685 Milagro Negado


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

503b  la infeliz mujer de un nigromante.

Los discípulos se sientan, también esperando.

Parece ser una parte muy secundaria de la ciudad,

porque, aparte de estos caballos y asnos, sin duda de mercaderes en viaje;

no hay gente.

Viene una mujer, arropada en un manto oscuro y con el rostro muy cubierto.

El velo, tupido y oscuro, baja hasta la mitad de la cara.

Viene con ella el saduceo ahora a pie;

acompañado de tres hombres pomposamente vestidos.

El jefe de los saduceos dice:

–               Te saludamos, Maestro.

Jesús responde:

–               Paz a vosotros.

–              Ésta es la mujer.

Escúchala y concédele lo que desea.

–               Si puedo.

–               Tú puedes todo.

–               ¿Lo crees, saduceo?

El saduceo es el que iba a caballo.

–               Creo en lo que veo.

–               ¿Y has visto que puedo?

–               Lo he visto.

–               ¿Y sabes por qué puedo?

Silencio.

–              ¿Puedo saber cómo juzgas que puedo?

Silencio

Jesús deja de ocuparse de él y de los otros.

Habla a la mujer:

–             ¿Qué quieres?

–              Maestro…

Maestro…

–              Habla sin temor.

La mujer mira oblicuamente a sus acompañantes,

los cuales lo interpretan a su manera.

El jefe saduceo, vuelve a hablar:

–             Esta mujer tiene a su marido enfermo y te pide su curación.

Es persona influyente, de la corte de Herodes.

Te conviene concederle lo que te pide.

–             No por ser influyente…

Sino por su infelicidad, se lo concederé si puedo.

Ya lo he dicho.

¿Qué le pasa a tu marido?

¿Por qué no ha venido?

¿Por qué no quieres que yo vaya a verlo?

Nuevo silencio y nueva mirada oblicua.

–               ¿Quieres hablarme sin testigos?

Ven.

Se separan unos pasos.

–                Habla.

Ella dice:

–                Maestro…

Yo creo en Tí.

Creo tanto, que estoy segura de que sabes todo sobre él….

Sobre mí, sobre nuestra desgraciada vida…

Pero él no cree…

Te odia…

Y él…

–             Y él no puede sanar porque no tiene fe.

No sólo no tiene fe en Mí…

Tampoco tiene fe en el Dios verdadero.

–             ¡Ah!

¡Tú sabes!

La mujer llora desesperadamente.

Y sollozando confiesa:

–             ¡Es un infierno mi casa!

¡Un infierno!

Tú liberas a los poseídos.

Sabes por tanto, lo que es el Demonio.

¿Pero a este demonio sutil, inteligente, falso e instruido, lo conoces?

¿Sabes a qué perversiones conduce?

¿Sabes a qué pecados?

¿Sabes la destrucción que causa en torno a sí?

¿Mi casa?

¿¡Es una casa!?

¡No!

Es el umbral del Infierno.

¿Mi marido?

¿Es mi marido?

Ahora está enfermo y no cuida de mí.

Pero, incluso cuando estaba fuerte y deseoso de amor…

¿Era un hombre el que me abrazaba, el que me tenía, el que me poseía?

¡No!

Yo estaba entre las espiras de un demonio;

sentía el hálito y la baba de un demonio.

Lo he querido mucho, lo amo.

Soy su mujer y me tomó la virginidad cuando yo era poco más que niña:

Tenía poco más de catorce años.

Pero, aunque la hora me transportase a aquella primera hora.

Y con ella me recordase las sensaciones intactas del primer abrazo que me hizo mujer…

Yo, con la parte más elevada de mí lo primero.

Luego con la carne y la sangre sentía repulsa, repulsa de horror…

Cuando me daba cuenta de que él estaba manchado con la nigromancia.

Me parecía que no mi marido;

sino los muertos que él invocaba eran los que estaban sobre mí,

saciándose de mí…

Y también ahora con sólo mirarlo moribundo.

Todavía abismado en esa magia, siento repulsión.

No lo veo a él…

Veo a Satanás.

¡Oh, dolor mío!

Ni siquiera en la muerte estaré con él, porque la Ley lo prohíbe.

Sálvalo, Maestro.

Te pido que lo cures para darle tiempo de sanar.

La mujer llora angustiosamente.

–                ¡Pobre mujer!

No, Yo no puedo curarlo.

–                ¿Por qué, Señor?

–                Porque él no quiere.

–                Sí.

¡Es verdad!

Tiene miedo de la muerte.

Sí, sé que quiere.

–              No quiere.

No es un demente, no es un poseído que no conozca su estado.

Que no pida la liberación porque no tenga la facultad del pensamiento libre.

No es uno que tenga impedida la voluntad.

Es uno que quiere ser lo que es.

Sabe que lo que hace está prohibido.

Sabe que está maldecido por el Dios de Israel.

Pero persiste.

Aunque lo curase y empezaría por el alma…

Él volvería a su satánico disfrute.

Su voluntad está corrompida.

Es un rebelde.

No puedo.

La mujer llora más fuerte.

Se acercan los que la han acompañado.

–              ¿No la complaces en lo que te pide, Maestro?

–              No puedo.

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