600 Un Grito del Corazón


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

463b Invitación de Cusa y conversión de una pecadora.

Jesús ha terminado de hablar.

Y ahora hace ademán de encaminarse hacia una pequeña escalera que desde el dique lleva a la orilla.

Quizás quiere ir a la barca de Pedro, que cabecea junto a un rudimentario embarcadero.

Pero se vuelve de golpe y escruta a la multitud…

Y grita:

–                 ¿Quién me ha invocado para el espíritu y para la carne?

Nadie responde.

Él repite la pregunta y va repasando con sus espléndidos ojos a la multitud,

que se agolpa detrás de Él, no sólo en el camino sino también abajo, en la arena.

Todavía silencio.

Mateo hace esta observación:

—              Maestro…

Quién sabe cuántos en este momento habrán elevado su corazón a Tí, con la emoción de tus palabras…

Jesús dice:

–                No.

Un alma ha gritado: «Piedad» y la he oído.

Y para deciros que es verdad,

respondo:

«Hágase en ti según lo que pides, porque el movimiento de tu corazón es justo».

Y enhiesto, espléndido…

Extiende imperiosamente la mano hacia la playa.

Trata de encaminarse de nuevo hacia la pequeña escalera,

pero se pone enfrente de Él, Cusa,

que ha bajado de alguna barca…

Y lo saluda con reverencia,

diciendo:

–              Te estoy buscando desde hace muchos días.

He dado la vuelta al lago tras de ti, Maestro.

Es urgente que te hable.

Acepta mi invitación a mi casa.

Tengo a muchos amigos conmigo.

–                Ayer estaba en Tiberíades.

–                Me lo han dicho.

Pero no estoy solo.

¿Ves aquellas barcas que se dirigen a la otra orilla?

Allí hay muchos que quieren verte.

Entre ellos también discípulos tuyos.

Ven a mi casa, allende el Jordán;

te lo ruego.

–                Es inútil, Cusa.

Sé lo que quieres decirme.

–                Ven, Señor.

–                 Enfermos y pecadores me esperan…

Déjame…

–                 También nosotros te esperamos.

Enfermos de inquietud por tu bien.

Y hay también enfermos de la carne.

También…

–                 ¿Has oído mis palabras?

¿Entonces para qué insistes?

–                 Señor, no nos rechaces, nosotros…

Una mujer se ha abierto paso entre la multitud.

Es obvio que no es hebrea y los vestidos revelan, que ésta es una mujer deshonesta.

Pero para ocultar sus rasgos y sus gracias, quizás demasiado procaces…

Se ha envuelto toda en un velo, cerúleo como su amplio vestido, que es de todos modos provocativo,

por la forma, que le deja destapados los bellísimos brazos.

Se arroja al suelo y se arrastra por él, hasta que llega a tocar la túnica de Jesús.

La toma entre sus dedos y besa su extremo…

Llorando toda convulsa por los sollozos.

Jesús, que iba a responder a Cusa diciendo: «Erráis y…»

Baja la mirada y dice:

–            ¿Eras tú la que me invocaba?

–            Sí…

Y no soy digna de la gracia que me has concedido.

No habría debido siquiera llamarte con el espíritu.

Pero tu palabra…

Señor… yo soy pecadora.

Si me destapara la cara, muchos te dirían mí nombre.

Soy… una prostituta…

Y una infanticida…

El vicio me había enfermado…

Estaba en Emaús, te di una joya…

Me la devolviste…

Y una mirada tuya…

Me entró en el corazón…

Te he seguido…

Has hablado.

He dicho dentro de mí tus palabras:

«Soy lodo, pero aspiro a ti, Luz».

He dicho:

«Cúrame el alma.

Y luego, si quieres, la carne»

Señor, mi carne está curada…

¿Y mi alma?…

–              Tu alma ha quedado curada por el arrepentimiento.

Vete y no vuelvas a pecar nunca.

Te son perdonados tus pecados.

La mujer besa de nuevo el extremo de la túnica y se levanta.

Al hacerlo, se le desliza el velo.

Muchos gritan:

–              ¡La Galacia!

–              ¡La Galacia!

Y lanzan contumelias.

También cogen grava y arena…

Se la arrojan a la mujer que se agacha, quedándose atemorizada.

Jesús severo, levanta la mano.

Impone silencio.

Y pregunta:

–                ¿Por qué la insultáis?

No lo hacíais cuando era pecadora.

¿Por qué ahora que se redime?

Muchos se burlan,

diciendo:

–                  Lo hace porque está vieja y enferma.

Verdaderamente la mujer, aunque ya no sea muy joven…

Todavía está muy lejos de ser vieja y fea como dicen.

Pero la muchedumbre es así.

Jesús le indica:

–               Pasa delante de Mí y baja a aquella barca.

Te acompañaré a casa por otro camino.

Y agrega diciendo a los suyos:

–                Ponedla en medio de vosotros y acompañadla.

La ira de la gente, azuzada por algún intransigente israelita, se vuelca enteramente contra Jesús.

Y entre gritos de:

–              « ¡Anatema!

–              ¡Falso Cristo!

–              ¡Protector de prostitutas!

–              ¡Quien las protege las aprueba!

–               ¡Más aún!

Las aprueba porque las goza»

Y frases similares gritadas y rabiosamente ladradas,

sobre todo por un grupito de energúmenos hebreos…

Entre esos gritos, unos puñados bien lanzados de arena húmeda,

alcanzan el rostro de Jesús y lo ensucian.

Él levanta el brazo y se limpia la mejilla sin protestar.

No sólo eso, sino que detiene con un gesto a Cusa y a algún otro que querría reaccionar en defensa de Él,

y dice:

–              Dejadlos.

¡Por la salvación de un alma sufriría mucho más!

¡Yo perdono!

Zenón el de Antioquía, que no se había apartado del Maestro en todo este tiempo,

exclama:

–                ¡Ahora verdaderamente sé quién Eres!

¡Un verdadero dios y no un orador falaz!

¡La griega dijo la verdad!

Tus palabras en las termas me habían dejado desilusionado, éstas me han conquistado.

El milagro me ha asombrado…

Tu perdón a los ofensores me ha conquistado.

¡Adiós, Señor!

Pensaré en ti y en tus palabras.

–                Adiós, hombre.

Que la Luz te ilumine el corazón.

Cusa insiste de nuevo mientras van hacia el embarcadero.

Mientras en el dique se enciende una gresca entre romanos y griegos por una parte,

e israelitas por la otra.

Cusa dice:

–              ¡Ven!

Unas horas tan sólo.

Es necesario.

Luego te acompañaré yo mismo.

¿Eres benigno con las meretrices y quieres ser intransigente con nosotros?

–                Bien.

Voy.

Efectivamente, es necesario…

Y a los apóstoles que ya están en las barcas,

les dice:

–              Id adelante.

Os alcanzaré…

No muy contento,

Pedro pregunta:

–               ¿Vas solo?

–               Estoy con Cusa…

–               ¡Mmm!

¿Y nosotros no podemos ir?

¿Para qué te quiere con sus amigos?

¿Por qué no ha venido a Cafarnaúm?

Cusa responde:

–               Hemos ido.

No estabais.

–                ¡Nos hubierais esperado y nada más!

–               Pues hemos venido siguiendo vuestra pista.

–               Venid ahora a Cafarnaúm.

¿Tiene que ser el Maestro el que vaya donde vosotros?

–                Simón tiene razón – dicen los otros apóstoles.

–               ¿Pero por qué no queréis que venga conmigo?

¿Es acaso la primera vez que viene a mi casa?

¿Acaso no me conocéis?

–                 Sí que te conocemos.

Pero… no conocemos a los otros.

–                ¿Y a qué tenéis miedo?

¿A que yo sea amigo de los enemigos del Maestro?

–                ¡Yo no sé nada!

¡De lo que sí me acuerdo es de cómo acabó Juan el profeta!

–                ¡Simón!

Me ofendes.

Yo soy un hombre de honor.

Te juro que antes de que le tocaran un pelo al Maestro, me dejaría ensartar.

¡Créeme!

Mi espada está a su servicio…

–                 ¿Y de qué serviría que te ensartaran a ti?

Después…

Sí lo creo, te creo…

Pero, una vez muerto tú, le tocaría a Él.

Prefiero mi remo a tu espada.

Mi pobre barca y sobre todo, nuestros sencillos corazones puestos a su servicio.

–               Pero conmigo está Mannahém.

¿Crees en Manahén?

Está también el fariseo Eleazar, ese que conoces tú.

El arquisinagogo Timoneo y Natanael ben Fada.

A éste no lo conoces.

Pero es un jefe importante y quiere hablar con el Maestro.

Y está Juan, conocido por el Antipas de Antipátrida, favorito de Herodes el Grande, ahora viejo;

poderoso, amo de todo el valle del Gahas, y…

–               ¡Basta, basta!

Estás diciendo nombres grandes, pero a mí no me dicen nada, excepto dos…

Voy también yo…

–               No.

Quieren hablar con el Maestro…

–               ¡¿Quieren?!

¿Y quiénes son ellos?

¿Quieren?

Y yo no quiero.

Sube aquí, Maestro y vámonos.

No quiero saber nada de ninguno, me fío sólo de mí.

Arriba, Maestro.

Y tú ve en paz a decir a ésos que no somos errantes.

Saben dónde encontrarnos.

Pedro empuja a Jesús sin muchos miramientos,

mientras Cusa protesta alzando la voz.

Jesús interviene definitivamente:

–              No temas, Simón.

No me va a pasar nada malo.

Lo sé.

Y conviene que vaya.

Me conviene, Entiéndeme…

Y lo mira fijamente con sus ojos espléndidos, como para decirle:

«No insistas. Compréndeme. Hay razones que aconsejan que vaya».

Simón cede;

a regañadientes, pero cede, como dominado…

De todas formas, masculla disgustado unas palabras entre dientes.

–               Ve tranquilo, Simón.

Yo mismo te acompañaré a tu Señor y mío – promete Cusa.

–             ¿Cuándo?

–              Mañana.

–              ¿Mañana?

¿Tanto tiempo hace falta para decir dos palabras?

Estamos entre la tercera y la sexta…

Antes del anochecer, si no está con nosotros, vamos a tu casa.

Recuerda esto.

Y no nosotros solos…

Pedro lo dice con un tono que no deja dudas acerca de la intención.

Jesús pone la mano en el hombro de Pedro,

diciendo:

–              Te digo Simón, que no me harán daño.

Muestra que crees en mi verdadera Naturaleza.

Te lo digo Yo.

Yo sé las cosas.

No me van a hacer nada.

Quieren solamente explicarme algo…

Ve…

Lleva a Tiberíades a la mujer.

Quédate si quieres donde Juana…

Podrás ver que no me raptan con barcas y soldados…

–               Ya…

Pero conozco su casa (y señala a Cusa).

Sé que detrás hay tierra, no es una isla.

Detrás están Guilgal, Gamala, Aera, Arbela, Gerasa, Bosrá, Pel.la y Ramot.

¡Y muchas más!…

–               ¡Te digo que no temas!

Obedece.

Dame un beso, Simón.

¡Ve!

También a vosotros…

Los besa y los bendice.

Cuando ve que la barca se separa del embarcadero,

les dice gritando:

–                ¡No es mi hora!

¡Y mientras no lo sea, nada ni nadie podrá levantar su mano contra Mí!

¡Adiós, amigos!

Se vuelve hacia Juana, que está visiblemente turbada y pensativa…

Y le dice:

–              No temas.

Está bien que suceda esto.

Ve en paz.

Y a Cusa:

–               Vamos.

Para que veas que no tengo miedo.

Y para curarte…

–                No estoy enfermo, Señor…

–                Lo estás.

Yo te lo digo.

Y muchos otros como tú.

Vamos.

Sube a la barca ligera y rica…

Se sienta.

Los remadores empiezan la boga en las aguas quietas,

dibujando un arco para evitar la corriente, perceptible hacia donde termina el lago…

Sobre su desagüe en el río.

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