630 Camino de la Expiación


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

476a Perdón a los dos pecadores castigados con la lepra.

Si Abel hubiera dicho «Yeohveh aletea sobre vuestra cabeza»

muy probablemente habría sido menos repentino y reverente el grito…

El acto, el impulso de los dos leprosos.

Porque mientras Abel hablaba, se había asomado también el otro…

Para echarse afuera, a la plataforma, en pleno sol.

Y para postrarse rostro en tierra gritando:

–              ¡Señor, hemos pecado!

–              ¡Pero tu misericordia es más grande que nuestro pecado!

Lo gritan sin siquiera asegurarse sí Jesús está verdaderamente allí.

O si está todavía lejos, en camino hacia ellos.

Su fe es tal, que hace ver hasta lo que los ojos, por las llagas de los párpados…

Y la rapidez con que ellos se han arrojado al suelo, sin duda no han visto.

Jesús avanza…

Mientras ellos repiten:

–              ¡Señor, nuestro pecado no merece perdón, pero Tú eres la Misericordia!

–             Señor Jesús, por tu Nombre sálvanos.

Tú eres el Amor que puede vencer sobre la Justicia.  

Avanzando con Juan por el sendero,

Jesús responde severo:

–              Yo Soy el Amor.

Es verdad.

Pero sobre Mí está el Padre.

Y Él es la Justicia.

Los dos levantan los desfigurados rostros entre las lágrimas,

que corren juntamente con sustancias purulentas.

¡Son rostros horribles de ver!

¿Viejos?

¿Jóvenes?

¿Quién es el siervo?

¿Quién es Aser?

Imposible decirlo.

La enfermedad los ha igualado, haciendo de ellos dos formas de horror y náusea.

¿Cuál debe ser el aspecto de Jesús para ellos;

erguido en medio del sendero,

envuelto de rayos de sol que encienden el color rubio de sus cabellos?

No es posible saberlo.

Ellos lo miran y se cubren el rostro,

gimiendo:

–             ¡Yeohveh!

–             ¡La Luz!

Pero luego vuelven a gritar:

–            ¡El Padre te ha mandado para salvar!

–             ¡Te llama su amor predilecto!

–             ¡En Ti se complace!

–             ¡No te negará que nos des el perdón!

–             ¡El perdón o la salud?

—            ¡El perdón!- grita uno.

Y el otro:

–             … Y luego la salud.

Mi madre muere de dolor por mí.

–               Aunque Yo os perdone, queda todavía la justicia de los hombres;

para ti sobre todo.

¿Qué valor tiene entonces mi perdón para hacer feliz a tu madre?

Prueba Jesús,

para provocar las palabras que espera para obrar el milagro.

–              Tiene valor.

Ella es una verdadera israelita.

Quiere para mí el seno de Abraham.

Y para mí no existe ese lugar en espera del Cielo, porque he pecado demasiado.

–                Demasiado.

Tú lo has dicho.

–               ¡Demasiado!…

Es verdad…

Pero Tú…

¡Oh, aquel día estaba tu Madre…

¿Dónde está tu Madre ahora?

Ella tenía compasión de la madre de Abel.

Lo vi.

Y si ahora oyera tendría compasión de la mía.

¡Jesús, Hijo de Dios, piedad en nombre de tu Madre!…

–              ¿Y qué haríais después?

–              ¿Después?

Se miran consternados.

El «después» es la condena de los hombres, el desprecio….

O la fuga, el destierro.

Ante la perspectiva de la curación, tiemblan como por una incolumidad perdida.

¡Cuánto le importa al hombre la vida!

Los dos, sorprendidos en el dilema de curarse y ser condenados por la ley de los hombres.

O vivir leprosos.

Casi prefieren vivir leprosos.

Lo dicen, lo confiesan con estas palabras:

–               ¡El suplicio es horrendo!

Lo dice sobre todo, el que es Aser, uno de los dos homicidas…

–                Es horrendo.

Pero al menos es justicia.

Vosotros ibais a aplicárselo a éste, inocente;

tú, por sucios fines;

tú, por un puñado de monedas.

–               ¡Es verdad!

¡Oh, Dios mío!

Pero él nos ha perdonado.

Perdona Tú también.

Significa que moriremos, pero el alma se salvará.

–               La mujer de Joel fue lapidada por adúltera.

Sus cuatro hijos viven en continuas privaciones con la madre de ella,

porque los hermanos de Joel los han echado como a espurios;

apoderándose de los bienes de su hermano.

¿Lo sabéis?

–              Nos lo dijo Abel…

–             ¿Y quién los satisface por su desventura?

La voz de Jesús es un trueno;

verdaderamente es voz de Dios Juez y da miedo.

Solo bajo el sol, erguido y rígido, es figura de espanto.

Los dos lo miran con miedo.

A pesar de que el sol debe sulfurar sus heridas, no se mueven;

como tampoco se mueve Jesús, envuelto todo por el sol.

Los elementos pierden valor en esta hora de almas…

Pasa un rato y Aser dice:

–              Que Abel vaya donde mi madre, si quiere amarme del todo.

Y le diga que Dios me ha perdonado y…

–              Yo no te he perdonado todavía.

–              Pero lo harás porque ves mi corazón…

Y que le diga que todos mis bienes vayan a los hijos de Joel, por voluntad mía.

Sea que muera, sea que viva…

Renuncio a la riqueza que me ha hecho vicioso.

Jesús sonríe.

Se transfigura en la sonrisa, pasando del rostro severo al rostro compasivo.

Y con una voz cambiada, dice:

–             Veo vuestro corazón.

Levantaos.

Y elevad vuestro espíritu a Dios bendiciéndolo.

Separados como estáis del mundo, podéis iros sin que el mundo sepa de vosotros.

Y el mundo os espera para procuraros la manera de sufrir y expiar.

–              ¿Nos salvas, Señor?

–               ¿Nos perdonas?

–              ¿Nos curas?

–              Sí.

Os dejo la vida, porque la vida es sufrimiento;

especialmente para quien tiene recuerdos como los vuestros.

Pero ahora no podéis salir de aquí.

Abel debe venir conmigo, debe ir como todos los hebreos a Jerusalén.

Aguardad a que regrese, lo cual coincidirá con vuestra curación.

Él se ocupará de llevaros al sacerdote y de avisar a tu madre.

Yo le diré a Abel lo que debe hacer y cómo lo debe hacer.

¿Podéis creer en mis palabras, aunque me marche sin curaros?

–              Sí, Señor.

Pero repítenos que perdonas a nuestro espíritu.

Esto sí.

Luego todo vendrá cuando quieras Tú.

–            Yo os perdono.

Renaced con un espíritu nuevo y no queráis volver a pecar.

Recordad que, además de absteneros de pecar, debéis llevar a cabo actos de justicia,

encaminados a anular completamente vuestra deuda ante los ojos de Dios.

Y que por tanto, vuestra penitencia debe ser continua, porque grande es vuestra deuda.

¡Muy grande!

La tuya en particular, toca todos los Mandamientos del Señor.

Piensa y verás que ni uno queda excluido.

Te olvidaste de Dios, pusiste a la carne como ídolo tuyo;

transformaste las fiestas en días de delirios ociosos;

ofendiste e infamaste a tu madre;

contribuiste a matar y a querer matar;

robaste la existencia y querías robar un hijo a una madre;

privaste de padre y madre a cuatro niños, fuiste lujurioso, levantaste falsos testimonios;

deseabas impúdicamente a una mujer que era fiel a su difunto esposo;

deseaste los bienes de Abel tanto, que quisiste eliminar a Abel para apoderarte de ellos.

Aser, ante cada una de estas proposiciones,

gime:

–               ¡Es verdad, es verdad!

–               Como ves, Dios habría podido reducirte a cenizas sin recurrir al castigo de los hombres.

Te ha preservado para que Yo pudiera salvar a uno más.

Pero la mirada de Dios te vigila y su inteligencia recuerda.

Podéis marcharos.

Jesús se vuelve y regresa a la espesura, junto a Abel y Juan,

que habían buscado refugio bajo los árboles de la ladera.

Y los dos, todavía desfigurados, quizás sonrientes…

Pero ¿Quién puede decir cuándo sonríe un leproso?

Con la voz típica de los leprosos, estridente, metálica, carente de continuidad;

con bruscas disonancias, entonan, mientras Él baja el monte por el sendero pavoroso,

el salmo 114…

(Salmo 114, citado aquí según la Vulgata, en la Neovulgata pasó a constituir la primera parte del salmo 116: “Amo al Señor porque escucha el grito de mi oración…”)  

Juan dice:

–               ¡Se sienten felices!

Abel agrega:

–               Yo también.

Juan dice a Jesús:

–                Pensaba que los ibas a curar inmediatamente.

Abel añade:

–               Yo también, como haces siempre.

Jesús responde:

–             Han sido grandes pecadores.

Esta espera es justa para quien ha pecado tanto.

Ahora escucha, Ananías…

–               Me llamo Abel, Señor.

Dice sorprendido el joven.

Y mira a Jesús como para preguntarse:

« ¿Por qué se equivoca?».

Jesús sonríe:

–             Para mí eres Ananías.

Porque verdaderamente pareces nacido de la bondad del Señor.

Sélo cada vez más.

Y escucha…

Al regreso de los Tabernáculos irás a tu ciudad y le dirás a la madre de Aser,

que haga lo que el hijo desea.

Y que ello sea llevado a cabo de la manera más solícita, dando todo como reparación;

menos un décimo.

Esto es por compasión hacia la madre anciana.

Que ella, junto contigo, deje Belén de Galilea y vaya a Ptolemaida, a esperar a su hijo;

que contigo irá donde ella con su compañero.

Tú, una vez alojada la mujer en casa de algún discípulo de la ciudad,

irás por todo lo necesario para la purificación de los leprosos.

Y no los dejarás hasta que esté todo hecho.

Que el sacerdote no sea de los que saben del pasado, sino de otros lugares.

–             ¿Y después?

–              Después vuelves a tu casa o te unes a los discípulos.

Y ellos, los curados, tomarán el camino de la expiación.

Yo digo lo indispensable.

Y dejo al hombre libre de actuar después…

Reanudan el camino.

Bajan, bajan incansables;

a pesar de las asperezas del camino y el calor del sol…

Incansables y silenciosos durante mucho tiempo.

Luego Abel rompe el silencio diciendo:

–             ¿Señor, te puedo pedir una gracia?

–             ¿Cuál?

–             Que me dejes ir a mi ciudad.

Me desagrada dejarte, pero aquella madre…

–             Ve.

Pero no te demores.

Apenas vas a tener tiempo de llegar a Jerusalén.

–             ¡Gracias, Señor!

La veré sólo a ella:

Una pobre anciana avergonzada de todo, desde que Aser pecó.

Pero ahora volverá a sonreír.

¿Qué debo decirle en tu Nombre?

–              Que sus lágrimas y oraciones han obtenido gracia.

Que Dios la anima a aumentar su esperanza…

Y que la bendice.

Pero antes de separarnos vamos a detenernos una hora.

No más.

No es tiempo de altos en el camino.

Luego tú irás por tu parte;

Yo y Juan, por la mía.

Y por atajos.

Tú Juan, te adelantarás.

Irás a donde mi Madre.

Le llevarás esta saca con la ropa de lino y vendrás con la de lana.

Irás a decirle que quiero verla y que la espero en el bosque de Matatías, el de la mujer.

Ya sabes.

Habla a solas con Ella y ven pronto.

–                Sé dónde está el bosque.

¿Y Tú?

¿Solo?

¿Te quedas solo?

–                 Me quedo con mi Padre.

No temas.

Dice Jesús levantando la mano y poniéndola sobre la cabeza del discípulo predilecto,

que está a su lado sentado en la hierba.

Y le sonríe mientras dice:

–                 Pero deberíamos estar allí al caer de la tarde…

–                 Maestro, cuando debo darte una satisfacción no siento cansancio, ya lo sabes.

¡Y además, donde la Madre!…

Es como ir llevado por los ángeles.

Y bueno, no está muy lejos.

–                 Nunca está lejos lo que se hace con alegría…

Pero tú pasarás la noche en Nazaret.

–                 ¿Y Tú?

–                 Yo…

Estaré con el Padre mío después de haber estado con mi Madre un poco.

Y luego al alba, me pondré en camino,

tomando el camino del Tabor sin entrar en Nazaret.

Ya sabes que tengo que estar en Yizreel a la aurora de pasado mañana.

–                 Te vas a cansar mucho, Maestro.

Y ya lo estás.

–                  Tendremos tiempo de descansar en invierno.

No temas.

Y no esperes poder ir evangelizando siempre con paz como aquí.

Haremos muchas paradas…

Jesús agacha la cabeza, pensativo, dando mordiscos a su pan,

más para hacer compañía a los dos, que por ganas de comida.

Los cuales, jóvenes y contentos de estar con el Maestro, comen con gusto.  

Tanto es así que deja de comer y se sume en uno de sus silencios,

respetado por los dos, que callan y descansan a la sombra fresca del monte,

descalzos los pies para buscar frescura en la hierba nacida a los pies de los robustos troncos.

Y se adormilarían incluso.

Pero Jesús levanta la cabeza,

y dice:

–               Vamos.

En la bifurcación nos separaremos.

Atadas las sandalias, se ponen en camino.

La sombra del bosque y el viento que viene de septentrión,

los ayuda a soportar la pesantez;

de esta hora todavía caliente;

aunque ya no tórrida como en los meses de pleno verano.

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