656 La Estirpe de Dios


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

487 En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos. 

El Templo está aún más lleno de gente que el día anterior.

Y entre el gentío que llena el primer patio y en él hormiguea,

es notorio la gran cantidad de gentiles, muchos más que ayer.

Todos esperan con gran interés, tanto los israelitas como los gentiles.

Y hablan gentiles con gentiles y hebreos con hebreos;

formando corrillos esparcidos acá o allá, sin perder de vista las puertas.

Los doctores debajo de los pórticos,

se esfuerzan en alzar la voz como reclamo y para hacer alarde de elocuencia.

Pero la gente está distraída y predican a pocos alumnos.

También está Gamaliel.

Muy imponente en su sitio.

Pero no habla.

Pasea atrás y adelante sobre su suntuosa alfombra, con los brazos cruzados;

la cabeza baja, meditando.

La larga túnica y el manto aún más largo, porque que está suelto y pende sujeto a los hombros

por dos broches de plata, en forma de rosetones.

Formando por detrás una cola que él aparta con el pie, cuando vuelve sobre sus pasos.

Sus discípulos los más fieles, permanecen muy juntos al muro.

Lo miran en silencio, con temor reverencial…

Y respetan la meditación de su maestro.

Algunos fariseos y algunos sacerdotes dan muestra de tener muchas cosas que hacer…

Y van y vienen…

La gente, que comprende sus verdaderas intenciones, los señala…

Unos a otros se los señalan y algún comentario surge, como un cohete abrasador,

para abrasar su hipocresía.

Pero ellos fingen no oír.

Ven prudente mejor no reaccionar;

porque son pocos respecto a los muchos que no odian a Jesús.

Y que, por el contrario, los odian a ellos.

De repente se produce una alerta, un oleaje de murmullos que se repiten,

a lo largo de todos los pórticos y por todos los recintos del grandioso Templo de Jerusalén.

Los que están en el atrio de los gentiles,

lo gritan:

–              ¡Ahí está!

–              ¡Ahí está!

–              ¡Hoy viene por la puerta Dorada!

–              ¡Corramos!

–             Yo me quedo.

Vendrá aquí a hablar.

No pierdo el sitio.

–               Yo tampoco.

Además, los que se marchan dejan el sitio a los que nos quedamos.

–               Pero ¿Lo dejarán hablar?

–               ¡Si lo han dejado entrar! …

–               Sí, pero es distinto.

Como hijo de la Ley, no pueden impedirle entrar.

Pero como rabí pueden echarlo si quieren.

Un gentil dice:

–              ¡Cuántas distinciones!

Si lo dejan ir a hablar al Dios,

¿Por que no tienen que dejarlo hablar a hombres?

Otro gentil le responde:

–               Es verdad.

–               A nosotros, porque somos impuros, no nos dejáis ir allá;

pero venir aquí sí, esperando que nos hagamos circuncisos…

–               Calla, Quinto.

Por esto le dejan que nos hable a nosotros.

Esperando podarnos como si fuéramos árboles.

Pero no.

Nosotros venimos para poner sus ideas como ramas de injerto en nosotros, silvestres.

–               Así es.

¡Es el único que no nos desprecia!

–               ¡Respecto a esto!

Cuando vamos con una bolsa de monedas a comprar, no nos desprecian tampoco los otros.

En el grupo de romanos,

un patricio poderoso,

exclama:

–             ¡Mira!

Los gentiles nos hemos quedado como dueños y señores de este sitio.

¡Oiremos bien!

¡Y vamos a ver mejor!

Me gusta ver lar caras de sus enemigos.

¡Por Júpiter!

Es un verdadero combate de caras…

Otro romano le replica:

–              ¡Calla!

Que no te oigan nombrar a Júpiter.

Está prohibido aquí.

–               ¡Bueno, entre Júpiter y Yeohveh hay poca diferencia!

Y entre dioses no se ofenderán…

Yo he venido movido por un buen deseo de escuchar; no para burlarme.

¡Se habla mucho, por todas partes, de este Nazareno!

Me dije:

» En esta época hace bueno y voy a oírlo hablar»

Hay quien va más lejos para oír los oráculos…

–             ¿De dónde vienes?

–             De Perge.

¿Y tú?

–            De Tarso.

–           Yo soy casi hebreo.

Mi padre era un helenista de Iconio.

Pero se casó en Antioquía de Cilicia con una romana.

Y luego murió antes de que yo naciera.

Pero la progenie es hebrea.

–              Tarda en venir…

¿Será que lo han detenido?

–               No temas.

Nos lo dirían los gritos del gentío.

Estos hebreos chillan como urracas, siempre…

–              ¡Ahí está!

–              ¡Es Él!

–              ¿Va a venir justamente aquí?

–              ¿No ves que, arteramente, han ocupado todos los sitios menos este rincón?

–              ¿Oyes cuántas ranas croan fingiéndose maestros?

–              Pero aquel de allí está callado.

¿Es verdad que es el mayor doctor de Israel?

-Sí, pero…

¡Qué pedante!

Un día lo escuché y para digerir su ciencia,

tuve que beber muchas copas de falerno en casa de Tito, en Bezeta.

Se ríen.

Jesús se acerca lentamente.

Pasa por delante de Gamaliel, que ni siquiera levanta la cabeza…

Y va al sitio de ayer.

La gente, mezcla ahora de israelitas, prosélitos y gentiles,

comprende que va a empezar a hablar…

Y susurra:

–              Fijaos que habla públicamente y no le dicen nada.

–              Quizás los príncipes y los jefes han reconocido en Él al Cristo.

Ayer Gamaliel, cuando se marchó el Galileo, habló mucho con unos Ancianos.

–              ¡Pero es posible!

¿Cómo han hecho para reconocerlo de repente?

¿Si sólo un poco antes lo consideraban hombre merecedor de la muerte?

–               Quizás Gamaliel tenía pruebas…

Otro arremete:

–              ¿Y qué pruebas?

¿Qué pruebas queréis que tenga en favor de ese hombre?

–                Cállate, ventajista.

No eres más que el último de los escribanos.

¿Quién te ha preguntado?

Lo abuchean.

Él se marcha.

Pero en su lugar aparecen otros, que no pertenecen al Templo.

Sino -ciertamente- a los incrédulos judíos:

–             Nosotros tenemos las pruebas.

Nosotros sabemos de dónde es éste.

Pero cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es.

No sabremos su origen.

¡Pero de éste!

Es hijo de un carpintero de Nazaret.

Todo su pueblo puede traer aquí su testimonio,

contra nosotros si mentimos…

Entretanto, se oye la voz de un gentil,

que dice:

–              Maestro…

Háblanos un poco a nosotros hoy.

Nos ha sido dicho que afirmas que todos los hombres provienen de un solo Dios, el tuyo.

Tanto que los llamas hijos del Padre.

Algunos poetas nuestros estoicos tuvieron también una idea semejante a ésta.

Dijeron:

«Somos estirpe de Dios«.

Tus connacionales dicen que somos más impuros que animales.

¿Cómo concilias las dos tendencias?

Se plantea la cuestión según las costumbres de las disputas filosóficas.

Cuando Jesús está para responder,

aumenta de tono la disputa entre los judíos incrédulos y los creyentes.

Y una voz estridente repite:

–             ¡Es un simple hombre!

¡El Cristo no será eso!

¡Todo en Él tendrá carácter excepcional:

forma, naturaleza, origen!…

Jesús se vuelve en esa dirección…

Y dice fuerte:

–                ¿Entonces me conocéis y sabéis de dónde vengo?

¿Estáis bien seguros de ello?

¿Y lo poco que sabéis no os dice nada?

¿No os resulta confirmación de las profecías?

Pero no, vosotros no sabéis todo de Mí.

En verdad, en verdad os digo que Yo no he venido por Mí mismo,

ni tampoco de donde vosotros creéis que he venido.

Es la misma Verdad la que me ha enviado.

Y vosotros no la conocéis.

Prorrumpen los enemigos en un grito de enfado.

Interrumpiéndolo…

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