596 Impiedad


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

462 Discurso y curaciones en las fuentes termales de Emaús de Tiberíades.

El lago es todo y sólo una enorme sardónica engastada entre los montes,

apenas visible al claror de las estrellas, habiéndose ocultado ya la Luna.

Jesús está solo en el verde cenador, con la cabeza reclinada encima de los antebrazos,

apoyados a su vez en la mesa junto a la lámpara, que emite sus últimos brillos.

Pero no duerme.

De vez en cuando levanta la cabeza, mira otra vez a los folios extendidos encima de la mesa,

mantenidos abiertos por la lámpara, puesta en la parte de arriba del folio.

Y por los antebrazos puestos en la parte baja.

Luego reclina nuevamente la cabeza.

El silencio es absoluto.

Parece dormir también el lago con su calmaría pesada.

Pero luego contemporáneos, un frufrú de viento entre las frondas,

un solitario choque de ola contra la orilla, una mutación en la naturaleza…

Un crepitar de elementos que se despiertan.

La no-luz del alba inicial es ya una luz, aun cuando la vista no se dé cuenta todavía,

al extender la mirada por el jardín desierto.

Es el espejo del lago el que da el indicio de este renacer de la luz;

porque su sardónica negra, plúmbea, se hace más clara. 

Lentamente reflejando el cielo que va blanqueciendo, de plúmbeo pasa a gris-pizarra

y luego a gris hierro…

Seguido por el ópalo.

Finalmente se le ve reflejar el cielo con un paradisíaco azulado, con un titilar de aguas.

Jesús se pone en pie.

Recoge los folios, toma la lámpara que con el primer soplo de la brisa se ha apagado…

Y se dirige hacia la casa.

Encuentra en el camino a una sierva, que hace una reverencia.

Luego a un jardinero, que va a los parterres…

Y con él intercambia un saludo.

Entra en el atrio, donde otros criados realizan primeras tareas,

saluda diciendo:

–                La paz a vosotros.

¿Podríais llamar a los míos?

Los criados le contestan:

–                Ya se han levantado, Señor.

El carro para las mujeres está ya preparado.

También Juana está levantada.

Está en el atrio interior.

Jesús va por dentro de la casa, al atrio que mira a la calle.

Allí en efecto, están todos reunidos.

Jesús dice:

–                Vamos.

Madre, el Señor esté contigo.

María, contigo también.

Que mi paz os acompañe.

Adiós, Simón.

Lleva mi paz a Salomé y a los niños.

Jonathán abre la pesada puerta.

En la calle espera el carro cubierto.

Entre las casas, la calle completamente desierta, no tiene todavía mucha luz.

Las mujeres suben con su pariente y el carro se pone en marcha.

Jesús indica:

–                 Vamos enseguida también nosotros.

Andrés, adelántate corriendo…

Ve donde están las barcas y di a los mozos que nos alcancen en Tariquea.

Pedro objeta:

–                ¿Cómo?

¿Vamos a pie?

Nos retrasaremos…

–                No importa.

Precededme mientras me despido de Juana.

Los apóstoles se ponen en camino…

Juana dice:

–                Yo te sigo, Señor.

O mejor te precedo, porque iré con la barca.

–               Tendrás que esperar mucho…

–                No importa.

Déjame ir.

–                Sea como quieres.

¿Cusa no está?

–                 No ha regresado a casa, Señor.

–                 Le dirás que lo saludo y lo exhorto a ser justo.

Acaricia por mí a los niños.

Y tú, que has comprendido a tu Maestro, persuade a Cusa de que está en un error.

Y con él todos aquellos que quieren hacer del Cristo un rey temporal.

También Jesús sale a la calle.

Y raudo, alcanza a los apóstoles.

Les dice:

–                   Vamos por el camino de Emaús.

Muchos necesitados van a las fuentes, quién en busca de curación, quién en busca de limosna.

Santiago de Zebedeo objeta:

–             Pero nosotros no tenemos una sola moneda…

Jesús no responde.

Los caminos se van poblando de minuto en minuto, de dos clases muy distintas de personas:

Hortelanos, vendedores, criados, esclavos, lugareños, que se apresuran a ir a las distintas actividades.

Y gente de mundo rica, que van también en literas o en cabalgaduras hacia las fuentes;

que si han de curar, se supone que son termales.

Tiberíades debe ser verdaderamente un poco cosmopolita…

Porque entre la gente se ven personas de naciones distintas, que se distinguen por sus diferentes atavíos:

Hay romanos signados por el peso de una vida ociosa y viciosa;

griegos atildados, ciertamente no menos licenciosos que los romanos,

pero con una máscara, -huella del vicio- de distinta expresión de la de los latinos.

Hay gente de la costa fenicia.

Hebreos, en su mayoría ancianos.

Acentos, lenguas, vestidos…

Todos son distintos.

Algún rostro quebrantado de enfermos.

Rostros cansados de patricias…

Y rostros de gente de mundo de ambos sexos, que van en grupos:

Unos a caballo al lado de las literas, otros en las literas gastando bromas,

conversando sobre fútiles temas, haciendo apuestas…

El camino es hermoso.

Un paseo umbrío, que entre los intercolumnios de los troncos deja ver a un lado el lago…

A otro, la campiña.

El sol ortivo, reaviva los colores del agua y las plantas.

Muchos se vuelven a mirar a Jesús y un susurro le sigue.

Palabras femeninas de admiración…

Sátiras de hombres, algunas burlas, también palabras enojadas de enfermos…

Alguna súplica que Jesús recoge:

las únicas de entre todas las voces, que recoge y acoge.

Cuando devuelve la agilidad a los miembros de uno de Tiro, anquilosados por la artritis;

la irónica indiferencia de muchos gentiles reacciona…

Un viejo romano con cara abolsada de crapuloso,

exclama:

–              ¡Caramba!

¡Caramba!

¡Qué bien curarse uno así!

Yo lo llamo.

Alguien le contesta:

–                Nada que ver contigo, viejo Sileno.

¿Qué harías, una vez curado?

–               ¡Volver a los placeres!

–                Entonces es inútil ir al triste Nazareno.

—               Yo voy.

Me apuesto lo que tengo a que…

–                 No apuestes.

Pierdes.

Alguien más agrega:

–                Déjalo que apueste.

Está todavía borracho.

Disfrutaremos su dinero.

El viejo tambaleándose, baja de la litera y llega hasta donde está Jesús;

que está escuchando a una madre hebrea que le habla de su hija,

una palidecida muchacha a la que lleva de la mano.

Jesús dice:

–               No temas, mujer.

Tu hija no morirá.

Vuelve a casa.

No la lleves a las fuentes.

No recuperaría la salud del cuerpo y perdería la pureza del alma.

Son lugares de licencia degradante.

Y lo dice de forma tan fuerte, para que todos lo oigan.

la mujer responde:

–              Tengo fe, Rabí.

Vuelvo a mi casa.

Bendice a tus siervas, Maestro.

Jesús las bendice y hace ademán de empezar a caminar.

El romano le tira de la túnica,

ordenando:

–              Cúrame.

Jesús lo mira y pregunta:

–              ¿Dónde?

Los romanos y con ellos algunos griegos y fenicios, se han agrupado…

Se ríen irónicamente y hacen apuestas.

Algunos israelitas que se han apartado,

susurran:

« ¡Profanación!

¡Anatema!»

Y otras palabras por el estilo…

Aún así, se detienen con curiosidad a pesar de todo…

Jesús vuelve a preguntar:

–                ¿Dónde?

El romano replica:

–              Por todas partes.

Estoy enfermo…

¡Ji! ¡Ji! ¡Ji!

Tan extraño es el sonido que le sale de la boca, que no se puede saber si se está riendo o si llora.

Parece como si la grasa fláccida que años de vicio, le hubieran dejado oprimidas las cuerdas vocales.

El hombre enumera sus quebrantos y expresa su miedo de morir.

Jesús lo mira severamente…

Y responde:

–              Efectivamente, debes temer la muerte…

Porque te has matado a ti mismo.

Y le vuelve la espalda.

El otro trata de sujetarlo por el vestido, mientras los presentes se ríen sarcásticamente.

Pero Jesús se libera de la presa y se marcha.

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