617 El Rey Vestido de Púrpura


  1. IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

471 Encuentro con el levita José, llamado Bernabé, y lección sobre Dios-Amor.

Dulce es el alto en la pequeña meseta.

Pero es prudente bajar hacia el valle mientras es de día,

porque la noche vendría precoz…

Y ría oscura bajo esta espesura de árboles que recubre el monte.

Jesús es el primero en ponerse en pie.

Va a refrescarse la cara, las manos y los pies en el minúsculo regato,

creado por el pequeño manantial.

Luego llama a sus apóstoles, que duermen entre la hierba.

Los invita a prepararse para irse.

Y mientras ellos hacen lo mismo que Él había hecho…

Uno tras otro, lavándose en el fresco arroyo…

Llenando las cantimploras en el hilo de agua que mana de la roca.

Él va a esperarlos al extremo del prado, junto a los dos árboles seculares que lo limitan al este.

Y observa el lejano horizonte.

El primero en llegar donde Él, es Felipe…

El cual, mirando hacia el mismo lugar al que su Maestro mira,

dice:

–             ¡Es bonita esta vista!

Estás admirándola…

–             Sí.

Pero no miraba solamente su belleza.

–            ¿Qué mirabas entonces?

¿Pensabas quizás, en cuando Israel se agrande con esos lugares de allende el Líbano y el Orontes,

que durante los pasados siglos han sido aflicción para nosotros y que aún ahora lo son,

porque allí está asentado el corazón del poder que nos subyuga con el Legado?

Efectivamente, es tremenda la profecía de varios profetas sobre ellos:

«Aplastaré al asirio en mi tierra, lo hollaré en mis montañas…

Ésta es la mano que se extiende sobre las naciones…

¿Quién podrá detenerla?…

Y Damasco dejará de existir, quedará como montón de piedras de un derrumbamiento…

Ésta será la suerte de nuestros saqueadores».

¡Habla Isaías! (Isaías 14, 25-27; 17)

Y también Jeremías:

«Prenderé fuego a las murallas de Damasco y devorará los muros de Ben Hadad»

Y ello sucederá cuando el Rey de Israel, el Prometido, tome su cetro.

y Dios haya perdonado a su pueblo dándole al Rey Mesías..

Jeremías (49, 27):

¡Lo dice Ezequiel!:

«Vosotros, montes de Israel, echad vuestras ramas,

producid vuestros frutos para mi pueblo de Israel,

porque volverá pronto…

Conduciré de nuevo a mi pueblo a vosotros y ellos te recibirán como heredad…

No dejaré que vuelvas a oír los ultrajes de las naciones…» (36, 8 y 12 y 15)

Y los salmos cantan con Etán Esraíta:

«He encontrado a mi siervo David y lo he ungido con mi óleo santo.

Mi mano le asistirá…

Nada podrá contra él el enemigo…

En mi nombre crecerá su poder…

Extenderá sobre el mar su mano, sobre los ríos su diestra…

Y Yo lo haré primogénito, soberano entre los reyes de la Tierra»

Y Salomón canta:

«Durará tanto como el Sol y la Luna…

Dominará de mar a mar, desde el río hasta los confines de la Tierra…

Lo adorarán todos los reyes de la Tierra, todos los pueblos estarán a él sujetos…

» Tú, Mesías, porque en ti están todos los signos del espíritu y de la carne,

todos los signos dados por los profetas.

¡Aleluya a ti, Hijo de David, Rey Mesías, Rey santo!».

Los otros, que han llegado donde Jesús v Felipe y han oído las palabras de éste,

Gritan en coro:

-¡             ¡¡¡Aleluyaa!!!

Y el aleluya se refleja, por eco, de garganta en garganta, de colina en colina…

Jesús los mira, tristísimo…

Y como respuesta,

dice:

–                  Pero no recordáis lo que del Cristo dice David y lo que de El dice Isaías…

(Salmo 89, 21-28; Salmo 72, 5-11 (por boca de Felipe)

¿Quién es Éste que viene de Edom con vestidos de Bosra teñidos de rojo?

Salmo 69, 22 Isaías 63, 1-3 (por boca de Jesús)

Tomáis la dulce miel, el embriagador vino de los profetas…

Pero no pensáis que para ser Rey de reyes, el Hijo del hombre

habrá de beber la hiel y el vinagre y vestirse con la púrpura de su Sangre…

Pero no es culpa vuestra si no entendéis…

Y vuestro error de comprensión es amor.

Quisiera en vosotros otro amor.

Pero por ahora no podéis…

Siglos de pecado están contra los hombres, para impedir en ellos la Luz.

Pero la Luz echará abajo las paredes y entrará en vosotros…

Vámonos.

Regresan al camino de herradura…

Lo habían dejado para subir a la lejana meseta.

Y bajan ligeros hacia el valle.

Los apóstoles hablan entre sí en tono bajo…

Luego Felipe se echa a correr, alcanza al Maestro,

y pregunta:

–             ¿Te he contrariado, Señor?

No quería…

¿Estás disgustado conmigo?

–             No, Felipe.

Pero quisiera que al menos vosotros comprendierais.

–             Mirabas allá con mucho anhelo…

–             Porque pensaba en todos los lugares que no me han tenido todavía.

Y que no me tendrán…

Porque mi tiempo huye…

¡Qué breve es el tiempo del hombre!

¡Y qué lento es el hombre en la acción! …

¡Cómo siente el espíritu estas limitaciones de la Tierra!…

Pero…

¡Padre, hágase tu voluntad!

–             Pero has recorrido todas las regiones de las antiguas tribus, Maestro mío.

Al menos una vez las has santificado…

De forma que puede decirse que has recogido en tu puño a las doce tribus…

–            Esto es verdad.

Vosotros haréis después lo que el tiempo no me dejó hacer.

–             ¿Tú, que detienes el curso de los ríos y calmas los mares,

no podrías moderar el paso del tiempo?

–            Podría.

Pero el Padre en el Cielo, el Hijo en la Tierra, el Amor en el Cielo y en la Tierra,

desean ardientemente llevar a cabo el Perdón…

Y Jesús se sumerge en una meditación profunda…

Que Felipe respeta dejándolo sólo.

Y yendo a reunirse con sus compañeros.

A éstos les refiere su diálogo…

Oremos…

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