665 Los Huesos Secos


Wall, Golden Gate, Mercy Gate 2006-03-26IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

491a  Sermón sobre el Agua viva y los huesos secos. 

Jesús continúa hablando en el Templo:

–            Aquel altar del que brotan las aguas, aquel altar situado a levante soy Yo.

Y mis aguas brotan de la derecha,

porque la derecha es el lugar de los elegidos para el Reino de Dios.

Brotan de Mí para verterse sobre mis elegidos y hacerlos ricos en aguas vitales,

portadores de ellas, distribuidores de ellas hacia el Septentrión, hacia el Mediodía,

hacia Oriente, hacia Occidente, para dar Vida a los pueblos de la Tierra,

que esperan la hora de la Luz.

La Hora que llegará, que sin falta llegará a todos los lugares,

antes de que la Tierra deje de existir…

Brotan y se esparcen mis aguas, mezcladas con las que Yo mismo he dado y daré a mis seguidores.

Y a pesar de estar esparcidas para hacer apta la Tierra, formarán un único río de Gracia,

cada vez más profundo, cada vez más grande;

que irá creciendo día tras día, paso a paso, con las aguas de los nuevos seguidores;

hasta que forme como un mar.

Un mar que con sus aguas, tocará todos los lugares, para santificar toda la Tierra.

Dios quiere esto.

Dios hace esto.

Un diluvio lavó el mundo dando muerte a los pecadores.

Un nuevo diluvio de otro líquido, que no será lluvia, lavará el mundo y dará Vida.

Y por un misterioso acto de gracia, los hombres podrán formar parte de ese diluvio santificador;

uniendo sus voluntades a la mía, sus fatigas a la mía, sus sufrimientos al mío…

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Y el mundo conocerá la Verdad y la Vida.

El que quiera participar podrá hacerlo.

Sólo el que no quiera ser nutrido por las aguas de Vida…

Se transformará en lugar palúdico y pestífero.

O seguirá siéndolo.

Y no conocerá las pingües cosechas de los frutos de gracia, sabiduría, salvación…

Que conocerán los que vivan en Mí.

En verdad os digo otra vez:

Que el que tenga sed y venga a Mí, beberá y no volverá a tener sed…

Porque mi Gracia abrirá en él fuentes y ríos de agua viva.

Y quien no crea en Mí perecerá, como salina donde la vida no puede subsistir.

En verdad, en verdad, os digo que después de Mí no se interrumpirá la Fuente;

porque Yo no moriré, sino viviré.

Y cuando me haya ido…

Ido y no muerto, para abrir las puertas de los Cielos.

Otro, que es igual que Yo, vendrá y completará mi Obra.

Haciéndoos comprender las cosas que Yo os he dicho…

Y encendiéndoos para haceros «luces«, ya que habéis acogido la Luz.

Jesús calla.

La muchedumbre, que ha estado en silencio bajo el imperio del discurso,

ahora musita y hace distintos comentarios:

Quién dice:

–               ¡Qué palabras!

–               ¡Es un verdadero profeta!

Quién:

–                Es el Cristo.

–              Os lo digo:

Ni siquiera Juan hablaba así.

Y ningún profeta tiene su fuerza.

–             Además nos hace comprender a los profetas; incluso a Ezequiel…

Que es tan oscuro en sus símbolos.

–             ¿Habéis oído, no?

¡Las aguas!

¡El altar!

¡Está claro!

¿Y los huesos secos?

¿Has visto cómo se han turbado escribas, fariseos y sacerdotes?

¡Han comprendido la alusión!

Sí.

Han mandado a la guardia.

Pero ellos…

Se han olvidado de prenderlo y se han quedado como niños que ven a los ángeles…

¡Miradlos allí! 

Están como hechizados…

¡Mira!

‘Mira!

Un magistrado los llama y los reprende.

¡Vamos a oír!

Mientras tanto, Jesús está curando a unos enfermos que le están siendo acercados-.

Y no se ocupa de nada más.

Hasta que abriéndose paso entre la gente, un grupo de sacerdotes y fariseos,

capitaneados por un hombre de unos treinta y cinco años…

Al que todos lo evitan, con un temor que es casi terror.

Llega hasta Él.

El fariseo le grita:

–          ¿Todavía estás aquí?

¡Vete!

¡En nombre del Sumo Sacerdote!

Jesús se levanta.

Estaba agachado hacia un paralítico.

Mira al fariseo con calma y mansedumbre.

Luego vuelve a agacharse para imponer las manos al enfermo.

El fariseo con autoridad indiscutible,

vuelve a gritarle:

–            ¡Vete!

¿Has entendido?

Seductor de muchedumbres.

O haremos que te prendan.

Dirigiéndose al enfermo,

Jesús dice:

–                Ve y alaba al Señor con una vida santa.

El hombre se levanta curado.

Ésta es su única respuesta.

Los que amenazan, por su parte, echan espuma venenosa.

La muchedumbre los intima, con sus voces de hosanna,

para que no causen daño a Jesús.

Pero si Jesús se muestra manso.

No así se muestra José de Alfeo.

El cual, irguiéndose engallado;

echando hacia atrás la cabeza para parecer más alto,

grita:

–               ¡Eleazar, tú que con los que te asemejan querrías abatir el cetro,

del Hijo escogido de Dios y de David…

Has de saber que estás cortando todas las plantas, la tuya la primera, esa de que tanto te jactas!

¡Porque tu maldad hace pender sobre tu cabeza la espada del Señor!

Y diría más cosas;

pero Jesús le pone la mano en el hombro,

y dice:

–              ¡Paz, paz, hermano mío!

José, lívido de indignación, calla.

Se encaminan hacia la salida.

Ya fuera de la muralla, refieren a Jesús que los jefes de los sacerdotes y los fariseos,

han reprendido a la guardia por no haberlo arrestado.

Y que ellos se habían justificado diciendo que nunca nadie había hablado como Él.

Respuesta que había enfurecido a los príncipes de los sacerdotes y a los fariseos;

entre los cuales había muchos del Sanedrín.

Tanto que, para probar a los soldados que sólo los necios podían ser seducidos por un loco;

querían ir a arrestarlo, como blasfemo.

Y también para enseñar a la gente a comprender la verdad.

Pero Nicodemo, que estaba presente, se había opuesto;

diciendo:

–              No podéis actuar contra Él.

Nuestra Ley prohíbe condenar a un hombre antes de haberlo escuchado…

De haber visto lo que hace.

Y nosotros de su boca hemos oído…

Y de Él hemos visto, cosas no condenables.

Ante estas palabras la ira de los enemigos de Jesús se volvió contra Nicodemo,

con amenazas, insultos y burlas, como contra un necio y un pecador.

Eleazar ben Anás se había puesto en movimiento, personalmente, con los más enfurecidos,

para echar a Jesús, pues a más no se atrevieron por la muchedumbre.

José de Alfeo está furioso.

Jesús lo mira y dice:

–             ¿Lo ves, hermano?

No dice nada más…

¡Pero hay mucho en esas palabras!

Contienen la advertencia de que Él, ya hable, ya calle, tiene razón.

Contienen el recuerdo de sus palabras…

Contienen el índice de lo que son las castas más importantes de Judea,

De lo que es el Templo contiene y concibe, etc.

José agacha la cabeza…

Y dice:

–              Tienes razón…

Guarda silencio, pensativo.

Luego repentinamente echa sus brazos en torno a la espalda de Jesús.

Y llora sobre el pecho de Él,

mientras dice:

–             ¡Pobre hermano mío!

¡Pobre María!

¡Pobre Madre!

Pareciera que José intuye claramente, en este momento;

la suerte de Jesús…

Jesús lo conforta:

–             ¡No llores!

Haz tú también, como Yo hago, la voluntad de nuestro Padre.

Lo besa para consolarlo.

Cuando José está un poco calmado;

se ponen en marcha en dirección a la casa en que se hospeda.

Y allí se saludan besándose.

José, mucho muy emocionado,

dice como últimas palabras:

–              ¡Ve en paz, Jesús!

Respecto a todo.

Lo que te dije cerca de Nazaret te lo repito…

Y con más fuerza todavía.

Ve en paz.

Ten sólo las preocupaciones de tu trabajo.

De lo demás me ocuparé yo.

Ve y que Dios te conforte.

Y lo besa una vez más, paternal en el rostro.

Y en la caricia que, como bendición de jefe de familia, le deposita en la cabeza.

Luego José saluda a sus hermanos.

Se saludan también éstos y Simón.

Pero es evidente que Santiago, se muestra más bien distante con José.

Y viceversa.

Sin embargo con Simón, hay más afectuosidad.

Lo último que José dice a Santiago es:

–               ¿Entonces tengo que pensar que te he perdido?

El apóstol le responde:

–               No, hermano.

Debes pensar que tú sabes dónde estoy y que por tanto, de ti depende el encontrarme.

Sin rencor.

Es más, con muchas oraciones por ti.

Pero en las cosas del espíritu no hay que tomar dos senderos juntos.

Tú sabes lo que quiero decir…

–              Ya ves que lo defiendo…

–              Defiendes al hombre y al pariente.

No es suficiente para darte esos ríos de Gracia de los que Él hablaba.

Defiende al Hijo de Dios, sin miedo al mundo, sin cálculo de intereses…

Y serás perfecto.

Adiós.

Cuida de nuestra madre, cuida a María de José…

Aunque Jesús está centrado en saludar a los otros nazarenos y galileos.

Ha oído todo perfectamente…

Y con su característica prudencia…

Terminados los saludos,

ordena:

–             Subamos al Monte de los Olivos.

Desde allí nos dirigiremos a algún lugar…

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: