587 La Hora Tremenda


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

460c Jesús y su Madre preparados para el Sacrificio.

Cuando llegan a la casa…

Jesús ordena a Pedro:

–                Ocúpate de que la barca esté preparada para la puesta del sol.

Vamos a acompañar a Tiberíades a las dos Marías.

Simón las acompañará a casa.

Irá contigo Mateo, además de tus compañeros pescadores.

Los demás nos esperarán aquí.

Pedro toma aparte a Jesús,

que le dice:

–              ¿Y si viene el de Antioquía?

Lo digo por Judas de Keriot…

Jesús declara:

–              Tu Maestro te dice que lo encontraremos en el muelle de Tiberíades.

–              ¡Ah, entonces!

Con voz fuerte agrega:

–               ¡La barca estará preparada!

Con la luminosidad insegura del alba, que bajo los árboles frondosos apenas si es un atisbo de luz…

Mostrando un pequeño recorte del lago, que se despierta…

Con un amplio recorte del cielo que se hace claro pasando del pardo cerúleo,

propio del firmamento al salir de la noche, al celeste.

Mientras que al oriente ya se difumina con una pincelada amarillosa;

cada vez más afianzada y cargada,

hasta pasar del amarillo pálido al amarillo rosado y luego a un pálido coral hermosísimo.

El alba promete un hermoso día, a pesar de una levísima niebla que se resiste a ceder a la luz.

El campo del cielo allá abajo, al oriente.

Disgregándose en velos de nubes tan ligeras, que el azul del cielo no se resiente;

sino que se adorna como con muselina blanquísima orillada de oro y corales.

Una muselina que va cambiando sin cesar, que se hace cada vez más bella…

Como esforzándose en alcanzar la perfección de su efímera belleza,

antes de que el día la destruya con el triunfo del sol.

Al occidente por el contrario, resiste algún astro aún a la luz creciente…

aunque carente ya del resplandor nocturno.

La Luna, próxima ya a desaparecer por detrás de las crestas de los montes…

Navega pálida, sin brillo, como un planeta moribundo.

–               Madre, sube conmigo.

Estaremos juntos estas horas.

María lo sigue sin hablar.

Entran en la habitación de arriba, fresca y sombreada…

Por la parra que la cubre y las cortinas puestas para dar sombra.

María está muy pálida y pregunta:

–               ¿Te vas, Jesús mío?

Jesús responde:

–                 Sí.

Llega el momento de marcharme.

–               ¿Y yo no debo ir para los Tabernáculos?

¡Hijo mío!…

María tiene un amago de llanto.

–              ¡Mamá!

¿Por qué?

¡No es la primera vez que nos dejamos!

–              No.

Es verdad.

Pero…

¡Oh!

Recuerdo cuanto me dijiste en el bosque cercano a Gamala…

¡Hijo mío!

Perdona a una pobre mujer.

Te obedeceré…

Con la ayuda de Dios, seré fuerte…

Pero quiero una promesa tuya…

–             ¿Cuál, Madre mía?

–              Que no me ocultarás la Hora Tremenda.

Ni por piedad, ni por aprensión respecto a mí…

Sería demasiado dolor…

Y demasiada tortura…

Dolor porque…

Sabría todo al improviso y por boca de quien no me ama,

como Tú amas a esta pobre Mamá…

Y sería tortura si pensara que quizás mientras hilo, tejo o cuido las palomas…

A ti, Hijo mío, te están matando…

–               No temas, Madre.

Lo sabrás…

Nos veremos todavía…

–              ¿Verdaderamente?

–              Sí.

Nos veremos todavía.

–             ¿Y me dirás: «Voy a cumplir el Sacrificio»?

¡Oh…!

–              No diré eso.

Pero tú comprenderás…

Y luego, la paz.

Mucha paz…

Observa: haber hecho todo lo que Dios quiere de nosotros, sus hijos;

para el bien de todos los otros hijos.

Habrá mucha paz…

La paz del perfecto amor…

La ha recogido en su corazón.

Y la tiene ahí, estrechada en el abrazo filial:

Él mucho más alto y fuerte.

Ella más menuda, joven…

Con esa incorrupta juventud suya, de carne y de expresión,

puesta sobre la eterna juventud de su espíritu inmaculado.

Y Ella repite heroica (¡Cuán heroica!):

–                Sí, sí.

Lo que Dios quiera…

No hay más palabras.

Los dos Perfectos ya consuman el sacrificio de su más dura obediencia.

No hay lágrimas.

Y tampoco besos.

Hay sólo Dos que aman perfectamente…

Y depositan a los pies de Dios su amor.

Pero éste no es el último adiós.

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