Archivos diarios: 25/11/22

660 El Canto de Simeón


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

489 Parábola del rey no comprendido por sus súbditos. 

Nob es un pueblo recogido, bastante cuidado.

Los habitantes están en las casas porque hace mucho viento.

Pero, cuando los discípulos van a advertir que está Jesús,

todas las mujeres, niños y viejos;

a quienes la edad ha obligado a quedarse en el pueblo.

se arremolinan en torno a Jesús, que se ha detenido en la placita principal.

El pueblo, al estar en un alto, tiene aire y luz incluso en este día lóbrego.

Y la vista se extiende:

al sur hacia Jerusalén;

al norte hacia Rama…

(Rama está escrito en un poste, con la indicación de la distancia).

La gente está muy emocionada.

¡Haber pasado a ser los que dan hospedaje al Señor,

es para ellos una cosa tan nueva y conmovedora!…

Un viejo, un verdadero patriarca, lo dice por todos.

Y las mujeres, con la cabeza, asienten, asienten.

Acostumbrados a ser aplastados por la soberbia sacerdotal y farisaica, se muestran temerosos…

Pero Jesús los pone enseguida a sus anchas,

tomando en brazos a una niñita que da sus primeros pasitos,

acariciando al anciano,

diciendo:

–               ¿No me habíais visto todavía?

El anciano patriarca responde:

–              Desde lejos…

Pasar por el camino…

Algún hombre, en el Templo.

Pero para nosotros, que estamos tan cerca de la ciudad;

es aún más difícil obtener lo que otros consiguen viniendo de lejos.

–              Es siempre así, padre.

Lo que parece facilitar las cosas las hace difíciles,

porque todos se apoyan en la idea de que es fácil.

Pero ahora nos conoceremos.

Retírate, padre.

El otoño desata sus vientos, que no son propicios a los patriarcas.

–              ¡Si me he quedado sólo!

Los días ya no tienen valor para mí…

Una mujer explica:

–             Su hija se ha casado  y se ha marchado lejos.

La mujer se le murió en las Encenias.

Una viejecita dirigiéndose al anciano,

le dice:

–               Juan, no debes hablar así…

Hoy que tienes al Rabí contigo.

¡Lo deseabas mucho!

El anciano pregunta:

–               Es verdad.

Pero…

Tú eres el Mesías…

¿No es verdad?

–               Sí, padre.

–              Y entonces…

¿Qué más puedo desear, ahora que lo he visto…

Y veo cumplida la promesa hecha a Abraham?

Un anciano – entonces el anciano era él- profirió un canto un día en el Templo.

Yo estaba porque ese día mi Lía se purificaba de su único parto y yo estaba al lado de ella.

Antes de nosotros había cumplido el rito,

Una que era poco más que niña…

Un anciano profirió este canto, besando al Hijo de la Jovencita:

«Ahora deja, ¡Oh Señor! que tu siervo se marche en paz;

porque mis ojos han visto al Salvador».

Aquel Recién Nacido eras Tú, entonces.

¡Oh, dichoso yo!

En aquel momento oré al Señor diciendo:

«Haz que yo también pueda morir después de haberlo conocido».

Ahora te conozco.

Estás aquí.

La mano del Señor está apoyada en mi cabeza.

Su voz me ha hablado.

El Eterno me ha escuchado.

¿Y qué diré, sino las palabras del anciano Simeón, docto y justo?

Las digo:

«¡Deja ¡Oh Señor! que tu siervo se marche en paz;

porque mis ojos han conocido a tu Cristo!»

Una mujer le dice:

–             ¿No quieres esperar a ver su Reino?

–              No, María.

Las fiestas no son para los viejos.

Y yo no creo lo que la mayoría dice.

Recuerdo las palabras de Simeón…

Prometió una espada en el corazón de aquella Muchacha,

porque no todo el mundo amará al Salvador…

Dijo que ruina o resurrección vendrían a muchos por Él…

Y tenemos a Isaías…

Y a David…

No.

Prefiero morir y esperar su gracia desde allá…

Y desde allá, a su Reino…

–              Padre, tú ves mejor que los jóvenes.

Mi Reino es el de los Cielos.

Pero para ti mi venida no significa ruina, porque sabes creer en Mí.

Vamos a tu casa.

Yo permanezco contigo.

Y Jesús guiado por el viejo, va a una casita blanca situada en un caminito entre huertos,

que se desnudan de hojas por la violencia del viento.

Y entra con Pedro, los dos hijos de Alfeo y Juan.

Los demás se distribuyen por las otras casas…

Para, pasado un rato, regresar y abarrotar la casita, el huerto, la terraza del tejado…

hasta el punto de que se suben a una albarrada baja que separa de la calle un lado del huerto.

A un nogal grande…

Y a un manzano robusto cuanto el primero;

sin preocuparse del viento, que sigue aumentando y levanta mucho polvo.

Quieren oír a Jesús.

Jesús hace un poco de tiempo.

Permaneciendo en el umbral de la cocina,

de forma que la voz se esparza dentro y fuera de la casa…

Hasta que empieza a hablar:

–                Un rey poderoso, cuyo reino era muy vasto, quiso ir un día a visitar a sus súbditos.

Vivía en un excelso palacio desde el que por medio de sus servidores y mensajeros,

enviaba sus órdenes y mercedes a los súbditos.

Los cuales por eso, sabían que existía y conocían el amor que tenía por ellos

y conocían sus propósitos.

Pero, de ninguna manera, conocían su persona, su voz ni su lenguaje.

En una palabra, sabían que existía y que era su Señor, pero nada más.

Y como a menudo sucede, por este hecho, muchas de sus leyes y mercedes sufrían variación,

por mala voluntad o por incapacidad de comprenderlas;

tanto que esto perjudicaba los intereses de los súbditos y los deseos del rey,

que quería que fueran felices.

Él se veía obligado a castigarlos alguna vez…

Y al hacerlo, sufría más que ellos.

Mas los castigos no producían mejora.

Dijo entonces:

«Iré yo.

Les hablaré directamente.

Me daré a conocer.

Me amarán, me seguirán mejor y serán felices».

Y dejó su excelsa morada para ir con su pueblo.

Mucho estupor causó su llegada.

El pueblo sufrió una fuerte impresión, se agitó:

Quién con júbilo, quién con terror, quién con ira, quién con desconfianza, quién con odio.

El rey paciente, sin cansarse nunca, se puso a tratar tanto con los que lo querían,

como con los que le temían y con los que lo odiaban.

Se puso a explicar su ley, escuchó a sus súbditos, los favoreció, los soportó.

Y muchos acabaron queriéndolo, no evitándolo por su excesiva grandeza;

algunos, pocos, dejaron también de desconfiar y de odiar.

Eran los mejores.

Pero muchos siguieron siendo lo que eran, pues no tenían en sí buena voluntad.

Mas el rey, que era muy sabio, soportó también esto,

refugiándose en el amor de los mejores como premio a sus fatigas.

Pero, ¿Qué es lo que sucedió?

Pues sucedió que incluso entre los mejores, no todos lo comprendieron.

¡Venía de tan lejos!

¡Su lenguaje era tan nuevo!

¡Lo que quería era tan distinto de lo que querían los súbditos!

Y no fue comprendido por todos…

Es más, algunos le causaron dolor.

Y con el dolor perjuicio.

O al menos corrieron el riesgo de procurárselo, por comprenderlo mal.

Y cuando se dieron cuenta de que le habían causado dolor y perjuicio;

huyeron de su presencia desolados.

Y temiendo su palabra, no volvieron a acercarse a él.

Pero el rey había leído en sus corazones…

Y todos los días los llamaba con su amor,

oraba al Eterno que le concediera encontrarlos de nuevo para decirles:

«¿Por qué me teméis?

Es verdad.

Vuestra incomprensión me ha causado dolor;

pero la he visto sin malicia, fruto solamente de una incapacidad para comprender mi lenguaje,

tan distinto del vuestro.

Lo que me causa dolor es vuestro temor hacia mí.

Ello me dice que no sólo no me habéis comprendido como rey.

Sino que tampoco como amigo.

¿Por qué no venís?

Volved, pues.

Lo que la alegría de amarme no os había hecho comprender,

os lo ha esclarecido el dolor de haberme causado dolor.

¡Oh, venid, venid amigos míos!

No aumentéis vuestro desconocimiento estando lejos de mí;

vuestras brumas escondiéndoos;

vuestras amarguras impidiéndoos a vosotros mismos mi amor.

¿Veis?

Sufrimos tanto yo como vosotros estando separados.

Yo más que vosotros todavía.

Venid, pues, y alegrad mi corazón».

Así quería hablar el rey.

Y así habla.

Y Dios también habla así a aquellos que pecan.

Así habla el Salvador a aquellos que hayan podido cometer errores.

Así habla el Rey de Israel a sus súbditos.

El verdadero Rey de Israel,

el que quiere llevar a sus súbditos desde el pequeño reino de la Tierra al grande de los Cielos.

En éste no pueden entrar aquellos que no siguen al Rey,

aquellos que no aprenden a comprender sus palabras y su pensamiento.

Pero, ¿Cómo aprender, si al primer error se elude al Maestro?

Que ninguno se deprima si ha pecado y está arrepentido;

si ha errado y reconoce su error.

Venga a la Fuente que borra los errores y da luz y sabiduría.

Y en ella apague su sed;

en ella, que ardientemente desea donarse y ha venido del Cielo para donarse a los hombres.

Jesús termina de hablar.

Solamente el viento hace oír su voz, cada vez más fuerte…

En el copete del montecito en que está Nob se ensaña tanto,

que los árboles crujen temiblemente.

Y la gente se ve obligada a retirarse a las casas.