688 El Encargo para Margziam


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

504 Margziam preparado para la separación. 

Aún no amanece…

Jesús dice a sus apóstoles:

–                Levantaos.

Nos marchamos.

Vamos de nuevo al río.

Buscamos una barca.

Ve tú Pedro, con Santiago.

Buscad una barca que nos lleve hasta las cercanías de Betabara.

Estaremos un día donde Salomón.

Y luego…

Pedro dice:

–               ¿Pero no íbamos a Nazaret?

–               No.

Por la noche he decidido.

Lo siento por vosotros.

Debo volver para atrás.

Margziam exclama:

–            ¡Qué alegría! 

¡Estaré más tiempo contigo! 

Jesús le dice:

–              Sí.

Aunque pobre niño, a mi lado ves días muy tristes.  

Margziam responde:

–              Pues precisamente por eso deseo quedarme contigo.

Para darte amor.

Es lo único que quiero.

No pido nada más.

Jesús lo besa en la frente.

Mateo pregunta:

–              ¿Vamos a pasar otra vez por Betabara?

–              No.

Atravesaremos el río con la barca de algún pescador.

Regresan Pedro y Santiago.

Pedro dice:

–              Ninguna barca, Maestro.

Hasta el atardecer…

Y…

¿Debo decirlo?

–              Dilo.

–              Han pasado por aquí algunos…

Deben haber pagado bien o amenazado fuertemente…

No creo que encuentres barca tampoco al atardecer…

Son unos despiadados…

Pedro suspira.

Jesús dice:

–             No importa.

Vamos a ponernos en camino…

El Señor nos ayudará.

La época del año es mala.

Llueve.

Hay fango.

El camino está lodoso.

En la orilla, la lluvia se suma al rocío de la noche, abundante a lo largo del río.

Pero de todas formas, van por el estrecho realce que orilla el camino;

menos fangoso y menos expuesto…

Debido a una hilera de chopos que protegen mucho,

al estilicidio de la lluvia, diminuta pero continua;

menos expuesto cuando un soplo de viento no hace caer de golpe,

todas las gotas de agua retenidas entre las ramas.

Recogiéndose la túnica, el siempre alegre Tomás,

dice filosóficamente:

–             ¡Bueno, ya es su tiempo!

Suspirando, Bartolomé confirma:

–             ¡Es su tiempo!

Pedro dice:

–             Ya nos secaremos en algún lugar.

No estarán todos…

Irritados contra nosotros.

Santiago de Alfeo, añade:

–               Podremos encontrar una barca…

¡No es seguro que no!

Judas dice:

–                Si tuviéramos mucho dinero se encontraría todo.

¡Pero no quiso que fuera a vender a Jericó!

Juan suplica:

–                 ¡Calla!

Te lo ruego.

El Maestro está muy afligido.

¡Calla!

–                  Callo.

Es más, no hago más que alegrarme de su indicación.

Así no se puede decir que yo haya mandado a esos saduceos de cerca de Jericó.

Y mira a Pedro.

Pero Pedro está absorto y no ve ni responde.

Siguen caminando bajo la lluvia menuda, fina como niebla, en este día grisáceo.

De vez en cuando hablan entre sí.

Pero las palabras que dicen, parecen conclusiones de un diálogo con un invisible interlocutor;

tanto que parece como si hablaran consigo mismos:

–                  Al final tendremos que detenernos en algún lugar.

–                  Todos los lugares son iguales…

Porque a todos vienen ellos.

–                  Persecución por persecución, lo mejor es estar en una ciudad:

Al menos uno no se moja.

–                 ¿Pero a dónde quieren llegar?

–                 ¡Pobre María!

¡Si supiera!»

–                 ¡Dios Altísimo, protege a tus siervos!…

Luego se juntan y debaten en voz baja.

Jesús va delante, solo…

¡Solo!

Hasta que llegan Margziam y el Zelote.

Diciendo:

–                    Los otros han bajado al guijarral.

–                   Para ver si hay barca…

–                   Tardaríamos menos.

–                   ¿Nos quieres contigo?

Jesús dice:

–                    Venid.

¿De qué hablabais antes?

–                   De lo que sufres Tú.

–                  Y del odio de los hombres.

¿Qué podemos hacer para aliviarte y para frenar el odio? – pregunta el Zelote.

–                  Para mi dolor está vuestro amor…

Para el odio…

No hay más remedio que soportarlo…

Es una cosa que termina con la vida de la Tierra…

Y este pensamiento da paciencia y fortaleza mientras se soporta.

¡Margziam!

¡Niño!

¿Por qué estás turbado?

–                  Porque esto me recuerda a Doras…

–                  Tienes razón.

Ya es tiempo de que te mande otra vez a casa…

–                  ¡No!

¡Jesús!

¡No!

¿Por qué quieres castigarme por un mal que no he hecho?

–                  No es castigar.

Es preservar…

No quiero que recuerdes a Doras.

¿Qué se levanta en ti, tras este recuerdo?

Responde…

Margziam llora con la cabeza agachada.

Luego levanta la cara y dice:

–               Tienes razón.

Mi espíritu no es capaz de ver y perdonar, no es todavía capaz.

Pero ¿Por qué me alejas de Ti?

Si sufres, con mayor razón debo estar a tu lado.

¡Tú me has consolado siempre!

Ya no soy ese niño necio que el año pasado te decía:

«No me dejes ver tu dolor».

Soy ahora un verdadero hombre.

¡Deja que me quede!

¡Señor!

¡Díselo tú, Simón!

–                 El Maestro sabe lo que es bueno para nosotros.

Y quizás…

Quiere darte algún encargo…

No sé…

Estoy diciendo lo que pienso…

–                  Es como has dicho.

Lo habría tenido conmigo, con gran satisfacción, hasta después incluso de las Encenias.

Pero…

Mi Madre está sola allá arriba.

El ruido que produce el odio es muy fuerte.

Podría temer más de lo necesario.

Mi Madre está sola.

Y seguro que llora.

Irás donde Ella, le llevarás mi saludo y le dirás que la espero para después de las Encenias.

Y no digas nada más, Margziam.

–                  ¿Pero si me pregunta?

–                  Puedes no mentir diciendo…

Que la vida de su Jesús está como este cielo de Etanim.

Nubes y lluvia, alguna vez borrasca.

Pero no faltan los días de sol.

Como ayer, como quizás mañana.

Callar no es mentir.

Háblale de los milagros que has visto.

Dile que Elisa está conmigo, que Ananías me ha acogido como un padre.

Que en Nob estoy en casa de un buen israelita.

Lo demás…

Sobre lo demás esté el silencio.

Luego irás a estar con Porfiria.

Y estarás allí hasta que Yo te llame.

Margziam llora más fuerte.

Simón pregunta:

–                  ¿Por qué lloras así?

¿No estás contento de ir donde María?

Ayer lo estabas…

–                   Ayer sí.

Porque íbamos todos.

Y además lloro porque tengo miedo de no volver a verte…

¡Oh, Señor, Señor!

¡Ya nunca veré días tan felices como lo han sido estos días!

–                   Nos veremos todavía, Margziam.

Te lo prometo.

–                   ¿Cuándo?

No antes de la Pascua.

¡Es mucho tiempo!

Jesús calla.

–                   ¿Verdaderamente no me quieres contigo antes de Pascua?

Jesús le pone un brazo en los hombros todavía gráciles y lo arrima a Sí.

–                   ¿Por qué quieres saber el futuro?

Hoy estamos aquí.

Mañana ya no estamos.

Ni el hombre más rico y poderoso, no puede añadir un día a su vida.

La vida y todo el futuro, está en las manos de Dios…

–                   Pero para Pascua debo ir al Templo.

Soy israelita.

¡Tú no puedes hacerme pecar!

–                  No pecarás.

Y el primer pecado que me debes prometer que no harás nunca, es el de la desobediencia.

Obedecerás.

Siempre.

A Mí ahora…

A quien te hable en mi Nombre después.

¿Lo prometes?

Recuerda que Yo, tu Maestro y Dios, he obedecido a mi Padre y obedeceré hasta el…

Fin de mi tiempo.

Jesús se muestra solemne al decir estas últimas palabras.

Margziam casi fascinado, dice:

–                 Obedeceré.

Lo juro.

Ante Ti y ante el Dios eterno.

Sigue un momento de silencio.

Luego el Zelote pregunta:

–                  ¿Sube solo?

–                  No, por supuesto.

Con unos discípulos.

Encontraremos otros además de Isaac.

–                 ¿Mandas a Isaac también a Galilea?

–                  Sí.

Regresará con mi Madre.

Llaman desde el río.

Los tres se mueven.

Cruzan el camino y van hacia el agua.

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