684 El Pecado de Pedro


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

503a  Un saduceo 

El sendero, encajonado entre una hilera de árboles y una pequeña acequia,

se estrecha.

Y el grupo se hace más lineal.

Jesús va hablando precisamente con Judas, al cual da indicaciones para las compras y las limosnas.

Detrás, de dos en dos, van los otros.

En la cola solo, Pedro.

Piensa.

Camina cabizbajo, tan recogido en sus pensamientos;

que ni siquiera se da cuenta de que se va quedando distanciado de los otros.

Uno que pasa a caballo, se dirige a él;

diciendo:

–              ¡Eh, tú, hombre!

¿Estás con el Nazareno?»

Pedro responde:

–              Sí.

¿Por qué?

–             ¿Vais a Jericó?»

–             ¿Te preocupa saberlo?

Yo no sé nada.

Sigo al Maestro y no pregunto nada.

Dondequiera que vaya, bien hecho está.

El camino es el de Jericó…

Pero no hay que descartar que regresáramos a la Decápolis.

¡Quién sabe!

Pedro levanta el brazo señalando.

Y agrega:

Si quieres saber más, allí está el Maestro.

El hombre espolea.

Pedro le hace detrás una mueca curiosa.

Y barbota:

–                  No me fío, ¡No! señorón.

¡Sois todos una masa de perros!

No quiero ser yo el traidor.

Me juro a mí mismo: «Esta boca quedará sellada».

Esto es…

Haciendo una señal en sus labios como si los cerrara con candado.

El hombre que va a caballo ya ha llegado donde Jesús.

Y tiene una breve conversación con Él.

Ello da la manera a Pedro de alcanzar a los otros.

Cuando el hombre se marcha, hace un gesto de saludo a Judas de Keriot.

Ninguno lo advierte.

Sólo Pedro, que viene el último y que parece no aplaudir ese saludo.

Toma a Judas de una manga;

y le pregunta:

–              ¿Quién es?

¿Lo conoces?

¿Y por qué?

Judas responde:

–             De vista.

Es un rico de Jerusalén.

–             Tienes amistades encumbradas tú, ¿Eh?

Bien…

Si es que es bien.

Pero…

Dime: ¿Es ese cara de zorra el que te dice tantas cosas?…

–              ¿Qué cosas?

–              ¡Hombre, pues las que dices que sabes sobre el Maestro!

–              ¿Yo?

–               Sí.

Tú.

¿No te acuerdas de aquel atardecer de agua y barro, cuando la crecida?

–               ¡Ah!

No, no.

¿Pero piensas todavía en unas palabras dichas en un momento de malhumor?

–             Yo pienso en todo lo que puede perjudicar a Jesús:

Cosas, personas, amigos, enemigos…

Y siempre estoy dispuesto a mantener las promesas que hago,

a quien quiera perjudicar a Jesús.

Adiós.

Judas lo mira de forma curiosa mientras se marcha.

En su mirada hay estupor, dolor, enojo…

E incluso más:

Hay odio.

Pedro llega donde Jesús y lo llama.

Jesús le responde:

–              ¡Oh!

¡Pedro!

¡Ven!

Jesús le pone un brazo en los hombros.

Pedro pregunta

–              ¿Quién era ese híspido judío?

Jesús le dice:

–              ¿Híspido, Pedro?

¡Si estaba todo liso y perfumado!

–               Tenía híspida la conciencia.

Desconfía, Jesús.

–              Te he dicho que no es todavía mi tiempo.

Y cuando ese tiempo llegue, ninguna desconfianza me salvará…

Si es que quisiese salvarme.

Si Yo quisiera salvarme, hasta las piedras gritarían.

Y me formarían una cubierta en torno.

–                Será así…

Pero, desconfía…

¡Maestro!

–              ¿Pedro?

¿Qué te sucede?

–               Maestro…

Tengo una cosa que decirte y un peso en el corazón.

–              ¿Una cosa?

¿Un peso?

–               Sí.

El peso es un pecado.

La cosa es un consejo.

–               Empieza por el pecado».

–               Maestro… yo…

Yo odio…

Siento repulsa, eso es;

si es que no es odio…

Porque Tú no quieres que haya odios, por uno de nosotros.

Me da la impresión de estar cerca de una madriguera,

de donde sale hedor de serpientes en celo…

Y temo que salgan para dañarte.

Ese hombre es una madriguera de serpientes…

Y él mismo está en celo con el demonio.

–              ¿Cómo lo deduces?

–              Bueno, pues…

No sé.

Soy rudo e ignorante, pero tonto no soy.

Estoy acostumbrado a leer en los vientos y en las nubes…

Y me ha venido ojo también para los corazones.

Jesús…

Tengo miedo.

–                No juzgues, Pedro.

Y no sospeches.

La sospecha crea quimeras.

Se ve lo que no existe.

–               Dios eterno quiera que no haya nada.

Pero yo no estoy seguro.

–               ¿Quién es, Pedro?

–              Judas de Keriot.

Se jacta de tener amistades encumbradas.

Incluso hace poco…

Ese mala facha lo ha saludado como se saluda a alguien conocido.

Antes no las tenía.

–              Judas es el que recibe y reparte.

Tiene posibilidades de tratar con los ricos.

Es hábil.

–             ¡Ya!

Es hábil

Maestro, dime la verdad…

¿Tú no sospechas?

–                  Pedro, te quiero entrañablemente por tu corazón.

Pero quiero que seas perfecto.

Y perfecto no es el que no obedece.

Te he dicho:

No juzgues y no sospeches.

–                Sí pero no me dices…

–                Dentro de poco estaremos cerca de Jericó.

Nos pararemos a esperar a una mujer que no puede recibirnos en su casa…

–                ¿Por qué?

¿Es una pecadora?».

–               No.

Es una desdichada.

Ese hombre a caballo que tanto fastidio te ha dado,

ha venido a decirme que la espere.

Y la voy a esperar, aunque sé que nada puedo hacer por ella.

¿Y sabes quién ha puesto sobre mis pasos a la mujer y a ese hombre?

Judas.

Como ves, por motivo honesto conoce a ese judío.

Pedro agacha la cabeza y calla, confuso.

Quizás no convencido y curioso todavía.

Pero calla.

Jesús se detiene fuera de los muros de la ciudad.

Cansado,

se sienta a la sombra fresca de un sotillo que da sombra a una fuente;

al lado de la cual hay cuadrúpedos abrevando.

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