672 El Pecado de Israel


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

496 Un alto en la casita de Salomón. 

Para no ser vistos por la gente, entran en el poblado donde está la casita de Salomón,

subiendo por el ribazo del río.

Precaución que pareciera inútil…

Porque cae el atardecer de finales de Octubre y la gente está ya en las casas.

La calle se ve completamente vacía.

Y si no fuera por algún balido, se diría que es un lugar desierto.

Mueven la cancela.

Está cerrada.

Muy bien cerrada a la entrada del huerto,

que en la penumbra se ve todo muy bien ordenado.

Jesús dice:

–              ¡Llamad!

Está en la cocina.

Un hilo de luz se filtra por los cuarterones.

Tomás, con su voz potente, se encarga de llamar al anciano,

el cual abre enseguida la puerta y mira hacia la calle.

Se muestra incierto a causa de la poca luz externa, él que viene de la cocina,

donde resplandece el fuego y hay una lámpara encendida.

Pero cuando Jesús dice:

«Somos nosotros»,

el anciano reconoce inmediatamente la voz y grita:

« ¡El Maestro!».

Luego baja el tosco escalón y se apresura a abrir;

diciendo:

–                ¡Mi Señor!

Entra, entra en tu casa.

¡Bendito sea este día que concluye con tu venida!

Mientras se afana en abrir los cierres de la cancilla,

explicando:

–              Estoy solo y cierro muy bien…

Los bandidos son capaces de todo.

Hay algunos que hacen daño, ora aquí ora allá, bajando de los montes de Galaad.

No es que tema por mi vida, pero tenía cosas preparadas para Ti y…

Mira, Maestro, ven.

Este anochecer es húmedo.

Tienes el pelo mojado por el relente…

Sonriendo, Jesús responde:

–                Y tú eres más solícito que la esposa del Cántico, padre.

No te pesa incomodarte para acoger al Peregrino.

–               ¿Incomodarme?

¡Qué largo era este tiempo!

Un día, otro, otro y otro.

Había sembrado vuestras semillas y veía crecer bien las verduras.

Decía: «Si viniera, esto seguro que le gustaría»

Pero han madurado y no has venido…

Veía que tomaban color las frutas en los árboles.

Y las comía con dolor porque Tú no las comías.

Aquella oveja me ha dado un cordero, todo blanco.

Lo reservé por tanto, para comerlo contigo.

Esperaba verte antes de los Tabernáculos.

Luego…

Un cordero todo para mí…

¡Demasiado!

Lo cambié por una ovejita.

Y fueron buenos conmigo no queriendo ninguna diferencia.

Pero de frutas, quesos, pescado seco y legumbres;

he reservado lo más que he podido para Ti.

Todavía tengo algún melón y un poco de vino…

Yo no bebo vino, pero lo he preparado para Ti, para el invierno.

Habla mientras limpia la mesa;

pone encima la loza;

atiza el fuego;

aumenta el agua del caldero.

Trajina contento.

Ya no parece el mismo pobre viejo de pocos meses antes.

Sale, vuelve con leche,

pide disculpas:

–               Es poca…

Porque sólo es una la oveja que da leche.

Pero dentro de poco serán dos.

De todas formas, para Ti es suficiente.

Se muestra devoto y paternal al mismo tiempo.

Ha tomado los mantos húmedos, las sandalias embarradas…

Y los ha llevado a otro lugar.

Ha vuelto con unas manzanas, unas granadas, uvas…

Y todavía algunos higos medio pasados…

Y explica:

–                 Los he secado así, al menos para que los probaras.

Pensaba…

Pensaba que a mi Ananías le gustaban mucho, preparados así…

La voz antes serena se baja;

adquiriendo un tono triste, mientras dice estas palabras…

Y termina:

–                 Y…

Pensaba que te gustarían.

Preparándolos, me parecía prepararlos todavía para el hijo de mi hijo.

Menea la cabeza.

Se esfuerza en sonreír con un brillo de llanto en los ojos.

Jesús, que se había sentado a la mesa.

Se levanta, le pasa un brazo por los hombros.

Y estrecha contra sí al viejecito,

diciendo:

–             Me gustan mucho.

Es una cosa que me recuerda mi infancia…

Y a mi padre.

Pero no debías privarte de tantas cosas por Mí.

A los ancianos les vienen bien.

Tienes que estar sano y fuerte, para acogerme así siempre.

¡Es tan dulce encontrar una casa así, con un padre que nos espera!

¿No es verdad vosotros, amigos míos?

Pedro, se levanta diciendo:

–                ¡Cierto, es verdad!

Tan bonito, que uno se empereza sin ayudar a Ananías.

Vengan, vamos a preparar nuestras camas,

mientras Jesús habla con el hombre.

El anciano Ananías, dice:

–                  ¡No hace falta!

Siempre están preparadas.

Y todo está limpio allí…

La única cosa es que…

No son suficientes.

Sois más de doce.

Pero duermo en el heno y…

Juan dice:

–               Eso no, padre.

Voy yo al heno, entonces.

Andrés y otros,

dicen:

–                No, yo.

Pedro dice:

–                No es necesario.

Yo me amodorro aquí, encima de esta mesa.

Seguro que no es más dura que el fondo de mi barca.

Y Margziam…

Jesús le interrumpe:

–                Duerme conmigo.

–               O conmigo, si quieres…

Como hacía el pequeño Ananías.

Dice el anciano y sus ojos suplican.

Margziam dice:

–                Sí, Maestro.

Tú me tienes todavía.

Él…

Voy con él.

Jesús lo acaricia, comprendiendo su gesto.

El anciano dice:

–                Han venido varias veces a buscarte después de Pentecostés.

Más no han vuelto a venir.

–                 ¿Quién lo buscaba?

–                ¡Pues fariseos!

Y otros como ellos.

Querían hacerte preguntas.

Pero yo les he dicho:

«Id a su ciudad.

No está aquí, ni sé cuándo vendrá…»

Era verdad.

Se cansaron de venir.

Y buscaban a otro;

a un cierto Juan, decían que estaba contigo y pensaban que quizás se escondía aquí.

Yo dije:

«Pero si es su apóstol.

Está con Él».

Dijeron: «Acaso es tuerto su apóstol?

¿Es viejo?

¿Está enfermo?

¿Moribundo?».

Comprendí que no eras tú y respondí:

«Conozco sólo al apóstol Juan.

Un joven más bueno que un niño y sano de corazón y de carne»

Me amenazaron.

Pero ¿Qué podía decir sino eso?

Ésta es la verdad…

–               Sí.

Esto es verdad.

Sé siempre veraz;

aunque tuvieras que perjudicarme, no mientas nunca, padre.

–                Señor, mi pelo ha encanecido tratando siempre de obedecer al Señor.

Y entre las obediencias está también la de no decir cosas falsas.

Pero…

¿Por qué te buscan así, Señor?

Yo estaba ciego.

Por tanto, no iba a Jerusalén.

Ahora he vuelto…

Por el puro rito.

Porque quería estar aquí esperándote…

He percibido odio y amor respecto a Ti…

Y he juzgado que hay más odio, que amor entre los jefes del pueblo.

Estaba en el Templo aquella mañana que te querían agredir…

Y huí desolado a esperarte y llorar aquí.

¿Por qué el hombre es tan malo?

–                  Porque ha matado su espíritu…

Y con el espíritu, su capacidad de sentir el remordimiento de ser injusto.

–                  ¡Es verdad!…

¿Y te buscan para hacerte algún daño?

–                 Sí.

–                ¿¡Sí!?

¿Israel quiere dañar a su Rey?

¡Qué horror!

¡Israel se condena a los castigos proféticos!…

¡Oh, me siento contento ahora, de que mi hijo haya muerto…!

Y quisiera morir también yo, para no ver el Pecado de Israel…

Se produce un gran silencio.

Sólo se escucha el rumor de la leña en el hogar…

(El ODIO de los fariseos se explica por la «posesión demoníaca perfecta»

que siempre se camufla con la HIPOCRESÍA…

Pero en este video, vean la respuesta de esta pobre creatura, sobre todo en el minuto 23′, 

casi al final;

cuando los jueces aterrorizados, le preguntan:

¿Cómo te sientes?

Y ella responde:

¡Estamos… Contentos!

En el plano espiritual, tiene su alma completamente destruida…  

En mi misión cómo exorcista puedo atestiguarlo, porque también puedo verla… 

Así como también vi la jugada completa de los demonios en todo el lugar… 

Y sólo puedo orar por ella, porque es indispensable la CONVERSIÓN;

para poder hacer con éxito, una sanación con liberación completa…)

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