635 El Mesías


 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

478 Coloquio de Jesús con José y Simón de Alfeo, que van a la fiesta de los Tabernáculos.

Apenas despunta el sol sobre la naturaleza rociada de breve y reciente lluvia.

El polvo del camino está todavía mojado pero no se ha transformado en barro.

Una primera agua de otoño,

un anuncio de las lluvias de Noviembre,

que transformarán los caminos palestinos en legamosas cintas de lodo.

El otro flagelo de Palestina, reservado a los meses estivales, como el lodo a los invernales.

Pero ésta, ligera, propicia para los viandantes, sólo ha mojado el polvo y ha lavado el ambiente.

Las hojas y las hierbas, que brillan todas tersas, con el primer rayo del Sol.

Un vientecillo suave, puro, corre por los olivares que cubren los collados nazarenos.

Y el frufrú de las frondas tiene tanto rumor de grandes plumas agitadas al compás del vuelo,

que parece que corriera por entre los árboles quietos un vuelo de ángeles.

Y brillan con su plata sembrada de brillantes, plegándose todas a un lado,

como si al angélico vuelo le siguiera una estela de paradisíaca luz.

Ya la ciudad ha quedado unos cuantos estadios atrás,

cuando Jesús, que ha caminado por atajos entre las colinas, entra en el camino de primer orden

que de Nazaret va hacia la llanura de Esdrelón,

el camino de caravanas que de minuto en minuto se va animando de peregrinos.

Recorre otros pocos estadios por este camino, cuando llegado a una bifurcación,

donde el camino se divide en dos junto a un poste que en sus dos lados opuestos tiene escrito:

`Jafia Simonia – Belén Carmelo» al Oeste, y «Xalot – Naím Scitópolis – Engannim» al Este,

ve a sus primos José y Simón, parados en el borde del camino;

los cuales, junto con Juan de Zebedeo, lo saludan inmediatamente.

Visiblemente contento de verlos, los saluda:

–            ¡Paz a vosotros!

¿Ya estáis aquí?

Pensaba que sería el primero y que debería pararme aquí a esperaros…

Y ya os encuentro.

Y los besa.

–              No podías llegar antes.

–              Por temor a que pasaras antes de que llegásemos nosotros…

Nos hemos puesto en camino a la luz de las estrellas, enseguida veladas por las nubes.

–              Os había dicho que me veríais.

Entonces tú, Juan, no has dormido.

–              Poco, Maestro.

Pero en todo caso, más que Tú, sin duda.

Y el sereno rostro de Juan sonríe…

Verdadero espejo de su bondadoso carácter siempre contento de todo.

Jesús a José, le dice:

–            Entonces, hermano mío…

¿Querías hablar conmigo?

José responde:

–             Sí…

Ven, vamos un poco dentro de esa viña.

Estaremos más tranquilos.

Y José es el primero que se mete entre dos hileras de vides ya despojadas de su fruto.

Según las prescripciones mosaicas, sólo algúno que otro pequeño racimo,

para el hambre del pobre y del peregrino, queda en los sarmientos;

entre las hojas que próximas a caer, ya amarillecen.

Jesús lo sigue con Simón.

Juan se queda en el camino.

Pero Jesús lo llama,

diciendo:

–           Puedes venir, Juan.

Tú eres mi testigo.

Mirando vacilante a los dos hijos de Alfeo,

Juan titubea:

–          Pero…

José dice:

–            No, no.

Ven, sí.

Es más, queremos que oigas nuestras palabras.

Entonces Juan baja también a la viña;

donde todos se adentran siguiendo la curva de las hileras,

tanto que ya no se los ve desde el camino.

José dice:

–             Jesús…

Me siento alegre de ver que me quieres.

Jesús responde:

–             ¿Y podías dudarlo?

¿No te he querido siempre?

–             Yo también te he querido siempre.

Pero…

En nuestro amor, desde hace un tiempo ya no nos comprendíamos.

Yo…

No podía aprobar lo que hacías, porque me parecía tu destrucción, la de tu Madre y la nuestra.

Ya sabes…

Todos los galileos de una cierta edad,

recordamos cómo fue castigado Judas el galileo…

Cómo fueron desbaratados sus parientes y seguidores.

Y confiscados sus bienes.

A los que no mataron, los mandaron a las galeras y les confiscaron los bienes.

No quería esto para nosotros.

Porque…

Sí, no daba crédito a que precisamente de nosotros;

que somos de la estirpe de David, sí.

Pero tan…

Bueno, no nos falta el pan.

Y alabado sea el Altísimo por ello.

Pero, ¿Dónde está la grandeza regia que todas las profecías atribuyen al que será el Mesías?

¿Eres Tú la verga que golpea para dominar?

No fuiste luz al nacer.

¡Ni siquiera naciste en tu casa!…

¡Yo conozco bien las profecías!

Nosotros ya somos rama seca.

Y nada hacía entender que el Señor la hubiera revestido de follaje.

¿Y Tú qué eres sino un justo?

Por estos pensamientos es que te hacía frente, gimiendo por nuestra destrucción.

Y en medio de esta compunción mía vinieron los tentadores;

para avivar aún más el fuego de mis ideas de grandeza, de realeza…

Jesús, tu hermano fue un necio.

Creí en ellos y te causé pesar.

Es duro confesarlo, pero lo debo decir.

Y piensa que todo Israel estaba en mí:

Necio como yo;

como yo, seguro de que la forma del Mesías no era la que Tú nos ofreces…

Es duro decir:

«Me he equivocado.

Nos hemos equivocado y seguimos equivocándonos.

Desde hace siglos».

Pero tu Madre me ha explicado las palabras de los profetas.

¡Oh, sí!

Tiene razón Santiago.

Y tiene razón Judas Tadeo.

De labios de María -como ellos oyeron, de niños, esas palabras-, se ve que eres el Mesías.

En fin, ya no soy un niño.

Mis cabellos encanecen;

ni lo era cuando María volvió del Templo como esposa de José.

Muy bien recuerdo esos días.

Y la desaprobación de mi padre…

una desaprobación cargada de asombro,

cuando vio que su hermano no cumplía las nupcias en breve plazo.

Asombro suyo, asombro de Nazaret.

Y también murmuración.

Porque no es usual dejar pasar tantos meses antes de las nupcias;

poniéndose en condiciones de pecar y de…

Jesús, yo siento estima por María y honro la memoria de mi pariente.

Pero el mundo…

Para el mundo no fue un buen momento…

Tú… ¡Oh, ahora sé!

Tu Madre me ha explicado las profecías.

Y Dios quiso que se retrasaran las nupcias para que tu nacimiento coincidiera con el gran Edicto…

Y nacieras en Belén de Judá.

Y… todo, sí, María me lo ha explicado todo.

Y ha sido como una luz, para comprender lo que Ella por humildad ha callado.

Y digo:

Eres el Mesías.

Esto he dicho y esto diré.

Pero decirlo no significa todavía cambiar de mente…

Porque mi mente piensa en el Mesías como rey.

Las profecías hablan…

Y es difícil poder comprender otro carácter en el Mesías sino el de rey…

¿Sigues Mi razonamiento?

¿Estás cansado?

–              No, te escucho.

–              Bueno, pues…

Los que seducían mi corazón volvieron y querían que te coaccionara…

Y al no querer hacerlo, cayó de su rostro el velo y aparecieron como en realidad son:

Los falsos amigos, los verdaderos enemigos…

Vinieron otros, plañendo como pecadores.

Escuché lo que me dijeron.

Relataron tus palabras en casa de Cusa…

Ahora sé que Tú reinarás sobre los espíritus.

O sea, serás Aquel en quien toda la sabiduría de Israel se centrará para dar leyes nuevas y universales.

En Ti está la sabiduría de los patriarcas, la de los jueces y la de los profetas.

Y la de nuestros antepasados David y Salomón;

en Ti la sabiduría que guió a los reyes, a Nehemías y a Esdras;

en Ti, la que sostuvo a los Macabeos.

Toda la sabiduría de un pueblo, de nuestro pueblo, del Pueblo de Dios.

Comprendo que darás al mundo, enteramente sujeto a tu poder, tus sapientísimas leyes.

Y verdaderamente, pueblo de santos será tu pueblo.

Pero hermano mío, no puedes hacer esto solo.

Moisés, para mucho menos, eligió ayudantes.

¡Y era sólo un pueblo!

¡Tú…

Todo el mundo!

¡Todo a tus pies!…

¡Ah, pero para hacer esto debes darte a conocer!…

 

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