628 Perdón y Amor Perfecto


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

475b Abel de Belén de Galilea pide el perdón para sus enemigos.

Avanzan hasta llegar a cruce del camino,

un grupo de discípulos ve al Maestro y se arremolina en torno a Él.

Se saludan mutuamente con el saludo de la paz…

Entre ellos está Abel de Belén, que se arroja inmediatamente a los pies de Jesús,

diciendo: 

–             Maestro…

He orado mucho al Altísimo para que hiciera que me encontrara contigo.

Y ya no lo esperaba.

Pero me ha escuchado.

Ahora Tú sé propicio a tu discípulo.

Jesús responde:

–            ¿Qué quieres, Abel?

Vamos allí, al lindero del campo.

Aquí hay demasiada gente y causamos atasco.

Van en masa al lugar indicado por Jesús…

Y allí Abel dice lo que desea.

–            Maestro.

Tú me salvaste de la muerte y la calumnia…

Y has hecho de mí un discípulo tuyo.

¿Me quieres, entonces, mucho?

–              ¿Lo preguntas?

–               Lo pregunto para estar seguro, de que escuchas propicio mi petición.

Cuando me salvaste, castigaste a mis enemigos con horrible castigo.

Si lo has dado Tú, ciertamente es justo.

Pero, ¡Oh, Señor, es muy horrible!

He buscado a esos tres.

Cada vez que venía a donde mi madre los buscaba.

En los montes, en las cavernas cercanas a mi ciudad.

Y no los encontraba nunca.

–             ¿Por qué los buscabas?

–              Para hablarles de ti, Señor.

Para que creyendo en Ti, te invocaran y obtuvieran perdón y curación.

Hasta el verano los he encontrado,.

Y no juntos.

Uno, el que me odiaba por causa de mi madre, se ha separado de los otros;

que han ido más arriba, hacia los montes más altos de Yiftael.

Ellos me dijeron dónde estaba…

Y de ellos me dieron la pista unos pastores de Belén;

los que te recibieron en su casa aquella noche.

Los pastores con sus rebaños se mueven por muchos lugares y saben muchas cosas.

Sabían que en el monte de la Fuente Hermosa estaban los dos leprosos que yo buscaba.

Fui.

¡Oh!…

El horror se dibuja en el rostro de este hombre joven, casi todavía un jovencito.

Continúa.

–             Me reconocieron.

Yo no podía reconocer a mis paisanos en esos dos monstruos…

Me llamaron…

Y me suplicaron, como si yo fuera un dios…

El siervo, más que los otros, me ha conmovido.

Por su arrepentimiento puro.

Sólo quiere tu perdón, Señor…

Aser quiere también la curación.

Tiene una madre anciana, Señor…

Una madre anciana que se muere de dolor en la ciudad…

–             ¿Y el otro?

¿Por qué se ha separado?

–             Porque es un demonio.

Principal culpable, homicida y antes adúltero;

incitador de Aser, corruptor del siervo de Joel…

Que es un poco estúpido y fácilmente dominable.

Sigue siendo un demonio.

De su boca, brota odio y blasfemias;

de su corazón, odio y crueldad.

También lo he visto a él…

Quería hacerlo bueno.

Se abatió sobre mí como un buitre…

Y sólo en la fuga,

en mí rápida y resistente, porque soy joven y estoy sano, encontré salvación.

Pero no desespero de salvarlo.

Volveré…

Una, dos, muchas veces con ayudas, con amor.

Haré que me ame.

Él cree que voy para reírme de su ruina.

No…

Voy para reconstruir esta ruina.

Si logra amarme, me escuchará;

si me escucha, acabará creyendo en Ti.

Esto es lo que deseo.

¿Los otros?

Fue fácil, porque por sí mismos han meditado y comprendido.

Y el siervo ha venido a ser el sencillo maestro del otro, porque en el siervo hay mucha fe;

mucho deseo de perdón.

¡Ven, Señor!

Les he prometido que te llevaría a ellos cuando te encontrara.

–              Abel, su delito era grande…

Muchos delitos en uno.

Poco tiempo han expiado…

–             Grande ha sido su tormento y su arrepentimiento.

Ven.

–             Abel, querían tu muerte.

–            No importa, Señor.

Yo quiero su vida.

–             ¿Qué vida?

–              La que Tú das…

La del espíritu, el perdón, la redención.

–             Abel, eran tus Caínes.

Y te odiaron como más no se puede.

Querían quitarte todo:

Vida, honor y madre…

–              Han sido mis benefactores…

Porque por ellos te tengo a Ti.

Yo los amo por este don suyo.

Y te pido que estén donde estoy yo, siguiéndote a Ti.

Quiero su salvación como la mía;

más que la mía, porque mayor es su pecado.

–            ¿Qué ofrecerías a Dios a cambio de su salvación…

Si te pidiera una ofrenda?

Abel piensa un momento…

Luego dice con seguridad:

–            Hasta a mí mismo.

Mi vida.

Perdería un puñado de fango por poseer el Cielo.

Feliz pérdida;

grande ganancia, infinita:

Dios, el Cielo.

Y dos pecadores salvados:

Los primogénitos del rebaño que espero conducir a Ti y ofrecértelos, Señor.

Después de una pausa impactante…

Jesús realiza un acto que no hace nunca en público.

Se agacha, porque es mucho más alto que Abel,.

Y tomándole la cabeza entre las manos, lo besa en la boca…

(costumbre judía, igual que en algunos países se besan en la mejilla los parientes) 

Y dice:

–           «Maran Athá».

Añadiendo:

«Por tus sentimientos te sea concedido lo que piden tus palabras.

Ven conmigo.

Me conducirás.

Juan, ven conmigo.

Y vosotros seguid adelante.

Por el camino de Meguiddó a Enganním.

Allí me esperaréis, si es que todavía no me habéis visto.

Judas dice:

–             Y te predicaremos a Ti y también tu doctrina.

–             No.

Me esperaréis.

Simplemente.

Comportándoos como justos y humildes peregrinos.

Y nada más.

Siendo entre vosotros como hermanos.

Por el camino pasaréis por donde los campesinos de Yocaná;

les daréis la que tenéis y les diréis que el Maestro, si puede…

Pasará por Yizreel al amanecer de dentro de dos días.

Id.

La paz sea con vosotros.

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