634 Martirio Espiritual


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

477c Los sufrimientos morales de Jesús y María.

Dice Jesús:

No he olvidado tampoco este dolor de María, mi Madre.

Haber tenido que lacerarla con la expectativa de mi sufrimiento.

Haber debido verla llorar.

Por eso no le niego nada.

Ella me dio todo.

Yo le doy todo.

Sufrió todo el dolor, le doy toda la alegría.

Quisiera que cuando pensáis en María, meditarais en esta agonía suya…

Que duró treinta y tres años.

Y culminó al píe de la Cruz.

La sufrió por vosotros:

Por vosotros las burlas de la gente, que la juzgaba madre de un loco;

por vosotros, las críticas de los parientes y de las personas de importancia;

por vosotros, mi aparente desaprobación:

«Mi Madre y mis hermanos son aquellos que hacen la voluntad de Dios»

¿Y quién más que Ella la hacía?

Una Voluntad tremenda que le imponía la tortura de ver martirizar al Hijo.

Por vosotros, la fatiga de ir acá o allá, a donde Yo estaba;

por vosotros, los sacrificios desde el de dejar su casita y mezclarse con las muchedumbres;

al de dejar su pequeña patria por el tumulto de Jerusalén;

por vosotros, el deber estar en contacto con aquel que guardaba dentro de su corazón la traición;

por vosotros, el dolor de oír que me acusaban de posesión diabólica, de herejía.

TODO, todo por vosotros.

No sabéis cuánto he amado a mi Madre.

No reflexionáis en cuán sensible a los afectos era el corazón del Hijo de María.

Y creéis que mi tortura fue puramente física,

al máximo añadís la tortura espiritual del abandono final del Padre.

No, hijos.

También experimenté los afectos del hombre:

Sufrí por ver sufrir a mi Madre, por tener que llevarla como mansa cordera al suplicio.

Por tener que lacerarla con una cadena de despedidas:

En Nazaret, antes de la evangelización;

ésta que os he mostrado y que precede a mi Pasión, ya inminente;

aquélla antes de la Cena,

cuando ya la Pasión está desarrollándose con la Traición de Judas de Keriot;

aquélla atroz, en el Calvario.

Sufrí por verme escarnecido, odiado, calumniado,

rodeado de malsanas curiosidades que no evolucionaban hacia el bien sino hacia el mal.

Sufrí por todas las falsedades que tuve que oír o ver activas a mi lado:

Las de los fariseos hipócritas, que me llamaban Maestro y me hacían preguntas,

no por fe en mi inteligencia sino para tenderme trampas;

las de aquellos a quienes había favorecido y se volvieron acusadores míos en el Sanedrín

y en el Pretorio;

aquélla premeditada, larga, sutil de Judas, que me había vendido

y continuaba fingiéndose discípulo;

que me señaló a los verdugos con el signo del amor.

Sufrí por la falsedad de Pedro, atrapado por el miedo humano.

¡Cuánta falsedad y cuán repelente para Mí que soy Verdad!

¡Cuánta también ahora, respecto a Mí!

Decís que me amáis, pero no me amáis.

Tenéis mi Nombre en los labios…

Y en el corazón adoráis a Satanás y seguís una ley contraria a la mía.

Sufrí al pensar que en relación al valor infinito de mi Sacrificio…

El Sacrificio de un Dios, demasiados pocos se salvarían.

A todos – digo: a todos-

los que a lo largo de los siglos de la Tierra preferirían la muerte a la vida eterna,

haciendo vano mi Sacrificio, los tuve presentes.

Y con esta cognición fui a afrontar la muerte.

Ya ves pequeño Juan…

Que tu Jesús y la Madre suya sufrieron agudamente en su yo moral.

Y largamente.

Paciencia, pues si es que debes sufrir.

«Ningún discípulo es más que el Maestro», lo dije.

Mañana hablaré de los dolores del espíritu.

Ahora descansa.

La paz sea contigo.

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