607 Despedida de Cafarnaúm


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

465a Apresurada partida de Cafarnaún.

Jesús sale.

sube a la terraza.

Entra en una especie de pabellón hecho de velas extendidas y sujetas por cuerdas,

bajo el cual están los dos lechos.

Margziam duerme todavía, con la cara casi hacia abajo, comprimida contra la pequeña almohada.

Se ve solamente un pómulo de su cara morena y un brazo, largo y delgado,

fuera de la sábana que lo cubre.

Jesús se sienta en el suelo, al lado del lecho.

Y acaricia levemente los cabellos desordenados que caen sobre la pálida mejilla del durmiente…

El cual se mueve un poco, pero sin despertarse todavía.

Jesús repite el gesto.

Y luego se inclina a besar en la frente el rostro, que ahora está descubierto.

Margziam abre los ojos y ve a Jesús a su lado, inclinado hacia él.

Casi no da crédito a lo que ve, quizás piensa que está soñando;

pero Jesús lo llama dulcemente…

Entonces el jovencito se incorpora.

Se echa en los brazos de Jesús, se refugia en sus brazos…

Diciendo:

–              ¿Tú aquí, Maestro?

Jesús responde:

–             He venido a recogerte, para llevarte conmigo durante unos meses.

¿Te agradaría?

–              ¡Oh!

¿Y Simón?

–              Está en Cafarnaúm.

Hemos venido Yo y Juan…

–              ¿Ha vuelto también él?

¡Se va a alegrar!

Le daré lo que he escrito.

–               No hablo de Juan de Endor, sino de Juan de Zebedeo.

¿No estás contento?

–              Sí.

Lo quiero.

Pero también al otro…

Casi más…

–             ¿Por qué, Margziam?

Juan de Zebedeo es muy bueno.

–             Sí, pero el otro es muy infeliz.

Y yo también he sido infeliz…

Un poco infeliz me siento todavía…

Entre los que sufrimos nos comprendemos y nos queremos…

–             ¿Te alegraría el saber que ya no sufre y que es muy feliz?

-Claro que me alegraría.

Pero el sólo puede ser feliz si está contigo…

O es que…

¿Es que ha muerto, Señor?

–              Está en la paz.

Hay que alegrarse de ello, sin egoísmos;

porque ha muerto como un justo y porque ahora ya no hay separación entre su espíritu y el nuestro.

Tenemos un amigo más que ora por nosotros.

Margziam tiene dos lagrimones en la cara, verdaderamente muy enflaquecida y pálida;

pero susurra:

–               Es verdad.

Jesús no dice nada más al respecto,

ni hace observaciones sobre el estado físico y moral de Margziam;

que está visiblemente debilitado.

Antes al contrario,

dice:

–             ¡Levántate vamos!

He hablado ya con Porfiria.

Seguro que ya ha preparado tu ropa.

Arréglate tú también, que Juan nos espera.

Le daremos una sorpresa a Simón.

¿No es aquélla su barca, que vuelve a Cafarnaúm?

Quizás ha pescado algo para regresar…

–                Es aquélla, sí.

¿A dónde vamos, Señor?

–               A septentrión y luego a Judea.

–               ¿Tanto?

–               Tanto.

Margziam, animado por la idea de estar con Jesús, se levanta rápidamente…

Baja corriendo al lago, a lavarse.

Vuelve, todavía con el pelo húmedo,

gritando:

–              ¡He visto a Juan!

Me ha hecho una señal de saludo.

Está en la desembocadura, en el cañizar…

–               Vamos.

Bajan.

Porfiria está terminando de cerrar dos sacas,

explicando:

–               He pensado mandar después la ropa gruesa…

Al Getsemaní, con mi hermano para los Tabernáculos.

Así caminaréis más rápido tanto tú como tu padre…

Y mientras termina de atar las correas, alude a lo que ha preparado:

Leche, pan, fruta… 

Jesús se despide,

diciendo:

–               Tomamos todo.

Comeremos en la barca.

Quiero marcharme antes de que la orilla se llene de gente.

Adiós, Porfiria.

Que Dios te bendiga siempre y que la paz de los justos esté siempre en ti.

Ven Margziam…

Recorren pronto el pequeño tramo de camino y mientras Margziam va donde Juan…

Jesús va a la barca.

Enseguida se reúnen con Él los dos, corriendo entre las cañas y saltando luego a la barca.

Empujan enseguida con el remo contra la orilla para meterse en aguas profundas.

Pronto el pequeño trayecto queda recorrido.

Se detienen en la playa de Cafarnaúm, en espera de la barca de Pedro, que está llegando.

La hora los salva del asedio de la gente, así que pueden comer en paz su pan y su fruta,

echados en la arena a la sombra de la barca.

Simón no conoce la barquita.

Y por tanto, sólo cuando pone pie en la orilla y ve levantarse detrás de la barca a Jesús…

Se da cuenta de que está Él allí.

Sorprendido, Pedro exclama:

–               ¡Maestro!

¡Y tú, Margziam!

¿Pero, desde cuándo?

Jesús responde:

–              Desde ahora.

He pasado por Betsaida.

Date prisa.

Hay que partir inmediatamente…

Pedro lo mira y no dice nada.

Él y los compañeros descargan de la barca los peces pescados y las sacas de la ropa…

Incluida la de Juan, que por fin puede volverse a vestir.

Simón dice algo a su compañero, el cual le hace un gesto como diciendo:

–             Espera…

Van a la casa.

Entran.

Los apóstoles que se habían quedado vienen.

Jesús ordena:

–           Daos prisa.

Nos marchamos en seguida.

Coged todo porque no volvemos aquí.

Los apóstoles se miran un momento unos a otros.

Y hay un intercambio de gestos entre uno y otro grupo.

Pero obedecen.

Lo hacen con solicitud para poder hablar entre sí, en las otras habitaciones…

Jesús se queda en la cocina con Margziam y se despide de los dueños de la casa.

Pero no les dice «no voy a volver»

Y tampoco dice esto, pasando por la calle a quienes de Cafarnaúm, lo ven y lo saludan.

Simplemente los saluda, como hace todas las veces que se marcha.

Se detiene solamente en la casa de Jairo.

Pero Jairo no ha vuelto todavía…

Encuentra junto a la fuente a la viejecita que vive cerca de la casa de la madre del pequeño Alfeo…

Y le dice:

–              Dentro de poco vendrá aquí una viuda.

Te buscará.

Viene a vivir aquí.

Sé amiga suya y quered mucho al niño y a sus hermanos…

Hacedlo santamente, en Nombre mío…

Reanuda la marcha,

diciendo:

–                Hubiera querido saludar a todos los niños…

Pedro recomienda:

–               Puedes hacerlo, Maestro.

¿Por qué no has descansado?

Estás muy cansado.

Tu cara está pálida y tienes la mirada exhausta.

Te va a hacer daño…

Hace calor todavía y seguro que no has dormido…

Ni en Tiberíades, ni tampoco en la mansión de Cusa…

–              No puedo, Simón.

Debo ir a algunos lugares y hay poco tiempo…

Están junto a la orilla.

Jesús llama a los mozos de Pedro y los saluda…

Les da órdenes de que la pequeña barca sea llevada al pueblo que está antes de Ippo…

Y que se le restituya a Saúl de Zacarías.

Toma el camino sombreado que orilla al río.

Lo sigue hasta una bifurcación y se adentra por esta parte.

Simón, que hasta ahora sólo había hablado en voz baja con los compañeros,

pregunta:

–             ¿A dónde vamos, Señor?

–             A casa de Judas y Ana.

Después a Corozaín.

Quiero saludar a mis buenos amigos…

Hay otra ojeada de los apóstoles entre sí y otro cuchicheo.

Finalmente Santiago de Alfeo se adelanta y alcanza a Jesús, que va por delante de todos con Margziam.

Preguntando:

–              Hermano, dices que quieres saludar a los amigos.

¿es que no vamos a volver por estos lugares?

Deseamos saberlo.

Jesús responde:

–               Volveréis, ciertamente…

Pero dentro de muchos meses.

–                ¿Y Tú?

Jesús hace un gesto evasivo…

Margziam se retira discretamente, para reunirse con los demás.

Dejándolos solos a los dos.

Donde Judas de Keriot va solo en la cola, del grupo apostólico;

Y se muestra más bien taciturno, como apático.

Mientras tanto Santiago poniendo una mano en el hombro de Jesús,

dice:

–              Hermano…

¿Qué te ha sucedido?

–              ¿Por qué lo preguntas?

–              Porque…

No sé.

Todos nos lo preguntamos.

Nos pareces distinto…

Has venido sólo con Juan…

Simón ha dicho que habías estado como invitado en casa de Cusa…

No descansas…

Saludas sólo a pocas personas…

Da la impresión de que no quieres volver aquí…

Y tu cara…

¿Ya no merecemos saber?

Yo tampoco…

Tú me querías…

Me has confiado cosas que sólo yo sé…

–             Te sigo queriendo.

Pero no tengo nada que decir.

He perdido un día más de lo previsto.

Lo estoy recuperando.

–              ¿Es necesario ir al septentrión?

–               Sí, hermano.

–               Entonces…

¡Has sufrido!

Lo percibo…

Pasando un brazo por detrás de la espalda a su primo…

Jesús lo abraza,

diciendo:

–              Ha muerto Juan de Endor…

¿Lo sabes?

–               Me lo ha dicho Simón mientras preparaba yo la ropa.

¿Y qué otras cosas?…

–               Un nuevo adiós a mi Madre.

–               ¿Pero qué más te ha pasado?

Santiago más bajo que Jesús,

lo mira de abajo arriba, insistente, indagador.

–               Pues que estoy contento de estar contigo, con vosotros, con Margziam.

Lo voy a tener conmigo algunos meses.

Lo necesita.

Está triste y sufre.

¿Lo has visto?

–              Sí.

Pero no es nada de esto…

No quieres decirlo.

No importa.

Te quiero…

Aunque ya no me  trates ni siquiera como amigo.

–               Santiago, tú para mí eres más que un amigo.

Pero mi corazón necesita descansar…

–               Y por tanto, no hablar de lo que para ti constituye dolor.

Comprendo.

¿Es Judas el que te aflige?

–               ¿Judas?

¿Tu hermano?

–              No.

El otro.

–              ¿Por qué esta pregunta?

–              No sé.

Mientras estabas fuera…

Uno, enviado no sabemos por quién, ha venido a buscar varias veces a Judas.

Él lo ha rechazado siempre, pero…

–              En vosotros toda acción de Judas es siempre un delito.

¿Por qué faltar a la caridad?…

–            Porque siempre está tan torvo, tan turbado.

Evita a los compañeros.

Es apático…

–            Déjalo.

Hace más de dos años que está con nosotros y siempre ha sido así…

Piensa en lo felices que se van a sentir los dos ancianos.

¿Y sabes por qué voy allí?

Quiero confiarles el pequeño carpintero de Corozaín…

Se alejan hablando.

Detrás de ellos en grupo, van los apóstoles, que han esperado a Judas para no dejarlo atrás solo…

A pesar de que esté tan visiblemente hastiado…

Que no despierta ningún interés el tenerlo al lado

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