632 Coloquio Íntimo


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

477a Coloquio de Jesús con su Madre en el bosque de Matatías. 

Pero Jesús casi enseguida abre de nuevo los ojos.

Ve que se viene la noche.

Ve que no es posible prolongar esa hora de confortación…

Levanta la cabeza.

Permanece sentado donde estaba…

Diciendo:

–              Mamá…

¿Sabes de dónde vengo?

María responde:

–             Lo sé.

Me lo ha dicho Juan.

Dos almas que vuelven a Dios.

Una alegría para Ti y para mí.

–             Sí.

Bajo a Jerusalén con esta alegría.

–             Como consuelo de la desilusión que recibiste el mismo día que nos despedimos.

–            ¿Cómo lo sabes?

¿Te lo ha dicho Juan?

Sólo él sabe…

–               No.

Yo le he preguntado acerca de ello;

pero Juan me ha respondido:

«Madre, dentro de poco vas a verlo.

Pregúntaselo a Él».

Jesús sonríe.

Y dice:

–             Juan es fiel hasta el escrúpulo.

Sigue una larga pausa.

Luego Jesús pregunta:

–             ¿Quién te ha hablado de ello entonces?

–              No a mí.

Fueron unos…

Unos hombres a casa de José, tu hermano.

Y… él vino a mi casa.

Estaba todavía un poco…

Sí, Hijo mío.

Siempre es mejor decir la verdad.

Un poco inquieto después de tu encuentro con él en Cafarnaúm.

Y especialmente después de la conversación que tuvieron José, Judas y Santiago…

Se vieron en tu ausencia.

Y también Santiago…

Bueno, sobre todo Santiago fue severo…

Mucho…

Yo diría que demasiado.

Pero el Eterno, que siempre es bueno, ha sacado de esta desavenencia un bien.

Sin duda porque ha sido una desavenencia que venía de dos fuentes de amor…

Distintas sí, pero amor en todo caso.

Imperfectas, sí;

porque si hubieran sido perfectas, si al menos una hubiera sido perfecta,

no se habría manifestado la ira…

Decir ira quizás es demasiado fuerte para dar un nombre al estado de ánimo de Santiago.

Pero lo que sí es cierto es que estuvo muy, muy severo…

Tú, sin duda, le habrías corregido en orden a la caridad.

Yo…

No aprobé,

Pero fui indulgente porque comprendía lo que ponía tan inquieto al siempre paciente Santiago.

No se puede pretender que sea perfecto…

Es un hombre.

Es mucha la humanidad también en él todavía.

¡Y queda largo camino que recorrer todavía para que Santiago llegue a ser un justo!

¡Como era mi José!

Él… sabía dominarse siempre…

Y ser siempre bueno…

¡Pero… estoy divagando!

Decía que el amor imperfecto de los dos por Ti…

¡Porque te quieren mucho, mucho, sí!

También José, aunque a primera vista no lo parezca.

Realmente es amor por Ti, todas sus atenciones para con esta pobre mujer. 

Y amor por ti es su modo de pensar;

como viejo israelita fijo en sus ideas como su padre.

¡Qué no daría por verte amado por todos!

A su manera…

Eso sí…

Pero yendo al hecho, debo decirte que José;

al cual no le ha venido mal la actitud firme de Santiago.

Ha tomado la costumbre de venir todos los días a casa.

¿Y sabes para qué?

Para que le explique las Escrituras…

«Como tú y tu Hijo las comprendéis», ha dicho.

¡Explicar las Escrituras a la luz de la Verdad!…

Es difícil cuando quien nos escucha es un José de Alfeo.

O sea, uno que cree firmemente en el reino temporal del Mesías;

en su nacimiento regio y en tantas otras cosas.

Pero, para hacerle aceptar la idea de que el Rey de Israel debe ser de estirpe real;

de David, sí.

Pero que NO es necesario que haya nacido en un palacio, me ha servido su propio orgullo.

Él…

¡Cuánto celo por ser de la estirpe de David!

Le he dicho dulcemente muchas cosas…

Y he enderezado esta idea en Él.

José admite ahora, por concordancia con las profecías, que Tú eres el profetizado.

Pero no lo habría logrado, ¡No!

No habría lo logrado, convencerlo de que Tú.

De que tu grandeza verdadera está justamente en el hecho de ser Rey en el espíritu…

Que es lo único que te puede hacer Rey universal y eterno,

si no hubiera venido en dos momentos gente a buscarlo…

Los primeros, otra vez los de Cafarnaúm y otros con ellos;

después de haberlo halagado de nuevo…

Con deslumbrantes promesas de grandeza para toda la casa;

viéndolo menos propenso a ceder a su favor…

Pretendían que él te forzara a ti a aceptar una corona;

y a mí a hacértela aceptar…

Se descubrieron pasando a las amenazas…

Las consabidas, veladas amenazas que usan:

Cuchillos afilados envueltos en blanda lana, para que parezcan inocuos…

Y José reaccionó diciendo:

«Yo soy el mayor, pero Él es mayor de edad…

Y en mi familia no tengo noticia de que haya habido nunca estúpidos o locos.

Como es mayor de edad desde hace cuatro lustros, sabe lo que se trae entre manos.

Id a Él, pues.

Y preguntadle.

Y si se niega, dejadlo en paz.

«Es responsable de sus acciones»

Pero luego, precisamente en la vigilia del sábado, vinieron unos discípulos tuyos…

¿Me miras, Hijo?

Deja que no te diga sus nombres.

Y deja que te diga que los perdones…

Un hijo que hubiera levantado su mano contra la canicie de su padre.

Un levita que hubiera profanado el altar y temiera la ira de Yeohveh… 

No estarían como estaban ellos.

Venían de Cafarnaúm, donde te habían buscado…

Habían recorrido los caminos del lago desde Cafarnaúm hasta Mágdala.

Luego hasta Tiberíades, esperando encontrarte…

Se habían encontrado con Hermas y Esteban, que bajaban con otros a Jerusalén;

después de haberse hospedado en casa de Gamaliel unos días.

No quiero decirte lo que dijeron, lo que desean ardientemente decirte… 

Pero sus palabras habían aumentado el dolor de los discípulos que se descarriaron;

hasta el punto de unirse a quienes querían traicionarte con una falaz unción.

Cuando vinieron, estaba conmigo José.

Y fue una cosa buena.

¡Oh, José no ha llegado todavía a la Luz, pero está ya en el crepúsculo de su aurora!

José ha entendido la insidia y…

Nuestro José te quiere mucho ahora.

Te ama, no me atrevo a decir justamente… 

Pero sí al menos como pariente mayor, que sufre con tu sufrimiento;

que vela por su incolumidad, que conoce a tus enemigos…

Por esto sé lo que te han hecho, Hijo mío.

Un dolor…

Y una alegría, porque más de uno te ha reconocido por lo que Eres.

Para ti y para mí, este dolor y esta alegría…

¿Y perdonamos a todos, no es verdad?

Yo ya he perdonado a los arrepentidos, hasta donde me era concedido.

–            Mamá, podías haber concedido todo el perdón, también por Mí.

Porque Yo ya había perdonado viendo su corazón.

Son hombres…

¡Tú lo has dicho!…

Y Yo también tengo la alegría de ver a José,

caminando hacia la aurora de la verdadera Luz…

–            Sí.

Él esperaba verte.

Hubiera sido bueno que lo hubieras visto.

–            Hoy estaba fuera hasta la puesta del sol.

Le dolerá no verte.

Pero podrá hacerlo en Jerusalén.

Jesús objeta:

–            No, Madre.

No estaré en Jerusalén de forma que me vean.

Necesito evangelizar la Ciudad y sus aledaños.

Si me descubrieran, me expulsarían inmediatamente.

Tendré que actuar pues, como uno que hace el mal;

si bien quiero hacer únicamente el bien…

Pero es así.

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