591 La Patria Inmortal


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

461b El griego Zenón y la carta de Síntica con la noticia de la muerte de Juan de Endor.

Pedro se ha quedado semidormido en el vestíbulo de la casa de Juana de Cusa en el lago de Tiberíades.

Pero debe haber tenido un oído en vela…

Porque le despierta el ruido de romper el sigilo y de desenrollar el pergamino.

Y se pone en pie mientras se frota los ojos soñolientos.

Se acerca al Maestro que lee de pie…

Erguido debajo de una lámpara de lastras de mica delicadamente violácea.

Siendo tenue la luz, adecuada para iluminar el lugar,

sin quitarle el encanto de la luna en las noches serenas,

Jesús mantiene alto el folio para leer las palabras…

Y Pedro, mucho más bajo que el Maestro y estando a su lado…

Trata de alargar el cuello, de ponerse de puntillas para ver, pero no puede.

Sin poder aguantar la curiosidad, pregunta:

–              ¿Es Síntica, eh?

¿Qué dice?

Y suplica:

–               ¡Lee fuerte, Maestro!

Pero Jesús responde:

–                Sí.

Es ella…

Después…

Jesús sigue leyendo…

Acabado el primer folio, lo enrolla y se lo mete en los pliegues de la cintura.

Continúa con la lectura del segundo folio.  

Pedro vuelve a preguntar:

–              ¡Cuánto ha escrito, ¡¿Eh?!

¿Cómo está Juan?

¿Y quién es aquel nombre?

Pedro se muestra insistente como un niño.

Jesús está tan absorto que ya no lo escucha.

Terminado queda el segundo folio, que recibe el mismo destino que el primero.

–               Ahí se estropean.

Deja que los tenga yo…

Y sin duda, piensa: «y les dé una ojeada.»

Pero levantando los ojos para seguir las manos del Maestro, que desenrollan el tercero y último folio,

ve brillar una lágrima que cuelga de las pestañas rubias de Jesús.

Y exclama:

–               ¡¿Maestro?!

¡¿Lloras?!

¿Por qué, Maestro mío?

Se pega a Él.

Y le abraza la cintura con su brazo musculoso y corto.

Jesús responde:

–                Ha muerto Juan…

–                ¡Oh!

¡Pobrecillo!

¿Cuándo?

–                 Con los primeros calores fuertes…

Echándonos mucho de menos..

–                 ¡Pobre Juan!…

Pero, claro…

¡Estaba consumido!…

Y el dolor de separarse…

¡Todo por esas serpientes!

¡Si supiera su nombre!…

Lee fuerte, Señor.

¡Yo lo quería a Juan!

–              Después.

Después leeré.

Calla ahora.

Jesús lee atento…

Pedro se alarga aún más para ver…

La lectura termina.

Jesús enrolla de nuevo el folio,

y dice:

–                Llama a mi Madre.

–                ¿No lees?

–                Voy a esperar a los otros…

Entretanto me despediré de ese hombre.

Y mientras Pedro entra en casa, donde están las discípulas con Juana.

Jesús va donde el griego,

preguntándole:

–                ¿Cuándo partes?

–                 Debo ir a Cesárea, donde el Procónsul.

Y después de comprar una serie de artículos, voy a Joppe.

Partiré dentro de un mes, a tiempo de evitar las tempestades de Noviembre.

Me marcho por mar.

¿Me necesitas para algo?

–                 Sí, para responder.

La griega dice que me puedo fiar de ti.

–                Dicen que somos falsos.

Pero también tenemos la capacidad de no serlo.

Fíate de mí.

Puedes preparar el escrito y buscarme para los Tabernáculos en casa de Cleante,

el que me provee de quesos de Judea para las mesas de los romanos:

es la tercera casa después de la fuente del pueblo de Betfagé;

no te puedes confundir.

–                 Tú tampoco te puedes confundir, si sigues por el camino en que has puesto pie.

Adiós, hombre.

Que la civilización griega te conduzca a la cristiana.

–               ¿No me reprochas el que odie?

–                ¿Sientes que debería hacerlo?

–                Sí.

Porque condenas el odio como pasión indigna y aborreces la venganza.

–               ¿Y tú qué piensas de ello?

–                Que quien no odia y perdona, es más grande que Júpiter.

–                 Alcanza, entonces, esa grandeza…

Adiós, hombre.

Que tu familia quiera a Síntica.

Y en el exilio en que os halláis tomad  los caminos de la Patria inmortal: el Cielo.

Quien cree en Mí y practica mis palabras tendrá esa Patria.

Que la Luz te ilumine.

Ve en paz.

El hombre saluda y se pone en camino.

Luego se detiene, vuelve atrás,

y pregunta:

–                ¿No te voy a oír hablar?

–                Al amanecer hablaré en Tariquea.

Luego voy hacia la Siro-Fenicia.

Y después no sé por qué camino, a Jerusalén.

–               Te buscaré.

Mañana estaré en Tariquea, para juzgar si eres tan elocuente como sabio.

Se marcha definitivamente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: