667 La Estrella Escondida


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

493 Jesús habla sobre la fuente de En Royel. 

Jesús regresa de Bethania por el camino bajo más largo,

que no pasa por el Monte de los Olivos

y que entra en la ciudad pasando por el barrio de Tofet.

Primero se detiene para ofrecer unas ayudas a los leprosos.

que no han sabido pedirle más que pan.

Luego va derecho a un amplio receptáculo cuadrangular, cubierto,

cerrado por todos los lados menos por uno.

Un enorme pozo, un pozo realmente grande cubierto.

Es más grande que el de la Samaritana.

Y debe ser también más rico en aguas,

porque el suelo de alrededor acusa su nutrición,

mostrando mucha fertilidad, en contraste con el árido y sepulcral valle de Hinnon,

que se vislumbra de refilón al noroeste.

Sólo una construcción de sólida piedra, como es la del pozo y su cubierta,

habría podido resistir a la humedad del suelo.

No hace falta ser expertos para considerarlas muy antiguas;

las piedras resisten, oscuras y robustas, como protección del agua preciosa.

A pesar del aspecto tétrico del día y a pesar de la proximidad de los sepulcros de los leprosos,

que infunden siempre en las cercanías una gran tristeza.

El lugar es sereno.

Sea por su gran fertilidad, sea porque tiene detrás hacia el norte,

vastos jardines, ricos en árboles de todo tipo;

que levantan sus tupidas copas contra el fondo del cielo pardo

que se abate sobre la ciudad.

Delante al sur, el valle del Cedrón;

que ensancha su lecho y se hace más nutrido de aguas,

de la misma forma que el valle se hace más alegre y rico en luz,

siguiendo el camino que va a Bethania y a Jericó por un buen trecho.

Mucha gente…

Mujeres con ánforas, asnerizos con cubos,

caravanas que van a salir o que están llegando…

se paran junto al pozo y sacan agua.

Un largo trecho de suelo está húmedo por los cubos que gotean,

cuando se vierte su contenido en los recipientes.

Tranquilidad y dulces voces de mujeres, gorjeantes vocecitas de niños,

voces graves, roncas, fuertes de hombres,

rebuznos de burros

y estridentes gritos de camellos que acoclados bajo su carga,

esperan a que el camellero vuelva con el agua.

Una escena muy típica, en un ocaso fosco, en que el cielo tiene extrañas pinceladas

de un amarillo innatural, improviso,

que esparce una luz extraña sobre todas las cosas;

mientras más arriba, nubes densas y plúmbeas

se encabalgan corriendo hacia Occidente.

Las partes más altas de la ciudad,

con esa luz extraña contra el fondo del horizonte plúmbeo

estriado con pinceladas sulfúreas, son espectrales.

Pedro sentencia y pregunta:

–                Esto es todo agua y viento…

¿A dónde vamos esta noche?

Jesús responde:

–               A casa del hombre de los jardines.

Mañana subo al Templo y…

Simón Zelote aconseja:

–                 ¿Todavía?

¡Mira bien lo que haces!

Sería mejor que aceptaras la invitación de los libertos a su sinagoga.

Judas dice:

–                 Entonces…

Sinagoga por sinagoga;

hay otras.

¡Que han dado muestras de desear su Presencia!

¿Por qué tienen que ser ellos? 

–                Porque son los más seguros.

Y la razón se comprende sin que yo la diga.

–              ¡Seguros!

¿Qué es lo que te da esa certeza?

–               El hecho de que han sabido permanecer fieles, a pesar de lo que han pasado.

Jesús interviene:

–                No discutáis entre vosotros.

Mañana voy a subir al Templo.

Ya lo he dicho.

Ahora, quedémonos aquí un poco.

Siempre es un lugar de buena evangelización.

–               No más que otro.

No sé por qué lo prefieres.

–                ¿Que por qué, Judas?

Por muchas razones que diré a los que se están congregando.

Y por una que os digo a vosotros en particular.

En este pozo de la fuente de Royel se detuvieron,

inseguros y contrariados los tres Sabios de Oriente;

porque había desaparecido la estrella que los había guiado desde tan lejos.

Cualquier otro hombre habría dudado de Dios y de sí mismo.

Ellos estuvieron en oración hasta el alba,

junto a sus cansados camellos…

(los únicos que estaban despiertos, entre los servidores que dormían).

Luego al alba, se levantaron y se dirigieron a las puertas;

desafiando el peligro de ser tomados por locos y agitadores.

Desafiando también el peligro de morir.

Recordad que reinaba Herodes, el sanguinario.

Y bastaba mucho menos de la frase que los Sabios querían decirle,

para que les decretara su muerte.

Pero ellos me buscaban a Mí.

No buscaban gloria, riquezas, honores.

Me buscaban a mí, sólo a Mí.

A un niño: a su Mesías, a su Dios.

La búsqueda de Dios siendo buena,

proporciona siempre todas las ayudas y todo el coraje.

Los miedos, las cosas bajas, son la herencia de los que sueñan cosas bajas.

Ellos aspiraban a adorar a Dios.

Este amor suyo los hacía fuertes.

Pocas horas después el amor tuvo un premio,

porque aquí, en la noche lunar, reapareció la estrella ante sus ojos.

Nunca le falta la estrella de Dios a quien con justicia y amor lo busca.

¡Los tres Sabios!

Hubieran podido quedarse entre los falsos honores que Herodes les daba,

después de la respuesta de los príncipes de los sacerdotes, de los escribas y doctores.

Estaban muy cansados…

Pero no se quedaron ni siquiera una noche.

Y antes de que se cerraran las puertas, salieron para esperar aquí al alba.

Luego…

No el alba solar, sino el alba de Dios apareció de nuevo para hacer de plata el camino.

La estrella los llamó con sus luces y ellos fueron a la Luz.

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados ellos y quien sabe imitarlos!

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