defrauda a quien cree en Él.

–              Levántate hombre.

En verdad os digo que pocos tienen la fe de éste.

¿De qué te ha venido?

–               De tus discípulos que pasaron por aquí a predicarte.

–               ¿Los has escuchado sólo tú?

–               No.

Todos, porque fueron hospedados aquí después de Pentecostés.

–               Y sólo tú has creído…

Tu espíritu está muy adelante en los caminos del Señor.

Continúa.

El viejo Samuel está en fuerte conflicto entre sentimientos opuestos…

Pero como muchos en Israel, no se sabe despegar de lo viejo por lo nuevo y se cierra;

dice:

–                 ¡Magia! ¡Magia!

Está escrito: «No se contamine mi pueblo con los magos y los adivinos.

Si uno lo hace, Volveré contra él mi rostro y le exterminaré».

¡Teme, ama, ser infiel a las leyes!

Y se marcha severo, escandalizado,

como si hubiera visto al demonio asentado en la casa.

–              ¡No le castigues, Maestro!

¡Es viejo!

Siempre ha creído de esta manera…

–               No temas.

Si fuera a castigar a todos los que me llaman demonio,

muchos sepulcros se abrirían para tragarse su presa.

Sé esperar…

Hablaré al caer de la tarde.

Luego dejaré Afeq.

Ahora acepto quedarme bajo tu techo.

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