658 Controversia


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

488 En el Templo para 1a fiesta de los Tabernáculos. 

Sin preocuparse lo más mínimo de la malevolencia ajena;

Jesús vuelve al Templo el tercer día.

No debe haber dormido en Jerusalén, porque sus sandalias muestran abundante polvo del camino.

Quizás ha pasado la noche en las colinas que hay alrededor de la ciudad.

Y con El estuvieron sus primos Santiago y Judas, junto con el pastor José y Salomón.

Al pie de la muralla oriental del Templo…

Se encuentra con los otros apóstoles y discípulos.

Pedro le dice:

–               Han venido, ¿Sabes?

Tanto a nosotros como a los discípulos más conocidos.

¡Buena cosa ha sido que no estuvieras!

Simón Zelote agrega:

–                Siempre tenemos que hacerlo así.

Jesús concede:

–                Está bien.

Pero hablaremos de ello después.

Vamos.

Juan dice

–               Una gran turba te ha y nos ha, precedido exaltando tus milagros.

¡Cuántos se han persuadido y creen en Ti!

Tenían razón tus hermanos, en esto.

Felipe:

–              Han ido a buscarte incluso a casa de Analía, ¿Sabes?

El pastor Daniel:

–             Y al palacio de Juana.

Pero han encontrado sólo a Cusa…

¡Y con un humor!

Los ha echado como a perros, diciendo que en su casa no quiere espías…

Y que ya está aburrido de ellos.

Nos lo ha dicho Jonathán, que está aquí con su jefe

Pedro relata:

–                ¿Sabes?

Los escribas querían dispersar a los que te esperaban, convenciéndolos de que no eres el Cristo.

Pero ellos respondieron: «¿No es el Cristo?

Y entonces según vosotros, ¿Quién lo es?

¿Podrá acaso otro hombre,hacer los milagros que hace Él?

¿Acaso los han hecho los otros que se presentaban como el Cristo?

No, no.

Podrán surgir cien, mil impostores, a lo mejor incluso, creados por vosotros.

Que digan que son el Cristo.

Pero ninguno de los que puedan venir, hará jamás milagros como los que Él hace;

ni tantos como hace».

Y dado que los escribas y fariseos sostenían que los haces porque eres un Belcebú;

ellos respondieron:

“Entonces vosotros debíais hacer milagros estrepitosos,

porque está claro que sois unos Belcebúes respecto al Santo»»

Pedro se ríe.

Y se ríen todos recordando la salida de la gente y el escándalo de los escribas y fariseos,

que se habían marchado enojados.

Ya están dentro del Templo.

Enseguida los rodea una multitud, aún más numerosa de la de los días precedentes.

Los gentiles, saludan:

–               ¡Paz a ti, Señor!

–               La paz y la luz vengan a vosotros – responde Jesús con un único saludo.

Varios dicen:

–                Temíamos que te hubieran apresado,

–                O que no vinieras por prudencia o por desagrado.

–                 Y nos hubiéramos desparramado buscándote por todas partes.

Jesús sonríe levemente…

Y pregunta:

–                ¿Entonces no queréis perderMe?

–                Si te perdemos Maestro…

¿Quién nos va a dar las lecciones y gracias que Tú nos das?

–                Mis lecciones permanecerán en vosotros.

Las comprenderéis aún más, cuando Yo me haya ido…

Y no cesarán, a pesar de mi ausencia entre los hombres;

de descender las gracias a aquellos que oren con fe.  

Muchos protestan:

–            ¡Oh! ¡Maestro!

–             ¿Pero estás decidido a marcharte?

–             Di a dónde vas y nosotros te seguiremos.

–             ¡Tenemos mucha necesidad de Ti!

–             El Maestro lo dice para experimentar si lo amamos.

–            Pero…

¿A dónde pensáis que puede ir el Rabí de Israel…

Sino quedarse aquí, en Israel?

Jesús dice:

–              En verdad os digo que todavía un poco estaré con vosotros.

Que voy donde aquellos a quienes el Padre me ha enviado.

Después me buscaréis y no me encontraréis.

Y a donde Yo estoy, vosotros no podréis ir.

Pero ahora dejadme irme.

Hoy no voy a hablar aquí dentro.

Tengo unos pobres que me esperan en otro lugar y no pueden venir…

Porque están muy enfermos.

Después de la oración iré donde ellos.

Y con la ayuda de los discípulos se abre paso…

Para ir al patio de los Israelitas.

Los que se quedan se miran unos a otros.

Comentando:

–             ¿Y a dónde irá?

–             Sin duda, a casa de su amigo Lázaro.

Está muy enfermo.

–             Yo decía: dónde irá no hoy…

Sino cuando nos deje para siempre.

¿No habéis oído que ha dicho, que no podremos encontrarlo?

–            Quizá vaya a reunir a Israel…

Evangelizando a los dispersos de nosotros en las naciones.

La Diáspora espera como nosotros al Mesías.

–                 O quizás vaya a enseñar a los paganos…

Para atraerlos hacia su Reino.

–                No.

–                 No debe ser así.

Siempre podríamos encontrarlo, aunque estuviera en la Asia lejana…

En el centro de África.

En Roma, en Galia, en Iberia, en Tracia o entre los Sármatas.

–            Si dice que no lo encontraremos ni siquiera buscándolo;

es señal de que no estará en ninguno de estos lugares.

–            ¡Claro!

¿Qué querrán decir estas palabras suyas:

«Me buscaréis y no me encontraréis.

Y a donde Yo estoy vosotros no podréis ir»?

«Yo estoy…».

No:

«Yo estaré…».

¿Dónde está, pues?

¿No está aquí entre nosotros?

–             ¡Te lo voy a decir yo, Judas!

¡Parece un hombre, pero es un espíritu!

–             ¡No, hombre; NO!

Entre los discípulos hay algunos que lo vieron recién nacido.

¡Más todavía!

Vieron a su Madre cuando lo llevaba en su seno pocas horas antes de nacer.

–              ¿Pero y será el mismo, aquel niño que ahora se ha hecho hombre?

–              ¿Quién nos asegura que no es otro ser?

–              ¡No, eh!

Podría ser otro.

–              Podrían equivocarse los pastores.

¿Pero la Madre?

–              ¿Y los hermanos?

–              ¿Y todo el pueblo?

–              ¿Los pastores han reconocido a la Madre?

–              Por supuesto…

–              Entonces…

–               Pero…

¿Por qué dice entonces:

A dónde Yo estoy vosotros no podréis ir?

” Para nosotros, el futuro:

«Podréis»

Para Él queda el presente:

«Estoy»

¿Es que no tiene un mañana este Hombre?

–               No sé qué decirte.

Es así.

–               Yo os digo que es un loco.

–               Loco lo serás tú, espía del Sanedrín.

–              ¿Yo espía?

Yo soy un judío que lo admira.

–               ¿Y habéis dicho que va a casa de Lázaro?

–               Nada hemos dicho, viejo soplón.

–              No sabemos nada.

–                Y si lo supiéramos no te lo diríamos.

–                Ve a decir a los que te mandan que lo busquen por sí mismos.

–                ¡Espía!

–                ¡Espía!

–                ¡Pagado!…

El hombre ve el peligro que corre.

Y pone tierra por medio.

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