683 La Hora de Satanás


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

503 Los apóstoles indagan acerca del Traidor. 

Jesús sigue caminando incansablemente, junto con su comitiva apostólica,

por los caminos de Palestina.

Con el río aún a su derecha, Él camina en el mismo sentido de la bonita agua:

azul y esplendente en los lugares donde el sol la besa;

verde-turquí en las orillas,

donde la sombra de los árboles se refleja con sus verdes oscuros.

Jesús está en medio de sus discípulos.

Bartolomé le pregunta:

–              ¿Entonces vamos realmente hacia Jericó?

¿No temes alguna asechanza?

Jesús responde:

–              No temo.

Llegué a Jerusalén para la Pascua por otro camino.

Ellos frustrados,

ya no saben dónde prenderme sin llamar demasiado la atención de la gente.

Créeme Bartolomé: para mí hay menos peligro en una ciudad muy poblada,

que por senderos lejanos.

El pueblo es bueno y sincero, pero también es impetuoso.

Se amotinaría, si me capturaran estando Yo entre ellos para evangelizar y curar.

Las serpientes trabajan en la soledad y en la sombra.

Y además…

Tengo todavía hoy, hoy y hoy para trabajar…

Luego…

Vendrá la hora del Demonio y vosotros me perderéis.

Para hallarme de nuevo después.

Creed esto.

Y sabed creerlo cuando los hechos, parezcan desmentirme más que nunca.

Los apóstoles suspiran afligidos.

Lo miran con amor y pena.

Juan emite un gemido:

«¡No!»

Pedro lo rodea con sus cortos y robustos brazos, como para defenderlo…

Y dice:

–             ¡Oh, mi Señor y Maestro!

No dice nada más.

Pero hay mucho en esas pocas palabras.

–              Así es, amigos.

Para esto he venido.

Sed fuertes.

Ya veis cómo voy seguro hacia mi meta, como uno que va hacia el Sol.

Y sonríe a este Sol que lo besa en la frente.

Mi Sacrificio será un Sol para el mundo.

La luz de la Gracia bajará a los corazones, la paz con Dios los hará fecundos;

los méritos de mi martirio harán a los hombres capaces de ganarse el Cielo.

¿Y qué quiero sino esto?

Poner vuestras manos en las manos del Eterno, Padre mío y vuestro.

Y decir:

«Mira, conduzco de nuevo a ti a estos hijos.

Mira Padre, están limpios.

Pueden volver a Ti».

Veros arropados en su seno y decir:

“Amaos porque el Uno y los otros ansiáis esto.

Sufríais agudamente por no haberos podido amar».

Ésta es mi alegría.

Cada día que me acerca al cumplimiento de este retorno,

de este perdón, de esta unión;

aumenta mi ansia de consumar el Holocausto para daros a Dios y su Reino.

Jesús está solemne y casi extático mientras dice esto.

Se mueve erguido, con su túnica azul y su manto más oscuro…

Con la cabeza descubierta, en esta hora aún fresca de la mañana.

Parece sonreír a una visión…

La del pueblo cristiano del siglo XXI, que SEGUIRÁ CREYENDO,

aunque los sucesos parezcan desmentirlo… 

Los que están a su alrededor, no pueden ver lo que Él puede…

Lanzando su vista espiritual a través del Tiempo…

Jesús está solemne y casi extático mientras dice esto.

Sigue un momento de silencio y empieza de nuevo la marcha…

Camina erguido, con su túnica azul, su manto más oscuro y la cabeza descubierta,

en esta hora aún fresca de la mañana.

Parece sonreír a una visión…

¡Quién sabe cuál!

Que sus ojos ven, contra el fondo azul de un cielo sereno.

El Sol, que lo besa en la mejilla izquierda, enciende más aún su esplendorosa mirada

y coloca relumbres de oro en sus cabellos movidos por un leve viento y por su paso.

Que acentúa el rojo de los labios abiertos para la sonrisa y parece encender todo el rostro

de una alegría que en realidad viene del interior de su adorable Corazón,

encendido por la caridad hacia nosotros.

Tomás pregunta:

–                Maestro…

¿Puedo decirte una palabra?

–                ¿Cuál?

–                Anteayer dijiste que el Redentor, Tú;

tendrá un traidor.

¿Cómo podrá un hombre traicionarte a ti, Hijo de Dios?

–                 Un hombre, efectivamente, no podría traicionar al Hijo de Dios…

Dios como el Padre.

Pero éste no será un hombre.

Será un demonio en cuerpo de hombre.

El más poseído, el más endemoniado de los hombres.

María de Mágdala tenía siete demonios.

Y el endemoniado de hace unos días estaba dominado por Belcebú.

Pero en éste, estará Belcebú y toda su corte demoníaca…

¡Oh, verdaderamente el Infierno estará en ese corazón…

Dándole coraje para vender como cordero al jifero, el Hijo de Dios a sus enemigos!

Judas pregunta:

–                Maestro, ¿Ahora este hombre está ya en posesión de Satanás?

–                No, Judas.

Pero se inclina hacia Satanás.

E inclinarse hacia Satanás quiere decir ponerse en las condiciones de caer en él.

Andrés indaga:

–                   ¿Y por qué no viene a ti para curarse de su inclinación?

¿Sabe que la tiene o lo ignora?

–                  Si lo ignorara no sería culpable como lo es.

Porque sabe que tiende al mal y que no persevera en las resoluciones de salir de él.

Si perseverara vendría a Mí…

Pero no viene…

El veneno penetra y mi cercanía no lo purifica, porque no la desea sino que huye de ella…

¡Este es, hombres, vuestro error!

Cuanta más necesidad tenéis de Mí, más huís de Mí»

Mateo cuestiona:

–              ¿Pero ha venido a ti alguna vez?

¿Lo conoces?

¿Y nosotros lo conocemos?

–               Mateo, Yo conozco a los hombres antes incluso de que ellos me conozcan.

Tú lo sabes y éstos lo saben.

Yo soy el que os llamé porque os conocía.

Mateo insiste:

–               ¿Pero nosotros lo conocemos?

–               ¿Podéis no conocer a uno que se acerca a vuestro Maestro?

Vosotros sois mis amigos y compartís conmigo el alimento, el descanso y las fatigas.

Hasta mi casa os he abierto, la casa de mi Madre santa.

Os llevo a mi casa para que el aura que en ella suavemente sopla…

Os haga capaces de comprender el Cielo con sus voces y mandatos.

Os llevo a mi casa como un médico lleva a sus enfermos convalecientes,

poco antes resurgidos de una serie de enfermedades;

a fuentes saludables que los fortalezcan venciendo los restos de las enfermedades

que siempre pueden hacerse de nuevo nocivas.

Por tanto, no tenéis desconocimiento de ninguno de los que se acercan a Mí.

Pedro pregunta:

–                ¿En qué ciudad lo has visto?

–                ¡Pedro, Pedro!

–                Es verdad, Maestro, soy peor que una mujer chismosa.

Perdóname.

Pero es el amor, ya sabes…

–                 Ya sé.

Y por esto te digo que no siento aversión por este defecto tuyo.

Pero quítatelo también.

–                    Sí, Señor mío.

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