679 El Sacrificio Más Grato


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

501 Parábola de los hijos lejanos.

Es una bonita mañana de otoño.

Quitando las hojas rojo-amarillas que cubren el suelo y recuerdan la época del año,

está tan verde la hierba.

Con alguna florecilla abriéndose en las macollas renacidas con las lluvias de Octubre.

Hay un aire tan sereno, que circula entre las ramas en parte ya desnudas,

que a uno le viene la imagen de un comienzo de primavera.

Y mucho más al considerar que las plantas de hojas perennes,

que se mezclan con las de hoja caduca,

ponen la nota alegre de las nuevas hojitas esmeraldinas,

nacidas en los extremos de las ramitas, junto a las ramas desnudas de otras plantas;

de forma que parece que éstas echan las primeras hojas.

Las ovejas salen de los rediles y balando, se encaminan a los pastos,

con los corderos de los partos de otoño.

El agua de una fuente, puesta a la entrada del pueblo,

brilla como líquido diamante bajo el sol que la besa.

Y cayendo en la oscura pila, produce todo un centelleo multicolor,

contra una casita de paredes ennegrecidas por el tiempo.

Jesús se sienta en un murete que limita el camino por un lado y espera.

Los suyos están en torno a Él.

También los habitantes del pueblo.

Los pastores por su parte obligados por el rebaño, para no alejarse demasiado,

en vez de subir más arriba, se esparcen a ambos lados del camino, hacia la llanura.

Por el camino que desde el valle sube al Nebo, de momento no viene nadie.

Los apóstoles preguntan;

–               ¿Y vendrá?

Jesús responde:

–               Vendrá.

Nosotros lo esperaremos.

No quiero defraudar una esperanza en formación y destruir una futura fe.

Un anciano que se calienta al sol,

pregunta:

–               ¿No estáis bien entre nosotros?

Hemos dado lo mejor que teníamos.

Jesús le responde:

–               Mejor que en otros lugares, padre.

Y vuestra bondad recibirá premio de Dios.

–              Entonces háblanos más.

Aquí vienen de vez en cuando cumplidores fariseos y soberbios escribas.

Pero no tienen palabras para nosotros.

Es justo.

Ellos son los separados por altura, de…

TODO.

Y los sabios.

Nosotros…

¿Pero entonces no debemos conocer nada nosotros,

porque la suerte nos haya hecho nacer aquí?

–               En la Casa del Padre mío no hay separaciones ni diferencias,

para los que llegan a creer en Él y a practicar su Ley;

que es el código de su voluntad.

Y ésta es que el hombre viva como justo, para recibir eterno premio en su Reino.

Escuchad:

Un padre tenía muchos hijos.

Algunos habían vivido siempre en estrecho contacto con él;

otros, por distintas razones, habían estado relativamente más lejos del padre.

No obstante, conociendo los deseos paternos a pesar de estar lejos del padre,

podían actuar como si éste estuviera presente.

Otros, por estar aún más lejos y haber sido educados, desde el primer día después de nacer,

por servidores que hablaban otras lenguas y tenían otras costumbres,

se esforzaban en servir a su padre,

según eso poco que más por instinto que por conocimiento, sabían que a él le agradaba.

Un día, el padre que no ignoraba que contrariamente a sus órdenes,

sus servidores se habían abstenido de dar a conocer sus pensamientos a esos hijos lejanos,

porque en su orgullo consideraban a éstos inferiores;

desestimados por el solo hecho de no vivir con su padre…

Quiso reunir a toda su prole.

Y la llamó a su presencia.

Pues bien.

¿Creéis que juzgó según la línea del derecho humano.

Que dio la posesión de los bienes sólo a los que habían estado siempre en su casa.

O cuando menos, no tan lejanos como para impedirles conocer sus órdenes y deseos?

No, él siguió un concepto completamente distinto:

Observando las obras de los que habían sido justos por amor al padre,

al que habían conocido sólo de nombre y habían honrado con todas sus obras,

los llamó junto a sí y dijo:

«Doble vuestro mérito de haber sido justos.

Porque lo fuisteis sólo por vuestra voluntad y sin ayudas.

Venid en torno a Mí.

¡Bien tenéis derecho a ello!

Los primeros me han tenido siempre.

Cada obra suya estaba reglada por mi consejo y era premiada con mi sonrisa.

Vosotros habéis tenido que actuar sólo por fe y amor.

Venid.

Porque en mi casa está preparado vuestro lugar, está preparado desde hace tiempo.

Ante mis ojos no constituye una diferencia el haber estado siempre en casa,

o el haber estado lejos.

Lo que tienen diferencia son las acciones;

que cerca o lejos de mí, mis hijos han llevado a cabo».

Ésta es la parábola.

Y su explicación es ésta:

Que escribas o fariseos, que viven en torno al Templo,

pueden no estar en el Día eterno en la Casa de Dios:

Que muchos que han estado muy lejos de saber siquiera sucintamente las cosas de Dios,

podrán estar entonces en su seno.

Porque lo que da el Reino es la voluntad del hombre, tendida a la obediencia a Dios.

Y no el cúmulo de prácticas y ciencia.

Haced pues, cuanto os he explicado ayer.

Hacedlo sin un excesivo temor que paraliza,

sin el cálculo de evitar con ello el castigo.

Hacedlo por tanto, sólo por amor a Dios que os ha creado para amaros…

Y ser amado por vosotros.

Así tendréis un sitio en la Casa paterna.

Un pastor dice:

–             ¡Háblanos todavía más!

–             ¿Y qué os debo decir?

–             Ayer decías que hay sacrificios más gratos a Dios que el de corderos o machos cabríos.

Y también que hay lepras más vergonzosas que las de la carne.

No he comprendido bien tu pensamiento.

Agrega finalizando:

Antes de que un cordero tenga un año y sea el más hermoso del rebaño, sin mancha ni defecto.

¿Sabes cuántos sacrificios hay que hacer?

¿Y cuántas veces hay que superar la tentación de hacer de él el carnero del rebaño…

O venderlo para ello?

Ahora bien, si durante un año se resiste a toda tentación, se le cuida…

Y uno se encariña con él, perla del rebaño…

¿Sabes lo grande que es el sacrificio de inmolarlo sin ganancia y con dolor?

¿Puede haber un sacrificio más grande que ofrecer al Señor?

–                  Hombre, en verdad…

En verdad te digo que el sacrificio no está en el animal inmolado,

sino en el esfuerzo que has hecho por conservarlo para inmolarlo.

En verdad os digo que está llegando el día en que, como dice la palabra inspirada, (Isaías 1, 11)

Dios dirá:

«No necesito el sacrificio de corderos y machos cabríos»

Exigirá un sacrificio único y perfecto.

Y desde esa hora todo sacrificio será espiritual.

Pero ya está escrito desde hace siglos cuál es el sacrificio que el Señor prefiere.

David (Salmo 51, 18-19) exclama llorando:

«Si Tú hubieras deseado un sacrificio, te lo habría ofrecido, pero no te gustan los holocaustos.

El sacrificio a Dios es el espíritu contrito…

Yo añado: obediente y amoroso; 

porque se puede cumplir también sacrificio de alabanzas, de gozo y de amor,

no sólo de expiación.

El sacrificio a Dios es el espíritu contrito;

«al corazón contrito y humillado Tú, Oh Dios, no lo desprecias».

No.

Vuestro Padre no desprecia tampoco al corazón que ha pecado y se ha arrepentido.

Entonces…

Nuestro verdadero bautismo lleno de gloria y júbilo celestial, es cuando somos capaces de decir: «Crucifícame Señor, porque te adoro sobre todas las cosas…

¿Cómo acogerá el sacrificio del corazón puro, justo, que lo ama?

Este es el sacrificio más grato.

El cotidiano sacrificio de la voluntad humana a la divina que se os muestra en la Ley,

en las inspiraciones y en las cosas que suceden cada día.

Así, no es la lepra de la carne la más vergonzosa y la que más excluye,

de la presencia de los hombres y de los lugares de oración;

antes bien, la lepra del pecado.

Es verdad que ésta pasa muchas veces ignorada de los hombres.

Pero ¿Vivís para los hombres o para el Señor?

¿Todo termina aquí o prosigue en la otra vida?

Ya lo sabéis vosotros.

Entonces, sed santos para no ser leprosos a los ojos de Dios,

«De la abundancia del corazón, habla la boca» Mateo 13,34

que ve en los corazones de los hombres.

Y conservaos limpios en el espíritu para poder vivir eternamente.

–                ¿Y si uno ha pecado fuertemente?

–               Que no imite a Caín, que no imite a Adán y Eva.

Sino que corra a los pies de Dios…

Y con verdadero arrepentimiento le pida piedad.

Un enfermo, un herido, va al médico para curarse.

El pecador, que vaya a Dios para obtener perdón.

Yo…

Un grito interrumpe a Jesús…

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