647 Escapatoria Frustrada


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

484 Alto obligado en las cercanías de Efraím 

Y Jesús cree efectivamente, que con las primeras luces del alba podrá rebasar Efraím,

sin que nadie lo vea en la ciudad todavía silenciosa y con las calles desiertas.

Por prudencia orilla la ciudad sin entrar en ella, a pesar de que la hora sea más que matutina.

Pero cuando de la callecita que han recorrido, a espaldas del pueblo,

salen al camino de primer orden, se encuentran en frente a todo el pueblo reunido.

Y junto con los pobladores, a otros que han venido de los otros lugares ya rebasados.

Siendo éstos últimos, los que señalan a los de Efraím al Señor en cuanto lo ven aparecer.

Por suerte, faltan totalmente fariseos, escribas y otros semejantes.

Los notables, por voluntad de la gente de Efraím, se adelantan.

Uno de ellos, después de un solemne saludo,

dice por todos:

–             Hemos sabido que estabas entre nosotros…

Y que no te habías desdeñado de compadecerte de ninguno.

Sabíamos ya que habías sido compasivo con los de Siquem.

Y hemos deseado tu Presencia.

Ahora Aquel que ve los pensamientos de los hombres te ha guiado a nosotros.

Quédate y habla, porque también nosotros somos hijos de Abraham.

Jesús responde:

–             No me es dado quedarme…

–             ¡Oh, sabemos que te buscan!

Pero no por aquí.

Esta ciudad está en el límite del desierto y de las Montañas de la sangre.

Ellos no pasan con gusto por aquí.

Y esta vez además,

después de los primeros no hemos vuelto a ver a ninguno.

–             No puedo quedarme…

–             Te espera el Templo.

Lo sabemos.

Pero, créenos.

Nos consideráis gente proscrita porque no inclinamos la frente ante los pontífices de Israel.

¿Pero es que el pontífice es Dios?

Estamos lejos, pero no tanto como para no saber que vuestros sacerdotes

no son menos indignos que los nuestros.

Y nosotros pensamos que Dios no puede ya estar con ellos.

No.

Tras la nube del incienso ya no se cela el Altísimo.

Podrían dejar de quemarlo.

Y podrían entrar en el Santo de los Santos sin miedo a quedar reducidos a cenizas,

por el fulgor de Dios asentado en su gloria.

Nosotros adoramos a Dios, sintiéndolo fuera de las piedras deshabitadas de los templos vacíos.

Y para nosotros no está más vacío nuestro templo que el vuestro,

si queréis acusarnos de tener un templo ídolo.

Como ves, somos ecuánimes.

Escúchanos, pues.

Adquiere un tono solemne,

agregando:

–            Mejor sería que te quedaras a adorar al Padre entre aquellos que al menos,

reconocen que tienen un espíritu de religión vacío de verdad como los demás,

que no quieren reconocer esto y nos ofenden.

Solos, evitados como leprosos, sin profetas, sin doctores;

nosotros hemos sabido al menos, estar unidos sintiéndonos hermanos.

Y nuestra ley es no traicionar.

Porque está escrito (Éxodo 22, 20; 23, 2-3; Deuteronomio 16, 19; 28, 14; 27, 24-25):

«No sigas a la turba para hacer el mal;

en el juicio no te apartes de la verdad por adecuarte al parecer de la mayoría».

Está escrito: «No quites la vida al inocente y al justo, porque yo aborrezco al impío.

No aceptes dones, que ciegan incluso a los sabios y subvierten las palabras de los justos.

No hostigues al extranjero;

porque vosotros sabéis lo que quiere decir ser extranjeros en la tierra de otros».

Y en las bendiciones dichas precisamente en el Garizim, el monte amado del Señor,

que si lo eligió como monte de bendición,

se promete toda bendición a quien se atiene a la verdadera Ley que está en el Pentateuco.

Ahora bien, si rechazamos como ídolos las palabras de los hombres, pero conservamos las de Dios,

¿Podemos, acaso, ser llamados idólatras?

La maldición de Dios cae sobre el que ataca escondidamente a su prójimo

y acepta dones para condenar a muerte a un inocente.

Nosotros no queremos ser maldecidos por Dios por nuestras acciones.

Porque por ser samaritanos no seremos maldecidos,

siendo Dios el Justo que premia el bien donde se halla.

Ésta es nuestra confianza en el Señor.

Se recoge un instante,

luego continúa:

–               Por todo esto, te decimos:

Sería mejor para Ti quedarte con nosotros.

El Templo te odia y te busca para causarte dolor.

Y no sólo eso.

Siempre estarás demasiado con aquellos que te rechazan como a un oprobio.

No de los judíos te vendrá el amor.

–             No puedo quedarme.

Pero recordaré vuestras palabras.

Entretanto, os digo que perseveréis en la observancia de las leyes de justicia que habéis recordado

y que brotan del precepto del amor al prójimo:

el precepto que con el del amor a Dios,

forma el Mandamiento Principal de la Religión antigua y de la mía.

Para el que vive como justo no está lejos el camino del Cielo.

A los que están en el sendero cercano, separados ya sólo por puntillo, más que por una convicción,

un solo paso los llevará al camino del Reino de Dios.

–             ¡Tu Reino!

–             El mío.

Pero no el Reino como lo imaginan los hombres…

Reino de poder temporal, justo y a lo mejor, violento para ser poderoso,

sino el Reino que empieza dentro del corazón de los hombres,

a quienes el Rey espiritual da un código espiritual y dará un premio espiritual.

Dará el Reino.

Este Reino que no estará habitado exclusivamente por judíos, galileos o samaritanos;

sino por todos aquellos que en la Tierra tuvieron una única fe:

la mía.

Y en el Cielo llevarán un único nombre:

santos.

Las razas…

Y las divisiones entre raza y raza, se quedan en la Tierra, limitadas a ella.

En mi Reino no habrá razas distintas,

sino únicamente la de los hijos de Dios.

Los hijos de Uno Solo pueden ser sólo de una única estirpe.

Ahora dejadme continuar.

Todavía es largo el camino que debo recorrer antes de que llegue la noche.

–            ¿Vas a Jerusalén?

–            A Ensemes.

–            Entonces te vamos a indicar un camino que sólo nosotros conocemos,

para ir al vado sin sufrir demora ni hostilidad.

No llevas cargas ni carros, así que puedes ir por él.

Para nona estarás en el lugar.

Y conocer ese sendero será bueno para Ti.

Pero descansa entre nosotros una hora, aceptando el pan y la sal.

Y danos a cambio tu palabra.

–              Hágase como queréis.

Pero vamos a quedarnos aquí donde estamos.

El día está muy plácido y este lugar es muy hermoso.

En efecto, están en una depresión cubierta de árboles frutales.

Por su centro fluye un pequeño torrente alimentado por las primeras lluvias,

que corre hacia el Jordán, cantarín y luciente bajo el sol;

bajando por entre piedras grandes que lo fragmentan en espumas nacaradas.

En las dos orillas, los arbustos, que han resistido el verano,

parecen gozar del agua rota en espuma y diminutamente polvorizada.

Brillando intensa, dulcemente trémulos por un viento templado con sabor a manzanas maduras

y a mostos en fermentación.

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