640 Pequeñeces


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

481 Llegada a Enganním. 

El tiempo ha mantenido exactamente sus promesas…

Y se ha resuelto en un agua fastidiosa, menuda, persistente.

Quien va en carro se defiende bien.

Pero quien va a pie o en burro se moja y siente la molestia,

sobre todo los que soportan no sólo el fastidio del agua, que les moja la cabeza y los hombros,

sino también el del fanguillo cada vez más suelto, que entra en las sandalias,

se pega en los tobillos y salpica los vestidos.

Los peregrinos se han puesto sobre la cabeza hechas dos dobleces, los mantos o mantas

y parecen todos frailes encapuchados.

Jesús y Juan a pie, están muy mojados.

Pero se preocupan más de proteger las sacas, donde están los vestidos de recambio, que de sí sismos.

Así llegan a Enganním.

Separándose para encontrarlos antes, se ponen a buscar a los apóstoles.

Es Juan el que primero encuentra a su hermano Santiago, que ha comprado las provisiones para el sábado.  

Santiago de Zebedeo,

dice:

–           Estábamos preocupados.

Y si no os hubiéramos visto, hubiéramos vuelto para atrás a pesar del sábado…

¿Dónde está el Maestro?

Juan responde:

–             Ha ido a buscaros.

Aquel al que encuentre antes irá donde el fabro.

–             Entonces…

Mira, nosotros estamos en aquella casa.

Vive una buena mujer con tres hijas.

Ve enseguida donde el Maestro y ven…

Santiago baja la voz…

Y mirando a su alrededor, bisbisea:

–            Hay muchos fariseos…

Seguro que con malas intenciones.

Nos preguntaron por qué no estaba con nosotros.

Querían saber si ha seguido adelante o si se ha quedado atrás.

Primero dijimos: «No sabemos».

No nos han creído.

Y es normal, porque…

¿Cómo podemos decir nosotros que no sabemos dónde está Él?

Entonces Judas Iscariote -él no tiene tantos escrúpulos- dijo:

«Ha ido por delante»

Y dado que no estaban convencidos y hacían preguntas sobre con quién, con qué…

Sobre cuándo se había marchado;

sobre si se sabía que el otro viernes estaba en la zona de Yiscala, pues dijo:

«En Ptolemaida subió a una nave; por tanto, nos ha precedido.

Bajará en Joppe y entrará en Jerusalén por la Puerta de Damasco;

para ir inmediatamente a la casa de Bezeta de José de Arimatea».

–           ¿Pero por qué tantas mentiras? – pregunta Juan escandalizado.

–           ¿Qué sé yo?

Se lo dijimos también nosotros.

Pero se rió y dijo «Ojo por ojo, diente por diente y mentira por mentira.

Basta con que el Maestro se encuentre a salvo.

Lo buscan para hacerle algún daño Lo sé».

Pedro le hizo la observación de que nombrar a José podía crearle a éste problemas.

Pero Judas respondió:

«Irán rápidamente all.

Y al ver el estupor de José, comprenderán que no era verdad».

«Te odiarán, entonces, por haberte burlado de ellos…» objetamos.

Pero él, riéndose, dijo:

«¡Me río yo de su odio!

Sé cómo mantenerle inocuo…»

Pero, ve, Juan.

Trata de encontrar al Maestro y vuelve con Él.

El agua nos viene bien.

Los fariseos están en las casas para no mojarse sus amplísimos ropajes…

Juan da a su hermano la saca y hace ademán de marcharse veloz.

Pero Santiago lo retiene para decirle:

«Y no refieras al Maestro las mentiras de Judas.

Aunque hayan sido dichas con buena finalidad, no dejan de ser mentiras.

Y el Maestro odia la mentira…

–              No se lo diré.

Juan se marcha raudo.

Santiago ha atinado en lo que ha dicho:

Los ricos están ya en las casas.

Por las calles circula en busca de un alojamiento, solamente la gente modesta…

Jesús está debajo de un atrio, junto al taller del herrador.

Juan llega hasta Él y le dice:

–             Ven enseguida.

Los he encontrado.

Podremos vestirnos con ropa seca.

No dice ninguna otra cosa para explicar su prisa.

Pronto llegan a la casa.

Entran por la puerta que han dejado entornada.

Allí, inmediatamente detrás, están los once apóstoles.

Ellos se arremolinan en torno a Jesús, como si no lo vieran desde muchos meses atrás.

La dueña de la casa, una mujercita ajada, carniseca;

echa alguna ojeada desde detrás de una puerta entornada. 

Jesús con una sonrisa, los saluda diciendo:

–              La paz a vosotros.

Los abraza sin diferencias en el afecto.

Todos hablan al mismo tiempo, queriendo decir muchas cosas.

Pero Pedro grita:

–           ¡Callaos!

Y no lo retengáis.

¿No veis lo mojado y cansado que está?

Volviéndose hacia el Maestro,

agrega:

–              He dicho que te preparen un baño caliente y…

Trae acá ese manto mojado…

Y también que te calienten la ropa.

La he sacado de tu saca…

Luego se vuelve hacia el interior de la casa y grita:

–             ¡Eh! ¡Mujer!

El Huésped ha llegado.

Trae el agua, que de lo demás me preocupo yo.

Y la mujer, tímida como todos los que han sufrido y su cara dice que ha sufrido…

Cruza silenciosa el pasillo, seguida de tres jovencitas que la asemejan en la delgadez y en la expresión,

para ir a la cocina a tomar los calderos llenos de agua hirviendo.

–             Ven, Maestro.

Y también tú, Juan.

Estáis más fríos que un ahogado.

Pero he dicho que cocieran enebro con vinagre para meterlo en agua.

Es bueno.

Efectivamente, los calderos al pasar, han emanado olor de vinagre y otros aromas.

Jesús, al entrar en un cuartito donde hay dos anchos artesones,

(o sea, dos tinas de madera, quizás destinadas a las coladas),

mira a la mujer que sale con sus hijas y la saluda:

–              La paz a ti y a tus hijas.

Que el Señor te recompense.

Ella responde:

–             Gracias, Señor…

Y enseguida desaparece.

Pedro entra con Jesús y Juan.

Cierra la puerta y susurra:

–              Ten en cuenta que no sabe quién Eres…

Todos somos peregrinos y Tú eres un rabí;

nosotros, tus amigos.

Es verdad, en el fondo…

Es… ¡mmm!

¡Bueno!

Es una verdad, sólo que velada…

Hay demasiados fariseos y…

Demasiados interesados en Ti.

Hazte tu composición de lugar…

Después hablaremos.

Y se marcha; los dejándolos solos.

Regresa donde los compañeros, que están sentados en un cuartito.

Pedro les dice:

–            ¿Y ahora?

¿Qué le vamos a decir al Maestro?

Si decimos que hemos mentido, se va a apenar.

Pero…

No podemos no decírselo.  

Judas dice:

–             ¡No te sacrifiques, hombre!

Yo he mentido, yo se lo diré.

–              Y lo vas a poner más triste todavía.

¿No has visto lo afligido que está?

–              Lo he visto.

Pero es porque está muy cansado…

Además…

Sé también decir a los fariseos: «Os mentí».

Esto son pequeñeces.

Lo importante es que Él no deba sufrir.

Felipe observa:

–            Yo no diría nada.

A nadie.

Si se lo dices a Él, no vas a conseguir tenerlo oculto;

si a ellos, no vas a conseguir salvarlo de las insidias… 

Judas dice con seguridad:

–             Eso lo veremos.

Pasa poco tiempo y Jesús vuelve con la ropa seca, reconfortado por el baño.

Juan le sigue.

Hablan de todo lo que ha sucedido al grupo apostólico, al Maestro y a Juan.

Pero ninguno habla de los fariseos,

hasta que Judas dice:

–             Maestro, sé que los que te odian te buscan.

Y para salvarte, he esparcido la voz de que no vas a Jerusalén por los caminos normales,

sino por mar hasta Joppe…

Ellos se van a abalanzar hacia allá, ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Jesús inquiere:

–               ¿Pero por qué mentir?

–              ¿Y ellos por qué mienten?

–               Pero ellos son ellos.

Y tú no eres, no deberías ser como ellos…

Maestro, yo soy una cosa sólo:

soy uno que los conoce y que te quiere.

¿Quieres destruirte?

Yo estoy dispuesto a impedirlo.

Escúchame bien, y percibe mi corazón en mis palabras.

Tú mañana no sales de aquí…

–              Mañana es sábado…

–             De acuerdo.

Pero no sales de aquí.

Descansas…

–               Todo menos el pecado, Judas.

Ninguna consideración me hará aceptar faltar a la santificación del sábado.

–                Ellos…

–               Que hagan lo que quieran.

Yo no pecaré.

Si lo hiciera, además de mi pecado que pesaría sobre Mí,

pondría en sus manos un arma para destruirme.

¿No recuerdas que ya me llaman profanador del sábado?

Los demás dicen:

–               El Maestro tiene razón.

Judas concede:

–               De acuerdo…

Harás lo que quieras para el sábado.

Pero no por el camino.

No vayamos por el camino de todos, Maestro.

Escúchame.

Desoriéntalos…

Agitando sus cortos brazos, Pedro exclama:

–             ¡Pero bueno!

¡¿Qué es lo que sabes con precisión, tú que hablas?

¡Maestro, ordénale que hable!

Jesús dice:

–            Calma, Simón.

Si tu hermano ha venido a saber de la existencia de un peligro, quizás con peligro para sí mismo…

Y nos advierte de él, no debemos tratarlo como a un enemigo, sino agradecérselo.

Si él no puede decir todo, porque podría comprometer a terceras personas,

no suficientemente valientes como para tomar la iniciativa de hablar,

pero todavía suficientemente honestas como para no permitir un delito,

¿Por qué queréis forzarlo a hablar?

Dejadlo, pues, expresarse.

Aceptaré lo que de bueno haya en su proyecto y rechazaré lo que podría ser no bueno.

Habla, Judas.

–             Gracias, Maestro.

Sólo Tú me conoces verdaderamente como lo que soy.

Estaba diciendo que dentro de los confines de Samaria podríamos ir seguros.

Porque en Samaria manda Roma más que en Galilea y Judea.

Y ellos, los que te odian, no quieren problemas con Roma.

Pero -esto también para desorientar a los espías- lo que yo digo es que no sigamos el camino directo;

sino que, saliendo de aquí nos dirijamos a Dotán.

Y luego, sin llegar a Samaria, atravesar la región y pasar por Siquem;

siguiendo luego abajo hasta Efraím, hacia el Adomín y el Carit.

Y llegar por esa parte a Betania.

Los compañeros protestan:

–                Camino largo y difícil, especialmente si llueve.

–               ¡Peligrosa!

–               E-Adomín…

–               Parece que buscas el peligro…

No hay entusiasmo en los apóstoles.

Pero Jesús dice:

–                Judas tiene razón.

Iremos por este camino.

Después tendremos tiempo de descansar.

Tengo que hacer todavía otras cosas, antes de que la hora llegue y sea perfecta.

Y no debo neciamente ponerme en sus manos hasta que todo esté cumplido.

Pasaremos así, por casa de Lázaro, que está ciertamente muy enfermo y me espera…

Comed vosotros.

Yo me retiro.

Estoy cansado…  

Pedro pregunta:

–                ¿Pero ni siquiera un poco de comida?

¿No estarás enfermo, eh?

–               No, Simón.

Pero hace siete días que no toco una cama.

Adiós, La paz sea con vosotros…

Y se retira.

Jubiloso, Judas dice:

–            ¿Habéis visto?

Es humilde y justo.

Y no rechaza lo que siente que es bueno…

–               Sí… pero…

¿Tú crees que está contento?

¿Verdaderamente contento?

–               No lo creo…

Pero comprende que tengo razón…

–               Yo quisiera saber cómo te las has agenciado para saber tantas cosas.

¡Y habiendo estado siempre con nosotros!…

–                Sí, estando con vosotros.

Y vosotros me vigiláis como a un animal peligroso.

Ya lo sé.

Pero no importa.

Recordad esto:

Un mendigo e incluso un bandolero, pueden servir para saber…

También una mujer.

Hablé con un mendigo y lo favorecí.

Con un bandolero y descubrí…

Con una… mujer y…

¡Cuántas cosas puede saber una mujer!

Los apóstoles se miran estupefactos.

Con las miradas se preguntan: ¿Cuándo?

¿Dónde ha sabido y entablado relación Judas?…

El se ríe y dice:

–                ¡Y con un soldado!

Sí.

Porque la mujer había dicho tantas cosas que me mandó a un soldado.

Tuve la confirmación.

Y yo también dije…

Todo es lícito cuando es necesario.

¡Incluso las cortesanas y los soldados!

Bartolomé dice:

–             ¡Eres… tú eres…!

Y frena lo que iba a decir.

–            Sí.

Soy yo.

Nada más que yo.

Para vosotros un pecador.

Pero yo con mis pecados, sirvo mejor al Maestro que vosotros.

Y además…

Si una cortesana sabe lo que quieren hacer los enemigos de Jesús…

Señal es que ellos también van con las cortesanas y las tienen consigo:

a bailarinas y mimos, para divertirse…

Y si ellos tienen cerca a estas mujeres…

También yo me acerco…

Me ha servido, ¿Veis?

Tened en cuenta que en los confines de Judea, Él podía haber sido atrapado.

Aceptad que he sido sabio por haberlo evitado…

Todos están pensativos y comen su comida sin ganas.

Luego Bartolomé se levanta.

–               ¿A dónde vas?

–               Voy donde Él…

No estoy convencido de que esté durmiendo.

Voy a llevarle leche caliente…

Y veo.

Sale.

Está fuera un rato.

Vuelve.

Explicando:

–             Estaba sentado en la cama…

Y lloraba…

Tú, Judas, lo has apenado.

Yo lo pensaba.

–             ¿Lo ha dicho Él?

Voy a dar explicaciones.

–               No.

No lo ha dicho.

Es más, ha dicho que tú también tienes tus méritos.

Pero yo lo he comprendido.

Y no vayas.

Déjalo en paz.

Judas se rebela:

–                Sois todos unos necios.

Sufre porque se ve perseguido, impedido en su misión.

Eso es.

Y Juan confirma:

–               Es verdad.

Ha llorado también antes de reunirse con vosotros.

Sufre mucho.

Por su Madre también.

Y por sus hermanos, por los campesinos infelices.

¡Mucho dolor!…

–              Cuenta, cuenta…

–               Dejar a su Madre es dolor.

Ver que no lo comprenden, que nadie lo comprende, es dolor.

Ver que los siervos de Yocaná…  

Pedro agrega:

–              ¡Sí, sí!

¡Verlos a ellos es verdaderamente un dolor!…

Me alegro de que Margziam no los haya visto.

Habría sufrido y odiado al fariseo… 

Con severidad Tadeo pregunta:

–               ¿Acaso mis hermanos han hecho sufrir otra vez a Jesús?

Juan responde:

–              ¡No!

Es más, se vieron y hablaron con amor y se dejaron pacíficamente, con buenas promesas.

Pero Él querría que vinieran…

Con nosotros…

Y más que todos nosotros…

Querría vernos a todos convencidos de su Reino y de la naturaleza de su Reino.

Y nosotros…

Juan no dice nada más…

El silencio desciende sobre el cuarto alumbrado por una lámpara de dos boquillas,

que ilumina doce rostros distintamente pensativos.

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