633 El Camino de la Cruz


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

477b Los sufrimientos morales de Jesús y María.

María pregunta:

–               ¿Entonces no vas a ver a José?

Parte mañana para los Tabernáculos.

Podíais hacer el viaje juntos…

Jesús responde:

–               No puedo…

–               ¿Tanto te persiguen ya, Hijo mío?

¡Qué congoja hay en la voz de la Madre!

–                No, Madre.

No.

No más que antes.

Tranquilízate.

Es más…

Vienen a mí espíritus buenos.

Otros, no buenos…

Se detienen meditando, mientras que antes asestaban el golpe sin razonar.

Los discípulos aumentan.

Los antiguos se forman cada vez más, los apóstoles se perfeccionan.

No hablo de Juan… 

Él ha sido siempre una gracia que me ha dado el Padre;

hablo de Simón de Jonás y de los otros.

Simón, que puedo decir que día tras día va dejando de ser el hombre que era,

para hacerse apóstol.

sabes lo que quiero decir.

Me causa mucha alegría.

Nathanael…

Y Felipe en que se desatan del vínculo de sus ideas.

Tomás y…

Bueno, qué digo…

¡Todos!

Sí, créelo.

Todos en esta hora son buenos:

Son mi alegría.

Debes estar tranquila sabiendo que estoy con ellos:

Amigos, consoladores, defensores de tu Hijo.

¡Si tú estuvieras tan defendida y fueras tan amada!

–             ¡Oh, yo tengo a María de Alfeo!

Tengo a las mujeres de José y Simón.

A ellos mismos y a los niños.

Tengo al buen Alfeo.

Y bueno…

¿Quién no quiere a María de Nazaret en Nazaret?

Quédate tranquilo…

Un pueblo entero, ama a tu Mamá.

–             Pero no a Mí todavía…

Excepto unos pocos.

Esto lo sé.

Y sé que su amor a ti está empapado de la compasión…

Que se siente por la madre de un Demente y de un Vagabundo.

Pero tú sabes que No lo Soy y que te quiero.

Tú sabes que el separarMe de ti, es la Obediencia, no digo más grande.

Pero sí más amorosamente dolorosa, que el Padre me pide…

–               ¡Sí, Hijo mío!

Sí. Lo sé.

Yo no me quejo de nada.

La verdad es que querría estar…

Preferiría estar contigo, en medio del fango, con el viento, a la intemperie;

perseguida, cansada, sin techo ni fuego, sin pan…

Como Tú muchas veces…

Antes que en mi casa, mientras Tú estás lejos y no sé cómo estás;

mientras pienso en Ti.

Tú conmigo y yo contigo.

Sufrirías menos y yo menos sufriría…

Porque eres mi Hijo y te podría tener siempre entre mis brazos.

Defenderte del frío;

de la dureza de las piedras.

Y sobre todo, de la dureza de los corazones;

con mi amor, con mi pecho, con mis brazos.

Eres mi Hijo.

Te tuve mucho sobre mi corazón en la gruta, en el viaje a Egipto…

Y al regreso siempre…

Cuando las inclemencias del tiempo y las insidias de los hombres, podían dañarte.

¿Por qué no iba a poder hacerlo ahora?

¿He dejado de ser acaso tu Madre, porque Tú seas ahora el Hombre?

¿Es que ya no puede una madre ser todo para el hijo…

Por el hecho de que Él ya no sea pequeño?

Yo creo que si estoy contigo no podrán causarte daño.

Porque ninguno…

No.

Soy una ilusa…

Tú eres el Redentor…

Y los hombres, lo he visto…

No tienen piedad ni siquiera de la propia madre…

Pero, déjame ir contigo.

Todo es mejor para mí que estar lejos de Ti.

–                Si los hombres fueran mejores…

Habría vuelto a Nazaret todavía.

Pero también Nazaret…

No importa.

Vendrán a Mí.

Por ahora, voy a otros…

Y no puedo llevarte conmigo.

Sólo volveré aquí cuando sepan Quién Soy.

Ahora voy a Judea…

Subo al Templo…

Luego estaré por aquellas comarcas…

Recorreré una vez más Samaria.

Trabajaré en los lugares donde más trabajo hay.

Por ello Madre…

Te aconsejo que te prepares para venir a Mí al principio de la primavera.

Y para establecerte cerca de Jerusalén.

Nos veremos con más facilidad.

Volveré a subir alguna vez todavía hasta la Decápolis y nos veremos todavía…

Lo espero.

Pero normalmente estaré en Judea.

Jerusalén es la oveja más necesitada de cuidado…

Porque en verdad, es más testaruda que un carnero viejo.

Y más pendenciera que una cabra enrudecida.

Voy a esparcir la Palabra como rocío que no se cansa de caer sobre su aridez…

Jesús se levanta.

Se queda parado;

mira a su Madre, que a su vez lo mira fija y atentamente.

Abre la boca, luego menea la cabeza…

Y dice:

–             Queda todavía por decir esto, antes de la última cosa…

Madre, si José quiere hablar conmigo, que esté hacia el alba de pasado mañana,

en el camino que de Nazaret por el Tabor va a Yizreel.

Estaré solo o con Juan.

–             Lo diré, Hijo mío.

Sigue silencio, un profundo silencio…

Porque los pájaros han terminado de pelear entre las frondas.

Y también el viento calla, mientras el crepúsculo se adensa.

Luego Jesús, que parece haber buscado con dificultad las últimas palabras,

dice:

–              Mamá, este alto aquí ha terminado…

Dame un beso, Mamá.

Y tu bendición.

Se besan y bendicen mutuamente.

Luego Jesús, agachándose a recoger el velo de su Madre y llamando a Juan,

como para quitar gravedad a las palabras,

dice:

–             Cuando vayas a Judea, llévame mi túnica más bonita.

La que me tejiste para las fiestas solemnes.

En Jerusalén debo ser «Maestro» en el sentido más amplio…

Y más sensiblemente humano, porque esos espíritus cerrados e hipócritas miran más lo externo:

La túnica…

Que lo interno, la doctrina.

Así también Judas de Keriot se sentirá contento…

Y también José, que me verá regiamente vestido.

¡Será un triunfo!

Y la túnica que tejiste contribuirá a ello…

Sonríe, meneando la cabeza,

para suavizar la verdad cortante que ocultan esas palabras.

Pero María no se engaña.

Se levanta.

Y apoyándose en el brazo de Jesús,

exclama:

–             ¡Hijo!

Y con una congoja que hace sufrir…

Jesús la recoge en su corazón, donde Ella llora…

–             Mamá, he querido hablar contigo en esta hora de paz por esto…

Te confío mi secreto y todo lo que amo aquí abajo.

Ninguno de los discípulos sabe que no volveremos a estos lugares;

sino cuando todo haya sido cumplido.

Pero tú…

Para ti no hay secretos…

Te lo había prometido, Mamá.

No llores.

Todavía muchas horas hemos de estar juntos.

Por esto te digo:

«Ve a Judea».

Tenerte al lado me compensará la fatiga de la más difícil evangelización,

a esos duros de corazón que ponen obstáculos a la Palabra de Dios.

Ve con las discípulas galileas.

Me seréis muy útiles.

Juan se ocupará del alojamiento tuyo y de ellas.

Ahora, antes de que él regrese, vamos a orar juntos.

Luego tú volverás al pueblo.

Yo también me acercaré durante la noche…

Oran juntos.

Y están en las últimas palabras del Pater cuando aparece Juan que, en la penumbra,

cuando está cerca, ve la señal del llanto en el rostro de María.

Y se asombra… 

Pero no dice nada al respecto.

Se despide del Maestro.

Y le dice:

–                Estaré a la aurora fuera de Nazaret, en el camino…

Ven, Madre.

Fuera del bosque hay todavía luz.

Y abajo el camino está todo iluminado por los faroles de los carros que van de camino…

María besa de nuevo a Jesús, llorando en su velo.

Luego, sujetada por Juan, que la lleva del codo, baja al sendero.

Y sigue hacia abajo, hacia el valle.

Jesús se queda solo;

Orando, pensando, llorando…

Porque Jesús ora mientras ve bajar a su Madre.

Luego vuelve a donde estaba antes y se pone en la postura que tenía… 

Mientras la sombra y el silencio se adensan cada vez más en torno a Él. 

 

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