Archivos diarios: 11/11/22

650 Dos Oasis de Paz


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

485a Jesús llega con los apóstoles a Betania

Jesús está con las hermanas de Lázaro, en el quiosko de los jazmines, de la residencia de Bethania.

María Magdalena dice:

–             Nosotras…

Nosotras que sabemos muchas cosas,

que no se las decimos a Lázaro para no causarle dolor,

teníamos menos esperanza…

Porque pensábamos que no venías para escabullirte de los que te buscan…

Martha sí pensaba mucho esto.

Yo menos, porque… yo, si estuviera en tu lugar, desafiaría a los enemigos.

Yo no soy de esas que tienen miedo de los hombres.

Y ahora ya no tengo miedo tampoco de Dios.

Sé cuán bueno es para con las almas arrepentidas…

Termina María mirándolo con su mirada llena de amor.

Jesús pregunta:

–                ¿De nada tienes miedo, María?

–               Del pecado…

Y de mí misma…

Tengo siempre miedo de volver a caer en el mal.

Creo que Satanás me debe odiar mucho.

–               Tienes razón.

Eres una de las almas más odiadas por Satanás.

Pero eres también una de las más amadas por Dios.

Recuerda esto.

–               ¡Lo recuerdo!

¡Es mi fuerza este recuerdo!

Recuerdo lo que dijiste en casa de Simón.

Dijiste:

«Mucho se le perdona porque mucho ha amado»

Y a mí:

«Te son perdonados los pecados.

Tu fe te ha salvado.

Ve en paz».

Dijiste «los pecados».

No muchos.

TODOS.

Y entonces pienso Dios mío, en tu amor a mí, sin medida.

Pues bien, si mi pobre fe de entonces,

como la que podía haber nacido en un alma gravada de culpas, obtuvo tanto de Ti,

¿Mi Fe de ahora no podrá defenderme del Mal?

–               Sí, María.

Vela por ti misma y vigílate.

Es humildad y prudencia.

Pero ten fe en el Señor.

Él está contigo.

Entran en casa.

Marta va a ver a su hermano.

María quisiera servir a Jesús.

Pero Jesús quiere antes ir donde Lázaro.

Y entran en la habitación en penumbra en que se consuma el sacrificio.

Lázaro al verlo, exclama:

–                ¡Maestro!

–                ¡Amigo mío!

Los brazos esqueletados de Lázaro se extienden hacia arriba;

los de Jesús, hacia abajo para abrazar el cuerpo del amigo que languidece:

Se funden en un largo abrazo.

Luego Jesús coloca de nuevo al enfermo sobre las almohadas y lo contempla con piedad.

Pero Lázaro sonríe.

Está feliz.

En su rostro deshecho por el dolor,

sólo resplandecen vivaces los ojos hundidos,

iluminados con la alegría de tener allí a Jesús.

El Maestro le dice amorosamente:

–               ¿Lo ves?

He venido.

Y para estar mucho contigo.

Lázaro exclama:

–                ¡No puedes, Señor!

A mí no me dicen todo.

Pero sé lo suficiente, como para decirte que no puedes.

Al dolor que te causan, añaden el mío;

mi parte, no concediéndome expirar entre tus brazos.

Pero yo que te quiero, no puedo por egoísmo tenerte a mi lado, en el peligro.

Tú…

Ya he dado disposiciones…

Debes cambiar siempre de lugar.

Todas mis casas están abiertas para Ti.

Los custodios han recibido órdenes, como también los encargados de mis campos.

Pero no vayas al Getsemaní para estar allí un tiempo.

Está muy vigilado.

Me refiero a la casa.

Porque a los olivos, especialmente a los de arriba, puedes ir.

Y por muchos caminos, sin que lo sepan.

¿Sabes que Margziam está ya aquí`?

Algunos le hicieron preguntas mientras estaba en la almazara con Marcos.

Querían saber dónde estabas y si venías.

El muchacho respondió muy bien:

«Es israelita y vendrá. Por dónde, no lo sé, porque lo dejé en el Merón»

Así ha impedido que te tachasen de pecador y no ha mentido.

–             Te lo agradezco, Lázaro.

Seguiré tu consejo.

Pero de todas formas, nos veremos con frecuencia.

Lo sigue contemplando.

–                  ¿Me miras, Maestro?

¿Ves cómo me he quedado?

Como un árbol que se despoja de hojas en otoño yo, cada hora que pasa,

me despojo de carne,

de fuerza y de horas de vida.

Pero digo la verdad diciendo que, si siento el no vivir lo suficiente para ver tu triunfo,

exulto por marcharme para no ver -impotente como soy para frenarlo-

el odio que aumenta en torno a Ti.

–                 No eres impotente; nunca lo eres.

Eres providente para con tu amigo aun antes de que Él llegue.

Tengo dos casas de paz.

Y podría decir: igualmente queridas: la de Nazaret y ésta.

Si allí está mi Madre, el amor celeste casi cuanto el Cielo por el Hijo de Dios,

aquí tengo el amor de los hombres por el Hijo del hombre.

El amor amigo, creyente, venerante…

¡Gracias, amigos míos!

–               ¿Es que tu Madre no va a venir?

–               Al principio de la primavera.

–               ¡Oh, entonces yo ya no la volveré a ver!…

–               No.

la verás.

Yo te lo digo.

Me debes creer.

–               En todo, Señor.

Hasta en las cosas desmentidas por los hechos.

–               ¿Margziam dónde está?

–                En Jerusalén con los discípulos.

Pero viene aquí al atardecer.

Dentro de poco.

¿Y tus apóstoles?

¿No están contigo?

–               Están allá, con Maximino.

Que está atendiendo su cansancio y extenuación.

–              ¿Habéis caminado mucho?

–                Mucho.

Sin tregua.

Ya te contaré…

Ahora descansa.

Entretanto, te bendigo.

Y Jesús lo bendice y se retira.