662 La Carne y la Sangre


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

490 En el campo de los Galileos con sus primos apóstoles y encuentro con el levita Zacarías.

Jesús dice:

–             Tadeo y Santiago, venid conmigo.

A los dos hijos de Alfeo no hay que repetírselo.

Se levantan inmediatamente y salen con Jesús…

De una casita de un arrabal situado al sur de Jerusalén, donde los hospedan hoy.

Santiago pregunta:

–                  ¿A dónde vamos, Jesús?

Jesús responde:

–              Al Monte de los Olivos, a saludar a los galileos.

Caminan un rato hacia Jerusalén.

Pasan muy cerca de unas pequeñas colinas donde hay casas solariegas entre el verde.

Cortan el camino que va a Bethania y a Jericó.

Y el que está más al sur, que termina entre Tofet y Siloán.

Dan la  vuelta por detrás a otra colina, que ya es estribación del Monte de los Olivos.

Cortan el otro camino que lleva directamente a Bethania desde el Monte de los Olivos.

Y por un camino secundario que va entre olivos, suben al campo de los Galileos;

donde las tiendas son mucho menos numerosas.

Quedando como recuerdo del agolpamiento, ramajes arrojados al suelo ya deslucidos,

restos de hogares rudimentarios que han dejado hierba chamuscada, cenizas y palos carbonizados;

morralla: lo que siempre queda donde hubo gente acampada.

La temporada fría y precozmente lluviosa ha acelerado la partida de los peregrinos.

También ahora se están poniendo en camino caravanas de mujeres y niños.

Los hombres, especialmente los vigorosos, se han quedado todavía para terminar la fiesta.

Los galileos que creen en el Señor han debido ser avisados, quizás por algún discípulo.

Están todos.

Nazaret está presente con los dos discípulos:

con Alfeo y aquel a quien Jesús perdonó después de la muerte de su madre…

Y con algún otro.

No están José ni Simón de Alfeo.

Pero no faltan otros…

Entre los cuales el arquisinagogo de Nazareth,

que se muestra visiblemente apurado al saludar con deferencia a Jesús,

después de haberle puesto tantos obstáculos.

Pero se ayuda diciendo que los parientes de Jesús están hospedados en casa,

de «ese amigo que sabes»

por razón de los niños, que sufrían con el viento de la noche.

Caná está presente, con el marido de Susana, su padre y otros.

Así Naím, con su resucitado y otros más.

Belén de Galilea, con muchos vecinos.

Las ciudades occidentales del lago, con sus moradores…

Jesús, pasando entre ellos;

acariciando a los niños que todavía están ahí…

Saluda:

–              ¡La paz a vosotros!

¡La paz a vosotros!

Sobretodo a sus pequeños amigos de los lugares galileos.

Escucha a Jairo, que le refiere lo mucho que sintió el no haber estado la última vez.

Jesús se informa sobre si la viuda de Afeq se ha establecido en Cafarnaúm.

Y si ha aceptado al huérfano de Yiscala.

Jairo dice:

–              No sé, Maestro.

Quizás yo ya me había marchado…

Un ciudadano de Cafarnaúm, informa:

–            Sí, sí.

Ha venido una mujer que da mucha miel y muchas caricias a los niños.

Y fíjate, hace tortas.

Aquellos niños que iban a donde estabas Tú, van siempre donde ella a comer.

El último día nos mostró un niñito muy pequeño.

Ha comprado dos cabras para la leche.

Nos ha dicho que es el hijo del Cielo y del Señor.

No vino a la fiesta como quería, porque no podía llevar consigo a un niño tan pequeño.

Nos dijo a nosotros, que te dijéramos que lo querrá con justicia y que te bendice.

Los niños de Cafarnaúm gorjean como gorrioncillos alrededor de Jesús,

orgullosos de saber ellos, lo que ni siquiera el arquisinagogo sabe.

Y de verse ellos, haciendo de embajadores ante el Maestro bueno,

que los escucha con la atención con que escucharía a los adultos…

Y que responde:

–             Vosotros le diréis que Yo también la bendigo y que quiera a los niños por Mí.

Y vosotros queredla;

No os aprovechéis porque sea buena.

No la queráis sólo por la miel y las tortas, sino porque es buena.

Tan buena, que ha comprendido que quien ama en mi Nombre a un niño, me hace feliz.

E imitadla todos, ya seáis pequeños, ya seáis adultos;

pensando siempre que aquel que recibe a un niño en mi Nombre,

tiene su sitio señalado en el Cielo.

Porque si la misericordia siempre recibe premio…

Aunque fuere un solo vaso de agua dado en mi Nombre,

la que se practica con los niños salvándolos no sólo del hambre, de la sed, del frío;

sino también de la corrupción del mundo.

Es infinitamente premiada…

He venido a bendeciros antes de que os marchéis.

Llevaréis mi bendición a vuestras mujeres, a vuestras casas…

–               Pero…

¡No vas a volver donde nosotros, Maestro?

–               Volveré…

Pero no ahora.

Después de Pascua…

–               ¡Si estás tan seguro…

También te te olvidarás de la promesa!…

–               No temáis.

Antes podrá dejar de resplandecer el Sol que Jesús olvidarse de quien espera en Él.

Varias personas de diferentes lugares,

dicen:

–               ¡Será un tiempo largo!…

–               ¡Y triste!

–               Si enfermamos…

–               Si desciende la muerte a nuestras casas…

–               ¿Quién nos ayudará?

Jesús les responde:

–             Dios.

El está con vosotros, si permanecéis en Mí con vuestra voluntad.

–             ¿Y nosotros?

Hace poco que creemos en Ti.

Lo confesamos.

¿No tendremos ayuda, entonces?

Pero ahora que te hemos visto hacer milagros…

Y te hemos oído hablar en el Templo…

¡Te creemos,..!

–                  Esto me es motivo de gran gozo…

Porque el que mis coterráneos vayan por el camino de la Salud es mi más ardiente deseo.

–                 ¿Nos amas así?

¡Pero nosotros durante mucho tiempo te hemos escarnecido!…

–                Es pasado.

Ya no existe.

Sed fieles en el futuro.

Y en verdad os digo que tanto en la Tierra como en el Cielo, está borrado vuestro pasado.

–               ¿Vas a estar con nosotros?

Compartiremos el pan como muchas veces en Nazaret, cuando éramos todos iguales.

Los sábados descansábamos en los olivares:

O cuando Tú eras sólo Jesús y venías con nosotros…

Cómo nosotros íbamos a Jerusalén para las fiestas…

Hay añoranza y deseo de los tiempos pasados en la voz de los nazarenos que se han convencido.

–                Quería ir donde José y Simón.

Pero iré después.

Todos sois para mí hermanos en Dios.

Y para Mí tiene más valor el espíritu y la fe,

que la carne y la sangre…

Porque estos últimos perecen;

mientras que los otros son inmortales.

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