588 Cordero y Pastor


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

461 Confabulación en casa de Cusa para elegir a Jesús rey.

Tiberíades ha vertido todos sus habitantes en las orillas del lago.

O en el propio lago…

Buscando refrigerio en la brisa que recorre las aguas y cimbra los árboles de los jardines de la orilla.

Mientras los ricos de esta ciudad donde se entreveran muchas razas allí reunidas por muchos motivos… 

Se procuran alivio en cómodas barcas de recreo…

Desde las sombras verdes de los  jardines,

se observan los movimientos de las barcas en las aguas de turquesa,

ya depuradas del amarillo que había puesto en ellas el aguacero de la noche anterior.

Los pobres especialmente los niños retozan en la playa, en el linde donde las olas mueren.

Y  sus grititos, por el frío del agua que les da más arriba de lo que quisieran…

Parecen gritos de golondrinas.

Las barcas de Pedro y Santiago se acercan a la orilla, dirigiéndose hacia el embarcadero.

Jesús ordena:

–                No.

Al jardín de Juana.

Pedro obedece sin decir nada.

Y la barca seguida por su gemela, con una virada perfecta,

que dibuja una estela de espuma en forma interrogación;

tuerce hacia el desembarcadero del jardín de Cusa.

Se arrima a él y se detiene.

Jesús es el primero en bajar.

Luego da la mano a las dos Marías para ayudarlas a bajar al pequeño andén.

Jesús dice:

–               Ahora vosotros id al muelle grande y poneos a predicar al Señor.

Veréis a un hombre que se acercará a preguntaros  dónde estoy.

Es el hombre de Antioquía.

Traedlo a Mí después de que hayáis despedido la gente.

Pedro pregunta:

–               Sí…

Pero…

¿Qué debemos decir a la gente?

¿Predicar que has venido o predicar tu doctrina?

–               Que he venido.

Decid que para la aurora hablaré en Tariquea y curaré a los enfermos.

Uno de vosotros que vigile las  barcas.

O poned algún discípulo que lo haga, para que estén preparadas para partir.

Id y que la paz sea con vosotros.

Y se encamina hacía el cancel que se cierra ante el embarcadero.

Las dos Marías lo siguen silenciosas.

En el vasto jardín donde pertinaces rosas florecen todavía, si bien muy escasas…

No se ve a nadie.

Pero se oyen los gritos felices, de los dos pequeños, que están jugando.

Jesús, pasando la mano por entre los arabescos del cancel, trata de correr el pasador.

Pero no lo consigue.

Busca si hay algo que pueda hacer ruido y llamar la atención.

Pero no hay nada.

Entonces al oír más cercanas las voces de los dos niños,

llama fuerte:

–             ¡María!

Las dos voces enmudecen de golpe…

Jesús repite:

–            ¡María!…

Y allá en el medio del prado, donde está muy bien cortado el césped,

como una alfombra de la que sobresalieran los pies bien cuidados de los rosales;

allá aparece la niñita dando pasitos cortos, cautos, con un dedito entre los labios… 

Indagadores los ojos que escrutan en todas las direcciones.

Y unos pasos más atrás, seguido de un corderito blanco como la espuma, se ve a Matías.

Jesús grita fuerte:

–             ¡María! ¡Matías!

La voz guía las miradas inocentes.

Los dos niños dirigen sus ojos hacia el cancel…

Y ven a Jesús con la cara contra las barras, sonriéndoles.  

María dice:

–               ¡El Señor!

Ve corriendo Matías, donde mamá…

Llama a Elías o a Miqueas…

Que vengan a abrir…

Matías responde:

–               Ve tú.

Yo voy donde el Señor…

Con los brazos tendidos hacia adelante, se echan a correr los dos.

Dos mariposas veloces:

Una blanca y una rosada de cabecita morena.

Pero afortunadamente, mientras corren llaman a los criados.

Y éstos, llevando en sus manos regaderas y rastrillos…

acuden de forma que al fin, el cancel se abre.

Los dos niños se refugian en los brazos de Jesús, quien los besa…

Y pasa el umbral llevándolos de la mano.

Matías comenta:

–               Nuestra mamá está en casa con sus amigas.

Entonces a nosotros nos dicen que nos vayamos, porque no quieren que estemos allí.

Con la gracia de su sensatez de criatura que ha sufrido y que por eso es más madura,

más adulta de lo que comportaría su edad,

María explica:

–           No hables de esa forma tan mala.

Nuestra mamá nos dice que nos vayamos,

porque esas damas son romanas y hablan todavía de sus dioses.

Y nosotros los salvados de Jesús, debemos conocerlo sólo a Él.

Es por esto, Señor.

Matías es demasiado pequeño y no comprende.

Matías se defiende:

–             Nos dice que nos vayamos también nuestro padre, cuando vienen los de la Corte.

Y me gustaría quedarme, porque son casi todos soldados…

¡Guerreros…!

¡La guerra!

¡La guerra es bonita!

¡Hace vencer!

Echa a los romanos.

¡Abajo Roma!

¡Viva el Reino de Israel! – grita fieramente el pequeño.

Jesús responde:

–               La guerra no es bonita, Matías.

Muchas veces no se gana la guerra.

Y entonces de sometidos se pasa a ser esclavos.

–                Pero tu Reino debe venir.

Y para hacer que venga, se hará la guerra.

Se echará a todos, incluido Herodes.

Y Tú serás Rey.

María lo regaña:

–               Calla, tonto.

Ya sabes que no debes repetir lo que oyes.

Hacen bien en decirte que te vayas.

¿No sabes que hablando así puedes perjudicar a nuestro padre, a nuestra madre y también a Jesús?

Agrega explicando:

–               Un día vino ese que es como un príncipe y pariente de Herodes.

Que también es tu discípulo…

A hablar con nuestro padre.

Y gritaban mucho.

No estaban solos, estaban con muchos otros…  

Matías interrumpe:

–                Muy hermosos, con espadas muy bonitas.

Y hablaban de guerra…

–                 ¡Calla, te digo!

Gritaban tanto que se oyó…

Y este tonto desde entonces, no hace más que hablar de ello.

Dile que no debe hacerlo…

Nuestra mamá lo ha dicho.

Y nuestro padre le ha amenazado con llevarle a la cima del gran Hermón, a una gruta;

con un esclavo sordo y mudo, hasta que aprenda a callar.

Allí tendría que callar…

Porque si habla con el esclavo, el esclavo no oye y no responde.

Y si grita, vienen las águilas y los lobos a comérselo…

Jesús dice sonriendo:

–               Un castigo verdaderamente terrible.

Acaricia al niño, que ha perdido el apasionamiento…

Y se abraza a Jesús, como si ya viera a las águilas y lobos en disposición de devorarlo todo entero,

incluida la lengüecita imprudente.

Jesús repite:

–               ¡Un castigo verdaderamente terrible!

–               ¡Pues sí!

Y yo tengo miedo de que le caiga.

Y de quedarme sin Matías lloro…

Pero él no tiene piedad, ni de mí ni de nuestra mamá.

Y nos va a hacer morir de dolor…

–               No lo hago adrede.

He oído…

Y digo…

Es tan bonito…

Pensar que se derrota a los romanos, se echa a Herodes y a Filipo.

Y que Jesús sea Rey de Israel…

El pequeño termina en un susurro, escondiendo la cara entre la túnica de Jesús.

Para apagar aún más el  sonido de la voz.

–              Matías no volverá a decir nunca estas cosas.

Me lo promete a Mí y lo mantendrá.

¿No es verdad?

Así no lo devorarán…

Y Juana y María no morirán de dolor;

Cusa no estará inquieto y a Mí no me odiarán.

Porque mira Matías:

Diciendo estas cosas haces que me odien.

¿Te gusta que Jesús sea perseguido?

Imagínate qué remordimiento, si un día tuvieras que decirte a ti mismo:

«He provocado que persiguieran a Jesús, que me ha salvado.

Y todo por haber repetido lo que oí casualmente».

Aquéllos eran hombres.

Y los hombres pierden a menudo la vista de Dios, porque son pecadores.

No viendo a Dios, no ven la Sabiduría…

Cometen errores, incluso con miras buenas o que las creen buenas.

Pero los niños son buenos.

Sus espíritus ven a Dios y Dios descansa en su corazón.

Por eso deben comprender las cosas con sabiduría

y decir que mi Reino no se llevará a cabo con violencia, en la Tierra;

sino con amor, en los corazones.

Y deben rezar para que los hombres comprendan este Reino mío, como lo comprenden los niños.

Las oraciones de los niños van de manos de sus ángeles, al Cielo.

Y el Altísimo las convierte en gracias.

Jesús necesita estas gracias, para hacer de los hombres que piensan en la guerra y en el reino temporal…

Apóstoles que comprenden que Jesús es paz y que su Reino es espiritual y celeste.

¿Ves este corderito?

¿Acaso podría descuartizar a alguien?

–                ¡No!

Si pudiera, nuestro padre no nos lo habría regalado, para que no nos despedazara.

–                Es como has dicho.

Lo mismo el Padre que está en los Cielos, no me habría enviado jamás,

si Yo hubiera tenido poder y voluntad de despedazar.

Yo soy el Cordero y el Pastor.

Soy apacible y manso como el cordero.

Y soy Aquel que reúne con amor, con cayado de Pastor bueno, no con lanza y espada de guerrero.

¿Has comprendido?

¿Me prometes a Mí personalmente,

que no vas a volver a hablar nunca de estas cosas?

–               Sí, Jesús.

Pero…

Ayúdame Tú…

Porque yo solo…

–              Te ayudo.

Mira, te acaricio los labios y así sabrán estar cerrados.

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