657 La Naturaleza del Cristo


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

487a En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos.

Jesús prosigue:

–                 La misma Verdad.

Vosotros no conocéis sus obras.

No conocéis sus caminos, los caminos por los que Yo he venido.

El odio no puede conocer los caminos ni las obras del Amor.

Las tinieblas no pueden aguantar la vista de la Luz.

Mas Yo conozco a Aquel, que me ha enviado, porque Yo soy suyo, parte suya y un Todo con El.

Y Él me ha enviado para que cumpla lo que su Pensamiento quiere.

Nace un tumulto.

Los enemigos se lanzan contra Él para ponerle las manos encima, para capturarlo y pegarle.

Apóstoles, discípulos, pueblo, gentiles, prosélitos reaccionan para defenderlo.

Acuden otros a ayudar a los primeros.

Y quizás hubieran logrado su objetivo…

Pero Gamaliel, que hasta ese momento parecía ajeno a todo, deja su alfombra…

Y va hacia Jesús.

Que ha sido apartado hacia el pórtico, por quienes lo quieren defender.

Y grita:

–               ¡Dejadlo!

Quiero oír lo que dice.

Más que el pelotón de legionarios que de la Antonia, acude para calmar el tumulto,

lo hace la voz de Gamaliel.

El tumulto cesa cual torbellino que se deshace.

Y el clamor se calma transformándose en rumor.

Los legionarios por prudencia, se quedan cerca del muro externo, pero ya sin función alguna.

Gamaliel a ordena a Jesús:

–             Habla.

Responde a los que te acusan.

El tono es imperioso, pero no burlón.

Jesús da unos pasos hacia delante, hacia el patio.

Tranquilo, reanuda el discurso.

Gamaliel permanece donde está.

Y sus discípulos se apresuran a llevarle alfombra y escabel, para que esté cómodo.

Pero él se queda de pie:

Con los brazos cruzados, la cabeza baja, los ojos cerrados;

concentrado en escuchar.

Jesús dice:

–              Me habéis acusado sin motivo;

como si hubiera blasfemado en lugar de decir la verdad.

Yo, no para defenderme,

sino para daros la luz con el fin de que podáis conocer la Verdad, hablo.

Y no hablo por Mí mismo,

sino que hablo recordando las palabras en que creéis y por las que juráis.

Ellas me dan testimonio.

Vosotros lo sé, no veis en mí sino a un hombre semejante a vosotros, inferior a vosotros.

Y os parece imposible que un hombre pueda ser el Mesías.

Como mínimo pensáis que tendría que ser un ángel este Mesías,

el cual debe tener un origen tan misterioso,

como para poder ser rey por la simple autoridad que el misterio de su origen suscita.

Pero, ¿Acaso alguna vez en la historia de nuestro pueblo,

en los libros que forman esta historia y que serán libros tan eternos cuanto el mundo,

porque a ellos los doctores de todas las naciones y de todos los tiempos irán a beber,

para corroborar su ciencia y sus investigaciones sobre el pasado, con las luces de la verdad.

Acaso alguna vez se dice en estos libros que Dios haya hablado a un ángel suyo

para decirle (Salmo 2, 7; 110, 1 y 4):

«Tú serás para mí, de ahora en adelante Hijo, porque Yo te he engendrado»?».

Entonces Gamaliel pide una tablilla y pergaminos,

se sienta y escribe…

Jesús continúa:

–            Los ángeles, criaturas espirituales siervas del Altísimo y mensajeras suyas,

han sido creados por Él como el hombre, como los animales, como todo lo que fue creado.

Pero no han sido engendrados por Él.

Porque Dios engendra únicamente a otro Sí mismo;

pues no puede el Perfecto engendrar sino a un Perfecto,

a otro Ser parejo a Sí mismo,

para no rebajar su perfección engendrando a una criatura inferior a Él.

Ahora bien, si Dios no puede engendrar a los ángeles:

Y ni siquiera elevarlos a la dignidad de hijos suyos.

(Dios no puede… ni siquiera elevarlos a la dignidad de hijos suyos:

Debe leerse a la luz de la frase:

Pero, si Dios no ha juzgado conveniente elevar al grado de Hijo a un ángel,

de unos renglones más abajo, donde se aduce un motivo de conveniencia,

no de imposibilidad divina)

¿Cómo será el Hijo al que dice:

«Tú eres mi Hijo. Hoy te he engendrado»?

¿Y de qué naturaleza será si engendrándolo y señalándoselo a sus ángeles,

dice: «Y le adoren todos los ángeles de Dios»?

¿Y cómo será este Hijo, para merecer oír que el Padre,

Aquel a cuya gracia se debe el que los hombres lo puedan nombrar

con el corazón anonadado en adoración,

le dice: «Siéntate a mi derecha hasta que haga de tus enemigos escabel para tus pies»?

Ese Hijo no podrá ser sino Dios como el Padre,

con quien comparte atributos y poderes.

Y con quien goza de la Caridad que los letifica en los inefables e incognoscibles amores,

de la Perfección hacia Sí misma.

Pero, si Dios no ha juzgado conveniente elevar al grado de Hijo a un ángel…

¿Habría podido decir de un hombre lo que al final de éste hará tres años,

dijo de quien aquí os habla en el vado de Betabara?

Y muchos de vosotros que os oponéis a Mí, estabais presentes cuando lo dijo.

Vosotros lo oísteis y temblasteis.

Porque la voz de Dios es inconfundible.

Y sin una especial gracia suya abate a quien la oye.

Estremeciendo su corazón.

¿Qué es entonces, el Hombre que os habla?

¿Es acaso, uno que ha nacido de principio y de voluntad de hombre, como todos vosotros?

¿Habría podido poner el Altísimo a su Espíritu a vivir en una carne carente de gracia,

como es la de los hombres nacidos por voluntad carnal?

¿Y podría el Altísimo, como satisfacción de la gran Culpa…

Aplacarse con el sacrificio de un hombre?

Pensad.

Él no designa a un ángel para ser Mesías y Redentor.

¿Podrá entonces, designar a un hombre para serlo?

¿Y podía el Redentor ser sólo Hijo del Padre, sin asumir naturaleza humana;

ser el Redentor con medios y poderes que superaran las humanas deducciones?

¿Y el Primogénito de Dios podía acaso tener padres, si es el Primogénito eterno?

¿No se os trastoca el soberbio pensamiento ante estos interrogantes,

que suben hacia los reinos de la Verdad,

acercándose cada vez más a ella…

Y que hallan respuesta sólo en un corazón humilde y lleno de fe?

¿Quién debe ser el Cristo?

¿Un ángel?

Más que un ángel.

¿Un hombre?

Más que un hombre.

¿Un Dios?

Sí, un Dios.

Pero con una carne unida a Él,

para que ésta pueda cumplir la expiación de la carne culpable.

Todas las cosas deben ser redimidas a través de la materia con que pecaron.

Dios por tanto, habría debido enviar a un ángel para expiar las culpas de los ángeles caídos.

Que expiara por Lucifer y sus seguidores angélicos.

Porque ya sabéis que Lucifer también pecó.

Pero Dios no envía a un espíritu angélico a redimir a los ángeles tenebrosos.

Ellos no han adorado al Hijo de Dios.

Y Dios no perdona el pecado contra su Verbo engendrado por su Amor.

Pero Dios ama al hombre y envía al Hombre, al único perfecto,

a redimir al hombre y a obtener paz con Dios.

Y es justo que sólo un Hombre-Dios pueda cumplir la redención del hombre y aplacar a Dios.

El Padre y el Hijo se han amado y se han comprendido.

Y el Padre ha dicho: «Quiero»

Y el Hijo ha dicho: «Quiero»

Y luego el Hijo ha dicho: «Dame».

Y el Padre ha dicho: «Toma»

Y el Verbo tuvo una carne, cuya formación es misteriosa.

Y esta carne se llamó Jesucristo, Mesías,

Aquel que debe redimir a los hombres, llevarlos al Reino,

vencer al demonio, quebrar las esclavitudes.

¡Vencer al demonio!

No podía un ángel, no puede cumplir lo que el Hijo del hombre puede.

Y por esto, Dios no llama a los ángeles a la gran obra, sino al Hombre.

Aquí tenéis al Hombre cuyo origen se os presenta incierto.

O es negado por vosotros u os pone pensativos.

Aquí tenéis al Hombre.

Al Hombre aceptable para Dios.

Al Hombre representante de todos sus hermanos.

Al Hombre que es como vosotros en la semejanza;

al Hombre superior y distinto de vosotros por la proveniencia;

el cual -que no por un hombre…

Sino por Dios ha sido engendrado y consagrado para su ministerio.

Está ante el excelso altar para ser Sacerdote y Víctima por los pecados del mundo.

Eterno y supremo Pontífice,

Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec.

¡No temáis!

No tiendo mis manos hacia la tiara pontifical.

Otra corona me espera.

¡No temáis!

No os voy a quitar el racional.

Otro está ya preparado para Mí.

Temed sólo, más bien, el que para vosotros no sirva el sacrificio del Hombre

y la misericordia del Cristo.

Os he amado tanto, tanto os amo,

que he obtenido del Padre mi anonadamiento.

Os he amado tanto, tanto os amo,

que he pedido asimilar todo el dolor del mundo, para daros la salud eterna.

¿Por qué no me queréis creer?

«Oh Jesús Sacerdote, guarda a tus sacerdotes en el recinto de tu Corazón Sacratísimo, donde nadie pueda hacerles daño alguno; guarda puros sus labios, diariamente enrojecidos por tu Preciosísima Sangre. Entregamos en tus divinas manos a TODOS tus sacerdotes. Tú los conoces. Defiéndelos, Ayúdalos y SOSTENLOS, para que el Maligno no pueda tocarlos. Amén

¿No podéis creer todavía?

¿No está escrito del Cristo:

«Tú eres Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec»?

¿Y cuándo comenzó el sacerdocio?

¿Quizás en tiempos de Abraham?

No.

Y vosotros lo sabéis.

El rey de justicia y de paz (Génesis 14, 18-20)

que viene a anunciarme, con figura profética, en la aurora de nuestro pueblo,

¿No os apercibe acerca de la existencia de un sacerdocio más perfecto,

que viene directamente de Dios?

Como Melquisedec, de quien nadie pudo jamás señalar sus orígenes y que es llamado

«el sacerdote»

Y sacerdote será para siempre.

¿No creéis ya en las palabras inspiradas?

Y si creéis…

¿Cómo es que vosotros, doctores,

no sabéis dar una explicación aceptable a las palabras que dicen y de mí hablan:

«Tú eres Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec»?

Hay pues otro sacerdocio, más allá, antes del de Aarón.

Y de éste está escrito «eres»; no, «fuiste»;

no, «serás».

Eres sacerdote para siempre.

He aquí pues,

que esta frase anticipa que el eterno Sacerdote no será de la estirpe conocida, de Aarón.

No será de ninguna estirpe sacerdotal.

No.

Será de proveniencia nueva, misteriosa, como Melquisedec.

Es de esta proveniencia.

Y si la Potencia de Dios lo manda,

señal es de que quiere renovar el Sacerdocio y el rito,

para que sea provechoso para la Humanidad.

¿Conocéis vosotros mi origen?

No.

¿Conocéis mis obras?

No.

¿Intuís sus frutos?

No.

Nada sabéis de Mí.

Podéis ver pues, que también en esto soy el «Cristo»,

cuyo origen, naturaleza y misión deben permanecer desconocidos

hasta que a Dios le plazca revelarlos a los hombres.

Bienaventurados los que sepan,

los que saben creer…

Antes de que la revelación tremenda de Dios los aplaste contra el suelo con su peso.

Y ahí los clave y triture bajo la fulgurante, poderosa verdad pronunciada:

como trueno desde los Cielos;

como grito desde la Tierra:

«Éste era el Cristo de Dios».

Vosotros decís:

«Es de Nazaret. Su padre era José. Su Madre es María».

No.

Yo no tengo padre que me haya engendrado hombre;

no tengo madre que me haya engendrado Dios.

Y no obstante, tengo una carne.

La he asumido por misteriosa obra del Espíritu.

He venido a vosotros pasando por un tabernáculo santo.

Y os salvaré después de haberme formado a Mí mismo por voluntad de Dios;

os salvaré haciendo salir a mi verdadero Yo mismo del tabernáculo de mi Cuerpo,

para consumar el gran Sacrificio de un Dios,

que se inmola por la salvación del hombre.

¡Padre!

¡Padre mío!

Te lo dije al principio de los días:

«Aquí estoy, para hacer tu voluntad».

Te lo dije en la hora de gracia antes de dejarte para revestirme de carne.

Y así padecer:

“Aquí estoy, para hacer tu voluntad»

Te lo digo una vez más para santificar a aquellos por quienes he venido:

“Aquí estoy, para hacer tu voluntad».

Y volveré a decírtelo, siempre te lo diré, hasta que tu voluntad sea cumplida…

Jesús baja los brazos.

Los tenía levantados hacia el cielo, orando.

Los recoge en su pecho y agacha la cabeza,

cierra los ojos y se sume en una oración secreta.

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