609 Parábola del Agua


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

467 Parábola de la distribución de las aguas. 

Advertencias a los apóstoles camino de Corozaín.

Sin duda, se ha difundido la noticia de que está el Maestro y que hablará antes del anochecer;

de forma que la gente bulle en las cercanías de la casa, hablando en voz baja;

porque saben que el Maestro está descansando y no quieren despertarlo.

Esperan pacientes debajo de los árboles, protegidos del sol pero no del calor, que es fuerte todavía.

No hay enfermos, al menos eso parece;

pero como siempre, hay muchos niños.

Y Ana para tenerlos tranquilos, manda distribuir fruta.

Pero Jesús no tiene un sueño largo.

Todavía está alto el sol cuando, descorriendo la cortina y sonriendo a la multitud, aparece.

Está solo.

Los apóstoles siguen durmiendo.

Jesús se encamina hacia la gente, para ir a ponerse en el bajo brocal de un pozo,

que ciertamente sirve para regar los árboles de este huerto…

Porque del pozo salen en disposición radial, una serie de canalillos de riego que se prolongan luego

de uno a otro tronco.

Se sienta en el bajo borde.

Y empieza inmediatamente a hablar…

–                Escuchad esta parábola:

Un rico señor tenía muchos subordinados esparcidos por muchos lugares de sus propiedades,

que no eran todas ricas en aguas, ni en fecundidad del suelo.

Había en efecto, lugares que sufrían la falta de agua.

Y más que los lugares sufrían las personas;

porque si bien se cultivaba la tierra con plantas resistentes a la sequedad,

la gente sufría mucho por la escasez de agua.

El señor rico sin embargo tenía, justo en el lugar donde vivía,

un lago de abundantes aguas, procedentes de fuentes subterráneas.

Un día, el señor quiso realizar un viaje por todas sus propiedades.

Vio que algunas, las más cercanas al lago, tenían abundante agua;

las otras lejanas, carecían de ella:

Sólo la poca agua que Dios mandaba con las lluvias.

Y vio también que los que tenían agua abundante…

no eran buenos para con sus hermanos que de ella carecían.

Y regateaban hasta un cubo de agua, con la disculpa de que temían quedarse sin ella.

El señor pensó…

Y decidió esto:

«Mandaré desviar las aguas de mi lago hacia los más cercanos.

Y les daré la orden de no negar ya más el agua,

a mis siervos lejanos que sufren por 1a sequedad del suelo».

E inmediatamente dio comienzo a las obras.

Hizo cavar canales que llevaran el agua buena del lago, a las propiedades más cercanas

donde mandó excavar grandes cisternas, de forma que el agua se acumulara con abundancia,

aumentando así 1a riqueza de agua que ya había en el lugar.

Y de estas cisternas hizo que salieran canales menores, para alimentar otras cisternas más lejanas.

Luego llamó a los que vivían en estos lugares y dijo:

«Recordad que lo que he hecho, no lo he hecho para daros algo superfluo,

sino para favorecer a través de vosotros a los que carecen incluso de lo necesario.

Sed por tanto, misericordiosos como yo lo soy»

Y se despidió de ellos.

Pasó un tiempo.

El señor rico quiso realizar un nuevo viaje por todas sus propiedades.

Vio que las más cercanas se habían embellecido y que no sólo eran ricas en plantas útiles,

sino que también lo eran en plantas ornamentales…

En pilas, piscinas y fuentes puestas por todas partes:

en las casas y cerca de éstas.

El señor observó:

–             Habéis hecho de estas moradas, casas de ricos.

Ni siquiera yo, tengo tantas cosas bellas superfluas.

Y preguntó:

–             ¿Pero los otros vienen?

¿Les habéis dado con abundancia?

¿Los canales menores están alimentados?

Ellos respondieron:

–              Sí.

Han recibido todo lo que han pedido.

Y hay que decir que son exigentes.

Nunca están satisfechos.

No tienen prudencia ni medida.

Vienen a todas horas a pedir, como si nosotros fuéramos sus siervos.

Y tenemos que defendernos para tutelar nuestras cosas.

No les bastaban ya los canales y las cisternas pequeñas;

venían hasta las grandes.

–             ¿Es éste el motivo por el que habéis cercado los lugares…

y habéis puesto en cada uno, estos perros feroces?

–              Es por eso, señor.

Entraban sin miramientos, pretendían quitarnos todo.

Y luego desperdiciaban…

–              ¿Pero vosotros realmente habéis dado?

¿Sabéis que por ellos hice esto y que a vosotros os he hecho intermediarios,

entre el lago y sus tierras áridas?

No entiendo…

Había dicho que se tomase del lago lo que hiciera falta para que todos tuvieran, pero sin desperdicio».

–                Pues créenos, nunca hemos negado el agua.

El señor se dirigió hacia las propiedades lejanas.

Los árboles altos adecuados para un suelo árido, estaban verdes y frondosos.

El señor, viéndolos desde lejos agitarse con el viento,

se dijo:

–               Han dicho la verdad.

Pero en cuanto se acercó y luego se adentró por entre ellos…

Vio el terreno quemado, muerta casi toda la hierba, que ovejas jadeantes fatigosamente pastaban.

Vio arenosas las huertas cercanas a las casas.

Luego vio a los primeros labriegos: ajados, febriles los ojos, descorazonados…

Lo miraban bajando la cabeza y se retiraban como con miedo.

Él, asombrado de esa actitud, los llamó.

Se acercaron temblorosos.

–              ¿De qué tenéis miedo?

¿No soy ya vuestro señor bueno que se ha tomado cuidado de vosotros…

Y que con trabajo próvido os ha aliviado de la escasez de agua?

¿Por qué esos rostros de enfermos?

¿Por qué estas tierras áridas?

¿Por qué los rebaños están tan escuálidos?

Y vosotros…

¿Por qué parecéis tener miedo de mí?

Hablad sin temor.

Decid a vuestro señor qué es lo que os hace sufrir.

Un hombre habló por todos.

–              Señor, hemos sufrido una gran desilusión y mucha pena.

Nos habías prometido ayuda…

Y nosotros hemos perdido hasta lo que teníamos antes y también la esperanza en ti.

–             ¿Cómo?

¿Por qué?

¿No he hecho llevar el agua en abundancia a los más cercanos,

dándoles la orden de que la abundancia fuera para vosotros?

–            ¿Eso dijiste?

¿Exactamente así?

–              Así.

Sin duda.

No podía por razones del terreno, hacer llegar el agua aquí directamente.

Pero con buena voluntad, podíais ir a los pequeños canales de las cisternas,

ir con odres y asnos a tomar toda la que quisierais.

¿No teníais suficientes asnos y odres?

¿No estaba yo para proporcionároslos?

–              ¡Ah, ya lo había dicho yo!

Dije: “No puede haber sido el señor el que haya dado la orden de negarnos el agua”.

¡Si hubiéramos ido!

Hemos tenido miedo.

Nos decían que el agua era un premio para ellos y que nosotros estábamos castigados.

Y contaron al buen amo, que los encargados de las propiedades beneficiadas les habían dicho:

«Que el señor, para castigar a los siervos de las tierras áridas que no sabían producir más,

había dado la orden de poner medida no sólo al agua de las cisternas,

sino también a la de los antiguos pozos;

de forma que si antes disponían incluso de doscientas ánforas al día para ellos y para las tierras.

Tomadas éstas con una gran fatiga de camino y de peso…

Ahora ya ni siquiera tenían cincuenta.

Y que para disponer de estas cincuenta ánforas para los hombres y los animales,

debían ir a los arroyos lindantes con los lugares bendecidos,

donde revertían las aguas de los jardines y baños.

Y tomar esa agua limosa…

Y morían.

Morían de enfermedad y de sed.

Morían las hortalizas y las ovejas…

–              ¡Oh, esto es demasiado!

Y debe terminar.

Tomad todas vuestras cosas y vuestros animales y seguidme.

Os será un poco fatigoso, porque estáis exhaustos,

pero luego vendrá la paz.

Iré despacio para permitir a vuestra debilidad seguirme.

Yo soy un patrón bueno, un padre para vosotros…  y soy providente para con mis hijos.

Y se puso en camino lentamente, seguido de la triste turba de sus siervos y de los animales;

mas aquéllos ya exultaban por el alivio del amor de su buen señor.

Llegaron a las tierras riquísimas en agua.

A las lindes de éstas…

El señor tomó a alguno de entre los más fuertes y dijo:

–               Id en mi nombre a pedir ayuda.

–               ¿Y si nos azuzan los perros?

–                Yo voy detrás de vosotros.

No temáis.

Decid que os envío yo y que no cierren el corazón a la justicia,

porque las aguas son de Dios y todos los hombres son hermanos.

Que abran inmediatamente los canales.

Fueron.

Y el amo detrás.

Se presentaron delante de un cancel.

Y el amo se quedó escondido detrás de la tapia.

Llamaron.

Acudieron los encargados de las tierras.

–                ¿Qué queréis?

–                Tened misericordia de nosotros.

Morimos.

Nos envía el amo con la orden de tomar las aguas que ha hecho fluir para nosotros.

Dice que las aguas se las ha dado Dios.

Y él las dio a vosotros para nosotros, porque somos hermanos,.

Y que abráis inmediatamente los canales.

Los crueles soltaron la carcajada…

Diciendo:

–                ¡Ja, Ja, Ja!

¿Hermanos esta turba de harapientos?

¿Qué morís?

Pues mucho mejor.

Así nos quedaremos con vuestros terrenos y llevaremos allí el agua.

¡Entonces sí que la llevaremos!

Y haremos fértiles esos lugares.

¿Agua para vosotros?

¡Estáis locos!

El agua es nuestra.

–                Piedad.

Morimos.

Abrid.

Lo ordena el amo.

Los malos encargados deliberaron entre sí…

Y dijeron:

–                Esperad un momento.

Y se marcharon deprisa.

Luego volvieron y abrieron.

Pero tenían los perros gruñendo y gruesos garrotes…

Los pobres tuvieron miedo.

–              Entrad, entrad…

¿No entráis ahora que os hemos abierto?

Luego diréis que no hemos sido generosos…

Un incauto entró…

Y le llovió una granizada de palos…

Mientras los perros, liberados de la cadena, se lanzaron contra los otros.

El amo salió de detrás de la tapia.

–             ¿Qué hacéis, crueles?

Ahora os conozco, a vosotros y a vuestros animales…

Y os voy a castigar.

Flechó a los perros aniquilándolos…

Y enseguida entró severo y airado.

Diciendo:

–             Es así como ejecutáis mis órdenes?

¿Para esto os he dado estas riquezas?

Llamad a todos los vuestros.

Quiero hablaros.

Se volvió hacia los siervos sedientos,

diciendo:

–               Y vosotros… 

Entrad con vuestras mujeres e hijos;

ovejas, asnos, palomas y todos los demás animales.

Bebed, refrescaos…

Tomad estas frutas jugosas.

Y vosotros pequeños inocentes, corred por los jardines, entre las flores.

Gozad.

Justicia hay en el corazón del amo bueno y justicia habrá para todos.

Y mientras los sedientos corrieron a las cisternas y se zambullían en las piscinas…

El ganado fue a las pilas, bebieron hasta saciarse.

Y todo fue alborozo para ellos;

mientras los otros acudían temerosos de todas partes.

El señor subió al borde de una cisterna y dijo:

–             Había hecho estas obras y os había hecho depositarios de mi mandato y de este tesoro;

porque os había designado ministros míos.

En la prueba habéis fallado.

Parecíais buenos.

Debíais serlo, porque el bienestar debería hacer buenas a las personas, agradecidas hacia su benefactor.

Y yo os había hecho siempre el bien, dándoos la administración de estas tierras bien regadas.

La abundancia y la elección os han hechos duros de corazón;

más áridos que las tierras que habéis hecho áridas del todo;

más enfermos que éstos, que tienen sed ardiente.

Porque ellos pueden sanar con el agua;

mientras que vosotros con el egoísmo habéis quemado vuestro espíritu y difícilmente sanará.

Y con mucha fatiga, volverá a vosotros el agua de la caridad.

(Del Purgatorio no se sale, hasta que se aprende a perdonar y amar perfectamente;

mientras se padece toda la Pasión y el Calvario que sufrió Jesús,

con todo el RIGOR de la Justicia Divina.)

Ahora yo os castigo:

Id a las tierras de éstos y sufrid lo que ellos han sufrido.

–               ¡Piedad, señor!

¡Piedad de nosotros!

¿Es que quieres que muramos?

¿Menos compasivo tú hacia nosotros hombres, que nosotros hacia los animales?

–               ¿Y éstos qué son?

¿No son hombres hermanos vuestros?

¿Qué compasión habéis tenido vosotros?

Os pedían agua, les habéis propinado palos y burlas.

Os pedían lo que es mío y que yo había prestado…

Y vosotros lo habéis negado, diciendo que era vuestro.

¿De quién son las aguas?

Ni siquiera yo digo que el agua del lago sea mía, aunque sea mío el lago.

El agua es de Dios.

¿Quién de vosotros ha creado una sola gota de rocío?

¡Id!…

Y a vosotros os digo;

a vosotros que habéis sufrido:

Sed buenos.

Haced con ellos, lo que hubierais querido que se hiciera con vosotros.

Abrid los canales que ellos han cerrado…

Y dejad que fluyan las aguas hacia ellos en cuanto podáis.

Os hago mis distribuidores para estos hermanos culpables;

a ellos les dejo la manera y el tiempo para redimirse.

Y el Señor Altísimo más que yo, os confía la riqueza de sus aguas,

para que vosotros seáis providencia para quien de ellas carece.

Si sabéis hacer esto con amor y justicia.

contentándoos con lo necesario,

dando lo superfluo a los indigentes,

siendo justos,

no considerando vuestro aquello que es un don recibido.

Y más que don depósito, entonces grande será vuestra paz.

Y el amor de Dios y el mío estarán siempre con vosotros.

La parábola ha terminado.

Todos pueden entenderla.

Os digo sólo que quien es rico,

es el depositario de esta riqueza que Dios le concede,

con el mandato de ser distribuidor de ella para quien sufre.

Pensad en la magnitud del honor que os otorga Dios,

llamándoos a ser cooperadores en la obra de la Providencia:

en favor de los pobres, enfermos, viudas, huérfanos

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