663 El Tormento de Tadeo


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

490a Encuentro con el levita Zacarías.

La comida termina.

El primero en levantarse es Jesús.

Llama a Jairo, a Alfeo, a Daniel de Naím, a Elías de Corozaín, a Samuel (el ex tullido),

también a un cierto Urías, a uno de los tantos Juanes, a uno de los tantos Simones,

a un Leví, a un Isaac, a Abel de Belén, etc. etc.

En definitiva, a uno por pueblo.

Ayudado por sus primos, hace de dos bolsas muy llenas de tantas partes iguales,

cuantos son los llamados.

Y da una parte a cada uno de ellos, para que la usen para los pobres de cada uno de los pueblos.

Luego, cuando ya no tiene ni una moneda, bendice a todos y se despide de ellos.

Y querría despedirse para dirigirse hacia el Getsemaní y así volver a la ciudad,

por la puerta de las Ovejas.

Pero casi todos lo siguen, especialmente los niños, que no le sueltan la túnica,

ni los bordes del manto.

Y sin duda, le causan molestia, pero Él no se los impide…

Y aquel niño de Mágdala Benjamín, que un día dijo claramente su juicio a Judas de Keriot,

le tira de la túnica hasta que Jesús se inclina para escucharlo particularmente.

El niño le pregunta:

–            ¿Sigues teniendo contigo a ese malo?

Sonriéndole,

Jesús dice:

–            ¿Qué malo?

Conmigo no hay malos…

–            ¡Sí que los hay!

Aquel hombre alto y moreno que se reía…

¿No sabes?

Aquel al que le dije que era guapo por fuera y feo por dentro…

Ése es malo.

Tadeo, que está detrás de Jesús y oye,

dice:

–             Habla de Judas.

Volviéndose, Jesús le responde:

–             Lo sé…

Y luego, al niño:

–             Sí que está conmigo ese hombre.

Es un apóstol mío.

Pero ahora es muy bueno…

¿Por qué meneas la cabeza?

No se debe pensar mal del prójimo, especialmente de aquel al que no se conoce.

El niño agacha la cabeza y calla.

–             ¿No me respondes?

–             Tú no quieres que diga mentiras…

Te prometí no decirlas y lo he hecho.

Pero si ahora te digo que sí, que creo que es bueno, digo algo no verdadero;

porque pienso que es malo.

Puedo tener cerrada la boca, por agradarte;

pero no puedo tener cerrada la cabeza para no pensar.

La salida es tan espontánea y lógica, dentro de su sencillez aún infantil,

que todos los que la oyen se echan a reír.

Todos menos Jesús, que suspira…

Y dice:

–             Bien, pues debes hacer una cosa.

Orar para que se haga bueno, si es que realmente te parece malo.

Debes ser su ángel.

¿Lo vas a hacer?

Si se hace mejor, mayor será mi alegría;

así que tú, rezando por esto, rezas porque Yo me sienta feliz.

–            Lo haré.

Pero si es malo y no se hace bueno estando contigo, el que yo rece no va a hacer nada.

Jesús zanja esta confrontación de criterios, deteniéndose y agachándose a besar a los niños.

Luego ordena a todos que regresen…

Cuando están solos Jesús y sus dos primos,

Como si antes hubiera razonado dentro de sí

Judas Tadeo de Alfeo, pasado un rato de silencio,

dice a manera de conclusión:

–             ¡Tiene razón!

¡En todo tiene razón!

Yo soy de su misma opinión.

Santiago su hermano, que caminaba absorto un poco adelantado

por el senderillo que permite el paso de uno en uno solamente,

Le pregunta:

–              ¿Pero de qué hablas?

–             Hablo de Benjamín.

De lo que ha dicho.

Y…

Bueno, pero Tú no lo quieres oír.

Y te digo también yo, que Judas es…

No es un verdadero apóstol…

No es sincero, no te quiere, no…

–               ¡Judas!

¡Judas!

¿Por qué apenarme?

–              Hermano mío, porque te quiero.

Y tengo miedo de Judas Iscariote.

Más miedo a él que a una serpiente…

–               Eres injusto.

Sin él, quizás Yo habría sido ya capturado.

Santiago dice:

–               Jesús tiene razón.

Judas ha hecho mucho.

Ha atraído hacia sí, sin poner límites, odios y burlas…

Pero ha trabajado y trabaja para Jesús.

Tadeo insiste:

–              No puedo pensar ni que Tú seas necio ni que mientas…

Y me pregunto por qué entonces defiendes a Judas.

No hablo por celos ni por odio…

Hablo porque siento dentro que es malo, que es hipócrita…

Todo lo más que, por tu amor, puedo admitir es que esté loco.

Un pobre loco que hoy delira en un sentido y mañana en otro.

Pero bueno no, no lo es.

¡Desconfía, Jesús!

Desconfía…

Ninguno de nosotros es bueno.

Pero, míranos bien.

Nuestra mirada es transparente.

Obsérvanos bien.

Nuestra conducta es igual.

Pero…

¿No te dice nada el hecho de que los fariseos no le hagan pagar las burlas contra ellos?

¿Nada, el que los del Templo no reaccionen contra sus palabras?

¿Nada, el que tenga siempre amigos

precisamente entre aquellos a quienes aparentemente ofende?

¿Nada, el que tenga siempre dinero?

No digo nosotros dos, pero incluso Nathanael, que es rico…

Y Tomás, que no tiene escasez de medios, tienen sólo lo necesario.

Él…

¡Oh!…

Jesús calla…

Santiago observa:

–             En parte mi hermano tiene razón.

Cierto es que Judas encuentra siempre la manera de…

Estar solo, de ir solo…

De…

Bueno, no quiero murmurar ni juzgar.

Tú ya sabes…

–              Sí, sé.

Y por eso digo que no quiero juicios.

Cuando estéis en el mundo sustituyéndome,

trataréis con criaturas bastante más extrañas que Judas.

¿Qué apóstoles seríais si los eliminarais por ser extraños?

Es más, precisamente por serlo, habréis de amarlos con paciente amor,

para transformarlos en corderos del Señor.

Ahora vamos donde José y Simón.

Habéis oído, ¿No?

Ellos trabajaban en secreto para beneficiarme a Mí.

Diréis: amor de familia.

Sí.

Es verdad.

Pero, en todo caso, es amor.

Os habéis dejado mal la última vez.

Echad los pelillos a la mar, ahora.

Ellos y vosotros tenéis y no tenéis, razón.

Que cada uno reconozca su error.

Y no levante la voz en la parte que tiene de razón.

Santiago dice:

–                Él me ha ofendido mucho, ofendiéndote muchísimo a Ti.

–               Tú te asemejas en mucho a José, mi padre.

Y José tu hermano, se asemeja en mucho a Alfeo, tu padre.

Pues bien, José fue a menudo criticado por su hermano mayor,

pero José fue siempre indulgente con él y lo perdonó siempre.

¡Porque mi padre era un gran justo!

Sélo tú igual.

–              ¿Y si me regaña como si fuera todavía un niño?

Ya sabes que cuando está nervioso no atiende a razones…

–              Pues calla.

Es la única medicina para calmar las iras.

Calla con humildad y paciencia.

Y si sientes que no puedes callar sin desaires, te marchas.

¡Saber callar!

¡Saber marcharse!

por vileza, no por falta de palabras, sino por virtud, por prudencia, por caridad, por humildad.

¡Es tan difícil conservar la justicia en las disputas!

Y la paz del espíritu.

Alguna cosa baja siempre a perturbar en las profundidades, a enturbiar, a hacer bullicio.

Y la imagen de Dios que se refleja en todo espíritu bueno queda empañada, desaparece…

Y ya no se pueden oír las palabras de Dios.

¡Paz!

Paz entre hermanos.

Paz también con los enemigos.

Si son enemigos nuestros, son amigos de Satanás.

Pero…

¿Querríamos hacernos nosotros también amigos de Satanás, odiando a quien nos odia?

¿Cómo podríamos conducirlos al amor si estuviéramos fuera del amor?

Me diréis:

“Jesús, lo has dicho ya muchas veces y lo haces;

pero te siguen odiando siempre».

Siempre lo diré.

Cuando ya no esté entre vosotros, os lo inspiraré desde el Cielo.

Y también os digo que no contéis las derrotas, sino las victorias.

¡Alabemos por éstas al Señor!

No pasa una luna sin la nota de alguna conquista.

Esto debe constatar el obrero de Dios.

Y por ello exultar en el Señor, sin la rabia que tienen los del mundo

cuando pierden una de sus pobres victorias.

Si lo hacéis así…

Un joven que sube hacia el Getsemaní de regreso de la ciudad,

los interrumpe:

–             La paz a Ti, Maestro.

¿No me conoces?

Jesús responde:

–            ¿Tú?…

Tú eres el levita que el año pasado estuviste con nosotros, junto con el sacerdote.

–             Soy yo.

¿Cómo me has reconocido, Tú que ves a todo un mundo alrededor de Ti?

–             No olvido los rostros ni los espíritus en sus características.

–             ¿Qué característica tiene mi espíritu?

–             Buena.

E insatisfecha.

Estás cansado de lo que te rodea.

Tu espíritu tiende a cosas mejores.

Sientes que existen.

Sientes que es la hora de decidirte por un Bien eterno.

Sientes que tras las brumas hay un Sol, la Luz.

Tú quieres la Luz.

El joven se arroja al suelo de rodillas,

diciendo:

–               ¡Maestro, Tú lo has dicho!

Es verdad.

Tengo estas cosas en el corazón.

Y no sabía decidirme.

El viejo sacerdote Jonathán ha creído.

Y después ha muerto.

Era viejo.

Yo soy joven.

Pero te he oído hablar en el Templo…

No me rechaces, Señor, porque no todos te odian allí.

Y yo soy de los que te quieren.

Dime qué debo hacer, siendo levita…

–              Tu deber hasta el tiempo nuevo.

Reflexionar, porque viniendo a Mí,

no vas al encuentro de la gloria terrena, sino del dolor.

Si perseveras, tendrás gloria en el Cielo.

Instruirte en mi doctrina.

Confirmarte en ella…

–            ¿Con qué?

–            El Cielo mismo te confirmará con sus signos.

Reconfirmarte con la ayuda de mis discípulos.

Conociendo y practicar cada vez más lo que he enseñado.

Haz esto y tendrás la Vida Eterna.

–            Lo haré, Señor.

Pero…

¿Puedo seguir sirviendo en el Templo?

–            Te lo he dicho:

Hasta el tiempo nuevo.

–             Bendíceme, Maestro.

Será mi nueva consagración.

Jesús lo bendice y lo besa.

Se separan.

Cuando el joven levita se ha marchado,

Jesús dice:

–             ¿Veis?

Así es la vida de los obreros del Señor.

Hace un año, en ese corazón cayó la semilla.

Y no pareció una victoria, porque no vino inmediatamente a nosotros.

Pasado un año, como confirmación de mis palabras de poco antes, he aquí que viene.

Una victoria.

¿Y no hace éste, hermoso el día para nosotros?

Tadeo dice:

–             Tienes siempre razón, Jesús mío…

¡Pero ten cuidado con Judas!

Soy un necio al decírtelo.

Lo sé.

Tú sabes…

Pero en el corazón está este tormento…

No lo manifiesto a los otros, pero está…

Y estoy seguro de que también los otros lo tienen.

Jesús no rebate.

Dice:

–              Estoy contento de que José y Nicodemo me dieran ese dinero.

Así puedo enviar una ayuda a mis pobrecitos de Galilea…

Han llegado a la puerta.

Entran por ella.

Se confunden con el gentío.

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