Archivos diarios: 6/09/22

602 El Esperado…


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

464a En la casa de campo de Cusa, intento de elegir rey a Jesús. 

Así van pasando las horas…

Merma el sol y la penumbra va creciendo, pero el calor persiste.

Y también la meditación de Jesús.

Finalmente, la casa da señales de revivir…

Se oyen voces, pisadas, indicaciones.

Cusa mueve cuidadosamente la cortina para ver sin molestar…

Jesús responde:

–               ¡Entra!

No estoy durmiendo.

Cusa entra.

Lleva ya la túnica engalanada del banquete…

Mira y ve que el lecho no presenta signos de haber recibido un cuerpo.

Y pregunta:

–              ¿No has dormido?

¿Por qué?

Estás cansado…

–            He descansado en el silencio y en la sombra.

Eso me basta.

–            Mandaré que te traigan una túnica…

–             No.

La mía seguro que ya está seca.

La prefiero.

Tengo intención de ponerme en camino en cuanto termine el banquete.

Te ruego que te ocupes del carro y de la barca para mí.

–             Como quieras, Señor…

Hubiera deseado tenerte aquí hasta mañana al rayar el alba…

–             No puedo.

Tengo que irme…

Cusa hace una reverencia y sale…

Se oye un abundante cuchicheo.

Pasa más tiempo…

Vuelve el siervo con la túnica de lino fresca del lavado, fragante de sol…

Y con las sandalias que ya no tienen polvo, porque han sido suavizadas con aceite perfumado;

lo que les ha dado brillo y flexibilidad.

Otro le sigue con un barreño, un ánfora y unas toallas;

Depositando todo encima de una mesa baja.

Salen…

Jesús va a donde están los invitados, al atrio que divide la casa de norte a sur;

creando un lugar ventilado y agradable, en que están diseminados unos asientos…

Adornado con cortinas ligeras de coloridas franjas, que modifican la luz sin poner obstáculo al aire;

ahora que están recogidas, permiten ver la verde cornisa que rodea la casa.

Jesús está majestuoso.

A pesar de no haber dormido,

parece haberse nutrido de fuerza y su caminar es regio.

El lino de la túnica que acaba de ponérsela, aparece blanquísimo.

Sus cabellos, brillantes por el baño de la mañana;

relucen suavemente encuadrando el rostro con su color dorado.

Cusa dice:

–            Ven, Maestro.

Te esperábamos sólo a Ti.

Con prioridad sobre los demás, lo conduce a la estancia donde están las mesas.

Tras la oración y una suplementaria ablución de las manos…

Se sientan.

Empieza el banquete, pomposo como siempre y silencioso al principio.

Luego se vence la reserva.

Jesús está al lado de Cusa.

Mannahém está a su otro lado y tiene por compañero a Timoneo.

A los demás los distribuye Cusa, con experiencia de cortesano;

a ambos lados de la mesa de forma de U.

El esenio -sólo él- se niega obstinadamente a participar en el banquete… 

A sentarse a la mesa con los demás.

Y sólo cuando un criado, por orden de Cusa, le ofrece un cestillo precioso colmado de fruta;

acepta sentarse detrás de una mesa baja, después de varias abluciones;

tras remangarse las amplias mangas de su cándida túnica, por miedo a mancharlas…

O por un rito, que sólo él conoce.

Realmente no es posible saberlo.

Es un banquete original, donde son más protagonistas las miradas que las palabras.

Solamente algunas breves frases de cortesías y un recíproco examinarse mutuamente…

O sea:

Jesús escruta a los presentes y éstos a Jesús.

Finalmente, Cusa hace una señal a los criados para que se retiren…

Tras haber dejado grandes bandejas de fruta fresca, que se mantuvo en el pozo…

Hermosísima y casi helada…

Pues claramente muestran esa capa escarchada, que es típica de la fruta guardada en lugar muy frío…

Los criados salen, tras encender también las lámparas por ahora inútiles;

porque todavía el día está luminoso con su largo ocaso estival.

Cusa dice:

–               Maestro…

Debes haberte preguntado la razón de este encuentro y de este silencio nuestro.

Pero es que lo que te tenemos que decir es muy grave y no deben escucharlo oídos imprudentes.

Ahora estamos solos y podemos hablar.

Ya ves que todos los presentes te tienen el máximo respeto.

Estás entre hombres que te veneran como Hombre y como Mesías.

Tu justicia, tu sabiduría, los dones que Dios te ha otorgado…

Son conocidos y admirados entre nosotros.

Tú para nosotros eres el Mesías de Israel.

Mesías según la idea espiritual y según la idea política.

Eres el Esperado para poner fin al dolor, a la postración de todo un pueblo.

Y no solamente de este pueblo comprendido en los confines de Israel, de Palestina…

Del pueblo de todo Israel, de las numerosísimas colonias de la Diáspora esparcidas por toda la Tierra,

que hacen resonar el Nombre de Yeohveh bajo todos  los cielos…

Y hacen conocer las promesas y esperanzas, que ahora se cumplen:

De un Mesías.

Restaurador de un Pueblo;

de un Vengador;

de un Libertador…

Y creador de la verdadera independencia de la Patria de Israel…

O sea, de la Patria más grande que hay en el mundo.

La Patria, reina y dominadora,

anuladora de todo pasado recuerdo, de todo signo vivo de servidumbre.

El Hebraísmo triunfante sobre todo y sobre todos.

Y para siempre;

porque así fue dicho y así se cumple.

Señor aquí ante Tí, tienes a todo Israel en los representantes de las distintas clases,

de este Pueblo Eterno…

Castigado pero estimado por el Altísimo, que lo proclama «suyo».

Tienes ante ti el corazón pulsante y sagrado de Israel:

los miembros del Sanedrín y los sacerdotes;

Tienes el poder y la santidad:

En los fariseos y saduceos;

Tienes la sabiduría:

En los escribas y rabíes;

Tienes la política y el valor:

En los herodianos;

Tienes el patrimonio:

En los ricos.

El pueblo:

En los mercaderes y hacendados.

Tienes la Diáspora:

En los prosélitos.

Tienes incluso a los separados, que ahora se sienten dispuestos a unirse de nuevo,

porque ven en Tí al Esperado:

En los esenios, los inasequibles esenios.

Mira Señor este primer prodigio, este gran signo de tu misión, de tu verdad…

Tú:

Sin violencia, sin medios, sin ministros, sin soldados, sin espadas…

Reúnes a todo tu Pueblo, como un depósito reúne las aguas de mil fuentes.

Tú:

Casi sin palabras, sin ninguna imposición en absoluto, nos reúnes;

a nosotros pueblo dividido por desventuras, por odios, por ideas políticas y religiosas.

Y nos pacificas.

¡Oh, Príncipe de la paz,

exulta por haber redimido y restaurado aun antes de tomar el cetro y la corona!

Tu Reino, el esperado Reino de Israel ha surgido…

Nuestras riquezas, nuestro poder, nuestras espadas, están a tus pies.

¡Habla!

¡Ordena!

La hora ha llegado.

Todos aprueban el discurso de Cusa.

Jesús, con los brazos cruzados, guarda silencio.

–              ¿No hablas?

¿No respondes, Señor?

Quizás es que esto te ha sorprendido…

Quizás es que no te sientes preparado.

Y sobre todo, dudas de que esté preparado Israel…

No, no es así.

Escucha nuestras palabras.

Yo hablo…

Y conmigo Mannahém,

por el Palacio, que ya no merece existir…

Que es el oprobio purulento de Israel;

la tiranía vergonzosa que oprime al pueblo y se inclina servil, a adular al usurpador.

Su hora ha llegado.

¡Levántate, Estrella de Jacob!

Pon en fuga las tinieblas de ese coro de delitos y vergüenzas.

Aquí están los que conocidos como herodianos,

son los enemigos de los profanadores del nombre para ellos sagrado de la dinastía Herodiana.

Hablad, vosotros.

Toma la palabra un reconocido y honorable herodiano:

–                Maestro.

Yo soy viejo.

Y recuerdo lo que fue el esplendor pasado.

Como nombre de héroe puesto a una hedionda carroña,

tal es el nombre de Herodes

sobre los degenerados descendientes que envilecen a nuestro pueblo.

Es la hora de repetir el gesto que otras veces hiciera Israel…

Cuando indignos monarcas se sentaron sobre los dolores del pueblo.

Tú sólo eres digno de llevar a cabo este gesto.

Jesús calla.

Un escriba dice:

–                Maestro…

¿Crees que podemos dudar?

Hemos escudriñado las Escrituras.

Eres Tú.

Tú debes reinar.

Un sacerdote declara:

–                Debes ser Rey y Sacerdote.

Nuevo Nehemías más grande que él, debes venir y purificar.

El altar está profanado.

Que te sea acicate el celo del Altísimo.

Los fariseos y saduceos dicen:

–                Muchos de nosotros te han presentado batalla, los que temen tu reinado sabio.

–                Pero el pueblo está contigo.

–                Y los mejores de nosotros con el pueblo.

–                Necesitamos un sabio.

El Esenio:

—              Necesitamos un hombre puro.

Los Herodianos:

–                 Un verdadero rey.

Los discípulos:

–                 Un santo.

Todos se unen:

–                 Un redentor.

Cada vez somos más esclavos, de todo y de todos…

¡Defiéndenos, Señor!

–                  Nos pisotean en este mundo…

Porque a pesar del número y la riqueza, somos como ovejas sin pastor.

Llámanos a formar con el antiguo grito:

«¡A tus tiendas, Israel!»

Y de todas las partes de la Diáspora, como un reclutamiento, se levantarán tus súbditos…

Y volcarán los inseguros tronos de los poderosos a los que Dios no ama.

Jesús sigue en silencio.

Es el único que está sentado sereno, como si no se tratase de Él…

En medio de este medio centenar…

Pocos más, pocos menos, de exaltados.

De cuyas razones ya no es posible captarlas todas…

Porque hablan todos al mismo tiempo con una algarabía de mercado…

Jesús conserva su postura y su silencio.

Todos gritan:

–                 ¡Di una palabra!

–                 ¡¡Responde!!

Jesús se pone lentamente en pie…

Apoyándose en las manos sobre el borde de la mesa.

Se crea un profundo silencio.

Quemado por el fuego de un centenar de pupilas…

Abre sus labios…

(los otros los abren como para aspirar su respuesta).

Y la respuesta es breve pero rotunda:

–              ¡¡¡NO!!!