646 Una Gratitud Inoportuna


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

483b Los diez leprosos curados en Samaria.

Judas Tadeo de Alfeo dice:

–              Si…

Tenemos un dolor…

Es el que no todos nosotros los de la parentela, lo amamos en espíritu.

Y sólo con el espíritu.

Pero NO somos los únicos en Israel que lo aman mal…

Judas de Keriot lo mira.

Y quizás hablaría.

Pero le distraen unos gritos que llegan hasta ellos…

Desde un cerro que se levanta por encima del poblado que están orillando…

Buscando el camino para entrar en él,

se escucha fuerte como el sonido de una campana:

–              ¡Jesús!

–              ¡Rabí Jesús!

–              ¡Hijo de David y Señor nuestro, ten piedad de nosotros!

Los apóstoles dicen:

–           ¡Leprosos!

–           Vámonos, Maestro.

–           Si no…

Va a venir el pueblo y nos van a retener en sus casas.

Pero los leprosos tienen la ventaja de estar más adelante que ellos.

Arriba en el camino, al menos a unos quinientos metros del pueblo;

bajan cojeando por el camino.

Y corren hacia Jesús repitiendo su grito.

Algunos apóstoles dicen:

–             Entremos en el pueblo, Maestro.

–             Ellos NO pueden hacerlo.

Pero otros rebaten:

–              Ya algunas mujeres se han asomado a mirar.

–              Si entramos nos libraremos de los leprosos.

–              Pero NO de ser reconocidos y retenidos.

Y mientras titubean sobre la postura a tomar…

Los leprosos se van acercando a Jesús.

Quien, NO haciendo caso de los «peros y de los si, de sus apóstoles»

Ha proseguido por su camino.

Los apóstoles se resignan a seguirle.

Mientras mujeres con los niños agarrados a las faldas…

Y algún hombre viejo que se ha quedado en el pueblo;

vienen a ver.

Dejando una prudente distancia entre ellos y los leprosos.

Los cuales se detienen a algunos metros de Jesús…

Suplicando una vez más:

–               ¡Jesús, ten piedad de nosotros!

Jesús los contempla un instante.

Luego, sin arrimarse a este grupo de dolor;

pregunta:

–              ¿Sois de este pueblo?

Ellos le responden:

–              No, Maestro.

Somos de diversos lugares.

–              Pero este monte donde estamos, por la otra parte;

mira al camino que va a Jericó.

–              Y es bueno para nosotros ese lugar…

–              Id entonces al pueblo cercano a vuestro monte y mostraos a los sacerdotes.

Jesús reanuda la marcha.

Apartándose hacia el borde del camino, para no rozar a los leprosos;

Jesús siempre respetó, los límites impuestos por los hombres; 

en sus leyes y decretos…

Los cuales, sin otra cosa que una mirada de esperanza en los pobres ojos enfermos;

lo miran mientras se acerca.

Jesús llegando a su altura, levanta la mano para bendecir.

La gente del pueblo desilusionada, regresa a las casas…

Los leprosos ganan de nuevo el monte…

Para ir hacia su gruta o hacia el camino de Jericó.

Los apóstoles dicen:

–             Has hecho bien no curándolos.

–             Los del pueblo, ya no nos habrían dejado marcharnos…

–             Sí.

Todo ha estado muy bién.

–              Y sería necesario llegar a Efraím antes de la noche.

Jesús camina…

Y CALLA.

El pueblo ya está escondido a la vista, por las curvas del camino que es muy sinuoso;

porque sigue los caprichos del monte en cuyo pie está hendido.

Pero una voz los alcanza:

–                 ¡Alabado sea el Dios Altísimo y su verdadero Mesías!

¡En Él, todo poder;

toda sabiduría y piedad!

¡Alabado sea el Dios Altísimo, que en Él nos ha concedido la paz!

¡Alabadlo todos vosotros…

Hombres de las ciudades de Judea y Samaria, de Galilea y Transjordania!

¡Hasta las nieves del altísimo Hermón, hasta los resecos pedregales de Idumea!

¡Hasta las arenas bañadas por las olas del Mar Grande…!

Cántese con poderosa voz la alabanza al Altísimo y a su Cristo!

¡Se ha cumplido la profecía de Balaam!

¡La Estrella de Jacob resplandece en el cielo rehecho,

de la patria que el verdadero Pastor ha vuelto a unir!

¡Se han cumplido también las promesas hechas a los patriarcas!

¡Oíd la palabra de Elías, que nos amó…

Oídla, pueblos de Palestina!

¡Y comprendedla!

¡Ya no se debe cojear de las dos partes, sino que se debe elegir por luz de espíritu.

Y si el espíritu es recto elegirá bien!

¡Éste es el Señor!

¡Seguidle!

¡Ah!

¡Que hasta ahora hemos sido castigados, porque NO nos hemos esforzado en comprender!

El hombre de Dios maldijo el falso altar profetizando:

«Sí.

Nacerá de la casa de David un hijo llamado Josías,

que sacrificará en el altar y quemará huesos de Adán.

El altar entonces se romperá y se hundirá en las entrañas de la Tierra,

Las cenizas de la inmolación se esparcirán a septentrión y a mediodía, hacia oriente.

Hacia donde el Sol de pone».

No queráis hacer como el necio Ocozías,

que mandaba a consultar al dios de Ecrón cuando el Altísimo estaba en Israel.

No queráis ser inferiores a la burra de Balaam,…

La cual, por su reverencia al espíritu de Luz;

mientras que habría caído muerto el profeta que no veía, habría merecido la vida.

¡He aquí la Luz, que pasa entre nosotros!

¡Abrid los ojos, ciegos de espíritu, y ved!

Y uno de los leprosos los sigue, cada vez más cerca…

Incluso en el camino de primer orden en que ya están,

señalando a Jesús a los peregrinos.

Los apóstoles desazonados, se vuelven dos o tres veces;

intimando al leproso perfectamente curado, a callarse.

Y la última vez casi lo amenazan.

Pero él, dejando por un momento de levantar así la voz para hablar a todos,

responde:

–              ¿Y qué queréis?

¿Que no glorifique las grandes cosas que Dios me ha hecho?

¿Queréis que no lo bendiga?

Los apóstoles responden inquietos:

–              Bendícelo en tu corazón y calla.

–              No.

No puedo callar.

Dios pone las palabras en mi boca…

Y otra vez con voz fuerte:

–              ¡Gentes de los dos lugares de frontera, gentes que pasáis fortuitamente,

deteneos a adorar a Aquel que reinará en el nombre del Señor!

Yo rechazaba muchas palabras.

Pero ahora las repito porque las veo cumplidas.

Y todas las gentes se ponen en movimiento y vienen exultantes hacia el Señor por las vías del mar;

de los desiertos, por las colinas y los montes.

Y también nosotros, pueblo que hemos caminado en las tinieblas,

iremos hacia la gran Luz que ha surgido, hacia la Vida;

saliendo de la región de la muerte.

Lobos, leopardos y leones como éramos,

renaceremos en el Espíritu del Señor y nos amaremos en Él,

a la sombra del Retoño de Jesé que ya es cedro,

bajo el cual acampan las naciones por Él recogidas desde los cuatro puntos de la Tierra.

He aquí que llega el día en que los celos de Efraím tendrán fin,

porque ya no existen Israel y Judá, sino un solo Reino:

el del Cristo del Señor.

¡Oíd!

Yo canto las alabanzas del Señor, que me ha salvado y consolado.

Oíd, yo digo: alabadlo y venid a beber la salvación a la fuente del Salvador.

¡Hosanna!

¡Hosanna a las grandes cosas que Él hace!

¡Hosanna al Altísimo que ha puesto en medio de los hombres,

a su Espíritu revistiéndolo de Carne,

para que fuera el Redentor!

¡Es inagotable!

La gente aumenta, se agolpa, ocupa el camino.

Quien estaba atrás se acerca…

Quien estaba delante regresa.

Los habitantes de un pequeño pueblo -en cuyos aledaños están ya- se unen a los viandantes.

Inquietos, los apóstoles dicen:

–              Mándale que se calle, Señor.

–               Es el samaritano.

–               Esto dice la gente.

–               ¡No debe hablar de Ti!

–                ¡Si ya no permites siquiera, que nosotros te precedamos predicándote!

Jesús responde:

–             Amigos míos, repito las palabras de Moisés a Josué, hijo de Nun,

que se quejaba porque Eldad y Medad profetizaban en el campamento:

«¿Estás celoso por Mí, en vez de Mí?

¡Ojalá profetizara así todo el pueblo y el Señor diera a todos su Espíritu!»

De todas formas, me detengo y lo despido para complaceros.

Jesús se detiene.

Se vuelve y llama al leproso curado.

El cual se acerca presuroso, se postra ante Jesús y besa la tierra.

Jesús pregunta:

–                Levántate.

¿Dónde están los otros?

¿No erais diez?

–                Los otros nueve no han sentido la necesidad de dar gracias al Señor.

–                ¿Entonces?

¿De diez leprosos, de los cuales sólo uno era samaritano…

No se ha encontrado ninguno, aparte de este extranjero;

que sintiera el deber de regresar para dar gloria a Dios?

¿Antes de restituirse a sí mismo, a la vida y a la familia?

Y se le conoce como «samaritano»

¿Ya no están ebrios los samaritanos, puesto que ven sin equivocaciones

y acuden al camino de la Salvación sin paso vacilante?

¿Es que habla la Palabra un lenguaje extranjero;

pues lo entienden los extranjeros y NO los de su pueblo?

Jesús extiende la mirada de sus espléndidos ojos sobre la multitud que se encuentra allí,

procedente de todas partes de la Palestina.

Y esos ojos con su centelleo, SON irresistibles…

Muchos agachan la cabeza y azuzan a las cabalgaduras.

Luego se echan a caminar y se alejan…

Jesús baja los ojos hacia el samaritano que está arrodillado a sus pies.

La mirada se hace dulcísima.

Levanta la mano -la tenía relajada- haciendo un gesto de bendición,

y dice:

–             Levántate y márchate.

Tu Fe ha salvado en ti, más que tu carne.

Camina en la Luz de Dios.

Ve.

El hombre besa nuevamente la tierra.

Y antes de levantarse, pide:

–              Un nombre, Señor.

Un nombre nuevo, porque todo es nuevo en mí, para siempre.

–             ¿En qué tierra nos encontramos?

–              En la de Efraím.

–              Pues llámate Efrén de ahora en adelante;

porque dos veces, la Vida te ha dado vida.

(Efrén significa “doble fruto”)

Ve.

El hombre se pone de pie y se marcha.

La gente del lugar y algún peregrino quisieran retener a Jesús.

Pero Él subyuga con su mirada que no es severa, antes al contrario, es muy dulce al mirarlos.

Pero despide un Gran Poder, tan majestuoso….

Que ninguno hace un gesto para retenerlo.

Jesús deja el camino sin entrar en el poblado.

Cruza un campo, luego un regato y un sendero.

Sube al cerro oriental, todo lleno de bosques, donde se adentra con los suyos.

Dice:

–               Para no extraviarnos, seguiremos el camino…

Pero por el bosque.

Después de aquella curva, el camino se pega a este monte.

Encontraremos alguna gruta para dormir y al alba rebasaremos Efraím…

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