639 Dolor sobre el Dolor


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

480 Parten de Yizreel tras la visita nocturna de los campesinos de Yocaná.

Suben.

Se sientan en un bajísimo murete, semiderruido, situado a unos diez metros de la torre.

Parece una protección puesta antiguamente alrededor de este torreón.

Ahora está casi enteramente caído.

La tupida hierba recubre sus restos con grandes cascadas de convólvulos silvestres

y con otras hierbas propias de las ruinas, con anchas hojas peludas.

Dan unos mordiscos a un poco de pan (no tienen otra cosa) bajo los últimos rayos de luz.

Juan, a pesar de estar cansadísimo,

echa una ojeada por entre las ramas de una higuera nacida entre las piedras,

toda retorcida y enmarañada.

Y entre las hojas que tienden a amarillecer, descubre algunos higos…

Que han sido respetados por los pájaros y los muchachos.

Los comen, completando así la comida.

El agua la tienen en las cantimploras.

Pronto termina la comida.

Somnoliento Juan, pregunta:

–              ¿Estará habitada la torre?

Jesús responde:

–             No creo.

No se filtran a través de ella, luz ni voz.

¿Querías pedir alojamiento?

Ya no puedes más…

–             ¡No!

No era por un motivo concreto…

Aquí se está bien…

–              Túmbate al menos, Juan.

La hierba es tupida.

Y aquí no debe haber llovido todavía:

El suelo está seco.

–              …No…

No… Señor.

No tengo sueño…

Hablemos.

Dime algo…

Una parábola…

Me siento aquí a tus pies.

Me basta con poner la cabeza sobre tus rodillas…

El apóstol predilecto se sienta y apoya la cabeza, con la cara hacia el cielo, en las rodillas de Jesús.

Hace esfuerzos heroicos para no dormirse.

Trata de hablar para vencer el sueño…

Trata de interesarse en lo que ve…

Estrellas en el cielo, luces en el camino.

Cada vez más numerosas las primeras, porque el viento soplando, ha alejado las nubes;

cada vez más escasas las segundas, porque la noche ha suspendido la marcha de los peregrinos.

Sólo algún obstinado persiste en continuar con su carro provisto de farol.

Un farol que se bambolea atado al techo…

Hecho de esteras o mantas extendidas sobre los arcos del carro.

Pero el propio silencio, cada vez más profundo, ayuda a conciliar el sueño…

Juan, con una voz cada vez más lejana,

dice:

–               ¡Cuántas luces en el cielo!

Y mira: parece que alguna ha bajado a la Tierra y titila y palpita como arriba…

Pero son más pequeñas y feas…

Nosotros no podemos ser estrellas…

En las nuestras hay humo, hay olor de pabilo…

Y todo las puede apagar…

Una vez dijiste que para apagar la luz en nosotros basta una mariposa.

Comparabas las mariposas a las seducciones del mundo…

Y luego decías que…

Mientras las mariposas pueden apagar una lámpara, el ala de los ángeles…

Llamabas ángeles a las cosas espirituales, avivan la luz que hay en nosotros…

Yo…

El ángel…

La luz.

Juan se va sumiendo lentamente en el sueño.

Y se extiende, abatido sin querer por el cansancio.

Jesús espera a que esté recostado del todo.

Luego le coloca la saca debajo de la cabeza.

Le extiende el manto encima con ademanes paternos.

En un último destello de lucidez,

Juan susurra todavía:

–               ¡No estoy dormido…!

¡Eh, Maestro!…

Lo único que pasa, es que así veo más estrellas y te veo mejor…

Y pasa a ver mejor a Jesús y al cielo estrellado…

Soñándolos profundamente dormido.

Jesús se sienta de nuevo en su verde asiento.

Apoya el codo derecho en la rodilla, con la mejilla en la palma de la mano y piensa…

Ora meditando…

Mirando el camino ya desierto.

Mientras a sus pies el Predilecto, doblado un brazo debajo le la cabeza;

duerme con la placidez de un niño…

Tiempo después…

–              Juan, ha llegado la aurora.

Levántate y vamos.

Dice Jesús, meneando suavemente al apóstol para que se despierte.

Abriendo los ojos con sorpresa,

Juan exclama:

–            ¡Maestro!

¡Ya ha salido el Sol!

¡Cuánto he dormido!

¿Y Tú?

–                Yo también lo hice a tu lado, debajo de nuestros mantos.

–                ¡Ah!

¡Te convenciste de que los campesinos no venían y te acostaste!

Lo había previsto…

Jesús sonríe y responde:

–             Han venido…

Cuando la posición de las estrellas de la Osa, anunciaban que empezaba el galicinio.

–             ¡No he oído nada!…

Juan está afligido.

–              ¿Por qué no me despertaste?

–              Estabas muy cansado.

Parecías un niño durmiendo en una cuna.

¿Para qué despertarte?

–               ¡Pues para hacerte compañía!

–               Me acompañaste con tu sueño sereno.

Te dormiste hablando de ángeles, estrellas, almas, luz…

Ciertamente seguiste viendo en el sueño ángeles y estrellas.

Y a tu Jesús…

¿Por qué traerte de nuevo a las maldades del mundo cuando estabas tan lejos de ellas?

–              ¿Y si…?

¿Si en vez de los campesinos hubieran subido aquí maleantes?

–               Entonces te habría llamado.

Pero ¿Quién iba a venir?

–             Pues…

No sé…

Yocaná por ejemplo…

Te odia…

–              Lo sé.

Pero han venido sólo sus siervos.

Nadie ha traicionado…

Porque tú sospechas también, que alguno haya hablado para perjudicarme a mí y a ellos.

Pero ninguno ha traicionado.

He hecho bien esperándolos aquí.

El nuevo administrador es digno de su jefe y ha recibido órdenes severísimas;

no falto a la caridad calificándolas de crueles.

Otro nombre sería falsedad…

Salieron en cuanto la noche se adensó,

rogando al Señor que les hiciera encontrarse conmigo.

Dios premia siempre la fe y consuela a sus hijos infelices.

Si no me hubieran encontrado, habrían estado aquí hasta los primeros albores:

Luego habrían regresado para que los vieran a la aurora en las tierras…

Así, los he visto y bendecido…

–               Y estás triste por haberlos visto tan oprimidos.

–               Es verdad.

Muchas tristezas…

Por eso que dices, por no haber tenido nada que dar a sus cuerpos extenuados…

Por el pensamiento de que no los volveré a ver…

–               ¿Se lo has dicho?

–               No.

¿Por qué poner un dolor, donde ya todo es dolor?

–               Los habría saludado yo también con gusto por última vez.

–               Para ti no es la última vez.

Es más, tú junto con los condiscípulos, te ocuparás mucho de ellos cuando Yo me haya marchado.

Os confío mis seguidores a todos vosotros.

Especialmente aquellos que son los más infelices…

Que tienen en la fe su único apoyo y en la esperanza del Cielo su única alegría.

–              ¡Oh, Maestro mío!

Digo también yo como tu hermano José:

Ve en paz, Maestro.

Yo, créeme, como sepa hacerlo, te continuaré.

–               Estoy seguro de ello.

Vamos…

El camino se anima de gente.

Las nubes se encabalgan en el cielo y la luz en vez de aumentar, disminuye.

Hoy va a llover y todos se apresuran para acabar la etapa.

Pero las nubes se han portado bien con nosotros.

La noche ha sido tibia y no ha habido lluvia, por nosotros que estábamos al raso.

El Padre siempre vela por sus hijos entrañablemente amados.

–               Entrañablemente amado Tú, Maestro. Yo…

–               Tú lo eres para Él, porque me amas…

–               ¡Oh, eso sí!

Hasta la muerte…

Y mezclados entre la gente, se alejan hacia el sur…

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