Archivos diarios: 15/08/22

586 Estrechando el Cerco


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

460b Fariseos en Cafarnaúm con José y Simón de Alfeo. Jesús y su Madre preparados para el Sacrificio.

Después de haber hecho respetuosas reverencias a los fariseos presentes,

entre los cuales está Simón, el fariseo de Cafarnaúm.

va hacia sus dos primos…

A los cuales besa.

Después de los saludos mutuos…

Señalando a los fariseos, Simón de Alfeo,

explica:

–               Te hemos buscado más por éstos, que por nosotros.

Hemos venido a Nazaret a buscarte.

Y entonces…

Dirigiéndose a los fariseos,

 Jesús responde:

–                La paz a vosotros.

¿De qué teníais necesidad?

Simón el fariseo,

dice:

–               ¡De nada!

Verte, sólo verte.

Escucharte.

Oír la sabiduría de tus palabras…

–              ¿Sólo para esto?

Varios fariseos dicen:

–             Verdaderamente, también para aconsejarte…

–             Tú eres demasiado bueno.

Y la gente abusa de ello.

–              Este pueblo no es bueno.

Y Tú lo sabes.

–               ¿Por qué no maldices a los pecadores?

Jesús responde:

–               Porque el Padre me ordena que salve, no que pierda.

–               Te buscarás adversidades…

–               No importa.

No puedo transgredir la orden del Altísimo, por ningún beneficio humano.

–               Y si…

Ya sabes…

Se dice por lo bajo, que halagas al pueblo para servirte de él en una rebelión.

Hemos venido a preguntarte si es verdad.

–               ¿Habéis venido u os han mandado?

–               Es lo mismo.

–               No.

De todas formas, os respondo a vosotros y también a quienes os han mandado,

que el agua que rebosa de mi recipiente es agua de paz.

Que la semilla que siembro es semilla de renuncia.

Yo podo las ramas soberbias, estoy pronto para arrancar las plantas malas,

para que no perjudiquen a las buenas, si no se someten al injerto.

Pero lo que Yo llamo bueno, no es lo que vosotros llamáis bueno.

Porque Yo llamo buena a la obediencia, a la pobreza, a la renuncia, a la humildad,

a la caridad que condesciende a todas las humildades y misericordias.

No temáis a nadie.

El Hijo del hombre no tiende asechanzas a los poderes humanos,

sino que viene a inculcar poder a los espíritus.

Id y referid que el Cordero no será nunca lobo.

–              ¿Qué quieres decir?

Tú nos entiendes mal y nosotros te entendemos mal.

–              No.

Yo y vosotros nos entendemos muy bien…

–              ¿Entonces sabes para qué hemos venido?

–               Sí.

Para decirme que no debo hablar a las multitudes.

Y no pensáis que no podéis prohibirme entrar, como cualquier israelita,

donde se leen y explican las Escrituras.

Y donde todo circuncidado tiene el derecho de hablar.

–               ¿Quién te lo ha dicho?

Jairo, ¿No es verdad?

Referiremos.

–               No he visto todavía a Jairo.

–               Mientes.

–               Yo soy la Verdad.

Un hombre de la multitud…

De la multitud que se ha vuelto a formar,

dice:

–                Él no miente.

Jairo se ha marchado ayer, antes de la puesta del sol, con su mujer y su hija.

Las ha acompañado.

Ha dejado aquí a su ayudante.

Las ha acompañado donde su madre, que se está muriendo.

No volverá hasta después de las purificaciones.

Los fariseos no tienen la satisfacción de poder mostrar que Jesús miente…

Pero sí la de saber que no tiene consigo a su más poderoso amigo de Cafarnaúm.

Se miran unos a otros:

Toda una mímica de miradas.

José de Alfeo, el mayor de la familia,

siente el deber de defender a Jesús y se vuelve hacia Simón el fariseo,

diciendo:

–              Me has honrado queriendo compartir el pan y la sal conmigo.

Y el Altísimo tendrá en cuenta este honor que has dado a los descendientes de David.

Te has mostrado justo ante mí.

Estos fariseos acusan a este hermano mío.

Ayer me dijeron a mí cabeza de la casa, que el único dolor era el que Jesús desatendiese a Judea,

porque siendo el Mesías de Israel, tenía el deber de amar y evangelizar por igual a todo Israel.

Me pareció justo el razonamiento y se lo habría dicho a mi hermano.

Pero entonces, ¿Por qué hablan así hoy?

Al menos, que digan por qué no debe hablar.

Que yo sepa, no dice cosas contrarias a la Ley y a los Libros.

Dad las razones y yo convenceré a Jesús de que hable de otra forma.

Simón el fariseo dice:

–               Es razonable lo que dices.

Responded a este hombre…

¿Ha dicho Él cosas… sacrílegas?

–               No.

Pero el Sanedrín lo acusa de separar, de tratar de separar a la nación.

El Rey debe ser de Israel, no sólo de Galilea.

–              Se quiere a toda la patria.

Se quiere muchísimo dentro de la patria a la región natal.

Este amor suyo por Galilea, no es una causa tan grave que merezca castigo.

Y además, nosotros somos de David, así que…

–                Que venga entonces a Judea.

Que no nos desprecie.

Entre severo y jactancioso, José de Alfeo mirando a Jesús,

dice:

–                ¿Los oyes?

¡Es un honor para ti y para la familia!

Jesús responde serio:

–             Estoy oyendo.

–             Te aconsejo que condesciendas con su deseo.

Es bueno.

Es puro honor.

Tú dices que quieres paz.

Pues entonces pon fin, dado que te quieren de uno a otro confín,

a esta desavenencia que hay entre las dos regiones.

Lo harás, ciertamente.

Y mirando a los fariseos, agrega:

¡Ciertamente lo hará!

Lo aseguro por Él, que es obediente a los mayores.

Jesús objeta:

–              Está escrito:

«No hay nadie mayor que Yo.

No hay ningún otro dios delante de mí».

Yo obedeceré siempre a lo que Dios quiere.

–              ¿Oís?

Id, pues, en paz.

–              Oímos.

Pero José, antes de marcharnos…

Queremos saber lo que para Él es lo que Dios quiere.

–             Lo que Dios quiere es que Yo haga su voluntad.

–              ¿Y cuál sería esa voluntad?

–              Dila.

–              Que recoja las ovejas de Israel y las reúna en un solo rebaño.

Y lo haré.

–              Tendremos en cuenta estas palabras tuyas.

–              Será buena cosa.

Que Dios esté con vosotros.

Jesús vuelve la espalda al grupo farisaico y camina hacia casa.

José su primo se pone a su lado medio contento, medio descontento.

Y con aire protector, le hace observar que si seles sabe tratar, como ha hecho él,

que si se tiene el apoyo de los familiares, como afortunadamente ha sucedido hoy;

que si se recuerda que se tiene derecho al trono, como descendientes de David que somos… etc.,

También los fariseos se pueden hacer buenos amigos.

Jesús le interrumpe,

diciendo:

–                ¿Y tú lo crees?

¿Crees en sus palabras?

Verdaderamente el orgullo y la alabanza engañosa bastan,

para cubrir de escamas las vistas más agudas.

–                Yo, de todas formas…

Los complacería.

No puedes pretender que te paseen victorioso entre gritos de hosanna, así de repente…

Los debes conquistar.

Un poco de humildad, Jesús.

Un poco de paciencia.

El honor merece cualquier sacrificio…

–             ¡Basta!

Hablas palabras humanas…

Y peor todavía.

Que Dios te perdone.

Y te dé luz, hermano.

Pero apártate, porque me produces amargura.

Y no expreses a tu madre, a tus hermanos, a mi Madre estos consejos necios.

–                ¡Quieres tu perdición!

¡Eres causa de nuestro hundimiento y del tuyo!

–            ¿Por qué has venido, si sigues siempre igual?

Todavía no he padecido por ti, pero lo haré.

Y entonces…

José se ha marchado, inquieto.

Simón susurra:

–             Tú lo enojas…

Es como nuestro padre, ya sabes…

Es el viejo israelita…

–              Cuando comprenda…

Verá que mi acción que ahora lo enoja, era santa…

Ya están en la puerta de casa.

Entran.