612 Oración nocturna


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

468 Un episodio de acercamiento de Judas de Keriot y otros que ilustran su figura.

Dice Jesús:

–            El orden de los Evangelios es bueno, pero no perfecto desde el punto de vista cronológico.

Un observador atento lo nota.

Aquel que habría podido dar el exacto orden de los hechos,

por haber estado conmigo desde el principio de la evangelización hasta la ascensión, no lo hizo;

porque Juan, hijo verdadero de la Luz, se ocupó y preocupó de hacer refulgir la Luz

a través de su exterioridad de Carne ante los ojos de los heréticos,

que impugnaban la verdad de la Divinidad dentro de una carne humana.

El Evangelio sublime de Juan ha alcanzado su finalidad sobrenatural,

pero no ha ayudado a la crónica de mi vida pública.

Los otros tres evangelistas muestran igualdades entre sí, en cuanto a los hechos;

pero alteran el orden temporal de éstos,

porque de tres sólo uno estuvo presente en casi toda mi vida pública:

Mateo.

Que la escribió quince años después.

Los otros escribieron más tarde,

habiendo oído la narración de labios de mi Madre, de Pedro, de otros apóstoles y discípulos.

Quiero ofreceros una guía para cuando reunáis los hechos del trienio, año por año.

Del que ahora ve y escribe… (M. V.)

El episodio que sigue…

En cuanto a los episodios que quieren ilustrar la figura de Judas de Keriot;

pero no lo sigue inmediatamente en la narración completa de los hechos de la vida pública de Jesús…

Jesús está paseando lentamente, yendo y viniendo…

Por un senderillo campestre luminoso de luna.

Es una Luna llena, que resplandece con su disco plateado en un cielo serenísimo;

pero, por su posición en el cielo en el que empieza a colocarse,

pareciera que debe ser más tarde de la media noche.

Jesús camina pensando y sin duda orando, sin hablar una sola palabra en voz alta.

Pero no pierde de vista las cosas de su alrededor.

En un momento se detiene a escuchar sonriendo, el gran canto de un ruiseñor enamorado,

que hace toda una melodía de arpegios, trinos y notas de solo, bien sostenidas;

tan fuertes y largas…

que parece imposible que salgan de ese pequeño ser que es solo una bolita de plumas.

Para no molestarlo ni siquiera con el crujido de las sandalias contra los pequeños cantos del sendero

y de la túnica al rozar la hierba…

Jesús se ha detenido con los brazos cruzados y el rostro levantado y sonriente.

Entorna incluso los ojos para concentrarse mejor en oír…

Y cuando el ruiseñor termina con un agudo que sube, sube, sube por la tercera escala… 

Y termina con una nota agudísima, sostenida mientras resiste la espiración,

Él aprueba y aplaude silenciosamente, agachando dos o tres veces la cabeza con una sonrisa contenta.

Y ahora se inclina hacia una mata de madreselva en flor,

que a través de sus abundantísimos cálices blancos emana intenso perfume;

cálices semejantes a bocas de serpientes bostezando,

en que tembletea la lengua: los pistilos amarillos.

Y brilla el trazo dactilado de oro en el pétalo inferior.

Las flores bajo la luna, parecen aún más blancas, casi argénteas.

Jesús las admira, las huele y las acaricia con la mano.

Vuelve sobre sus pasos.

Debe ser un lugar ligeramente elevado, porque el claro de Luna muestra al sur,

algo que brilla como vidrio bañado de luna:

un trocito de lago sin duda.

Porque no es río, ni tampoco mar…

Pues a éste se le ve, en el lado opuesto en el que está Jesús, bordeado por una serie de colinas.

Jesús observa este plácido titileo de aguas serenas, en la calma de la noche estival.

Luego da media vuelta sobre sí mismo de sur a oeste.

Y observa la albura de un pueblo, distante unos dos kilómetros al máximo.

Es casi una ciudad…

Se detiene para contemplarlo…

Y meneando la cabeza, como si siguiera un pensamiento que lo aflige mucho…

Reanuda su lento paseo y su oración.

Hasta que se sienta en una voluminosa piedra, al pie de un árbol muy alto.

Y toma su postura habitual:

Con los codos apoyados en las rodillas y los antebrazos hacia afuera,

con las manos unidas en oración.

Está así un tiempo y seguiría más tiempo…

Pero un hombre, una sombra desde la espesura, se está acercando a Él.

Y lo llama:

–               ¿Maestro?

Jesús se vuelve, puesto que el que está viniendo lo hace por detrás de Él,

y dice:

–            ¿Judas?

¿Qué quieres?

–             ¿Dónde estás, Maestro?

–              Al pie del nogal.

Acércate.

Y Jesús se pone en pie.

Avanzando hasta y junto al sendero…

bajo el claro de Luna, para que Judas pueda verlo.

Jesús pregunta:

–               ¿Has venido Judas, a hacer un poco de compañía a tu Maestro?

Ahora están el uno junto al otro.

Y Jesús pone con afecto un brazo en el hombro del discípulo;

preguntando:

–               ¿O es que tienen necesidad de Mí en Corozaín?

–               No, Maestro.

Ninguna necesidad.

Ha sido un deseo mío de venir a Ti.

–              Ven, pues.

Hay sitio para los dos en esta piedra.

Se sientan muy cercanos.

Silencio.

Judas no habla.

Mira a Jesús.

Lucha fuertemente consigo mismo.

Jesús quiere ayudarle.

Lo mira con dulzura, pero profundamente.

Y dice:

–               ¡Qué hermosa noche, Judas!

¡Mira qué puro es todo!

Yo creo que no fue más pura, la primera noche que sonrió sobre la Tierra…

Y sobre el sueño de Adán en el Paraíso terrenal.

Fíjate cómo huelen esas flores.

Huélelas.

Pero no las arranques.

¡Son tan bellas y puras!

Yo también me he abstenido de hacerlo, porque arrancarlas es profanarlas.

Siempre está mal usar la violencia.

Tanto contra la planta como contra el animal;

contra el animal como contra el hombre.

¿Por qué quitar la vida?

¡Es tan bella la vida cuando se emplea bien!…

Y esas flores la emplean bien porque perfuman, alegran con su aspecto y sus aromas,

dan néctar a las abejas y a las mariposas…

Y ceden a éstas el oro de sus pistilos,

para poner gotitas de topacio en la perla de sus alas.

Y hacen de lecho a los nidos…

Si hubieras estado aquí hace poco,

hubieras oído a un ruiseñor cantar con gran dulzura su alegría de vivir…

Y de alabar al Señor.

¡Amados pajarillos!

¡Cuánto sirven de ejemplo para los hombres!

Con poco se contentan.

Y sólo con aquello que es lícito y santo:

Un granito y un gusanillo, porque el Padre Creador se lo da.

Y si no hay no sienten ira o desdén;

sino que engañan al hambre de la carne con el impulso del corazón…

Que les hace cantar las alabanzas del Señor y las alegrías de la esperanza.

Se sienten felices de estar cansados por haber volado desde el alba hasta el anochecer,

para hacerse un nido calentito, blando, seguro;

no por egoísmo, sino por el amor a la prole.

Y cantan por la alegría de amarse honestamente.

El ruiseñor hacia su hembra…

Y ambos hacia los hijos.

Los animales son siempre felices, porque no tienen remordimientos, ni acusaciones en su corazón.

Nosotros los hacemos infelices, porque el hombre es malo, desconsiderado…

Subyugando a los demás, es cruel.

Y no le basta serlo con sus semejantes.

Hace rebosar su maldad sobre los inferiores.

Y cuantos más remordimientos internos tiene,

más le punza su conciencia y más cruel se muestra hacia los demás.

Estoy seguro por ejemplo,

de que aquel que iba a caballo y que hoy lo espoleaba…

Tan sudado y cansado como estaba hasta hacerlo sangrar…

Que lo azotaba hasta hacerle erizar en franjas el pelo, en el cuello y en los lomos…

Y que le pegaba hasta en los ollares, tan delicados…

Y en los oscuros párpados que se cerraban dolientes sobre los ojos, tan dulces y resignados;

no tenía el alma tranquila:

O iba a un delito contra la honestidad o venía de él.

Jesús calla y piensa.

Judas guarda silencio.

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