694 Dios Viene y Pasa


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

507a El gran debate con los judíos. 

Jesús se encuentra con sus dos discípulos, a un lado de la Torre Antonia…

Mannahém, vestido sencillamente de marrón oscuro y Margziam,

simultáneamente dicen;

–                 ¿Maestro, hemos tardado?

–                 ¡Eran muchos los leprosos!

Jesús responde:

–                 No.

Habéis tardado poco.

De todas formas, vamos;

los otros nos esperan.

Mientras caminan,

Jesús pregunta:

–                 ¡Mannahém…!

¿Has sido tú el que ha avisado a los romanos?

Totalmente sorprendido, el hermano de Herodes,

explica:

–                 ¿De qué, Señor?

No he hablado con nadie.

Y no sabría…

Las romanas no están en Jerusalén».

Cuando llegan junto a la puerta de la muralla…

Providencialmente y como si estuviera por azar, encuentran allí al levita Zacarías…

Que lo saluda diciendo:

–               La paz a Ti, Maestro.

Quiero decirte…

Trataré de estar siempre cerca de Tí, aquí dentro.

No me pierdas de vista.

Si hay tumulto y ves que me marcho, trata de seguirme siempre.

¡Te odian mucho!

No Puedo hacer más…

Compréndeme…

–                Que Dios te lo pague y te bendiga por la piedad que tienes por su Verbo.

Haré lo que dices.

Y no temas, que ninguno sabrá de tu amor por Mí.

Se separan.

Mannahém susurra:

–                Quizás ha sido él el que se lo ha dicho a los romanos.

Estando ahí dentro, habrá sabido…

Van a orar.

Terminada la Oración, pasando entre la gente, que los mira con diversos sentimientos…

Todos se reúnen y caminan detrás de Jesús.

Él vuelve del patio de los Hebreos, dirigiéndose al Patio de los Gentiles…

Fuera ya de la segunda muralla, Jesús hace ademán de detenerse;

pero un grupo mixto de escribas, fariseos y sacerdotes, lo rodea.

Uno de los magistrados del Templo habla por todos;

diciendo:

–                ¿Estás todavía aquí?

¿No comprendes que no te aceptamos?

¿No temes siquiera el peligro que te amenaza?

Vete.

Ya es mucho si te dejamos orar.

No te permitimos ya más que enseñes tus doctrinas.

Un coro airado se levanta:

–              Sí.

–              Vete.

–               ¡Vete, blasfemo!

Jesús responde:

–                Sí.

Me voy, como queréis.

Y no sólo fuera de estos muros.

Me voy a marchar.

Estoy ya marchándome más lejos, a donde ya no podréis ir.

Y llegarán horas en que me buscaréis también vosotros.

Y ya no sólo para perseguirMe.

Sino también por un supersticioso terror, de una acción contra vosotros por haberMe echado;

por una ansia supersticiosa, de ser perdonados de vuestro pecado para obtener misericordia.

Pero os digo que ésta es la hora de la misericordia, la hora de hacerse amigos del Altísimo.

Pasada esta hora, será inútil todo remedio.

Ya no me tendréis…

Y moriréis en vuestro pecado.

Aunque recorrierais toda la Tierra y lograrais alcanzar astros y planetas…

No me encontraríais.

Porque a donde Yo voy vosotros no podéis ir.

Ya os lo he dicho.

Dios viene y pasa.

El sabio lo acoge con sus dones cuando pasa.

El necio lo deja marcharse y ya no vuelve a encontrarlo.

Vosotros soy de abajo, Yo soy de arriba.

Vosotros sois de este mundo, Yo no soy de este mundo.

Por eso, una vez que Yo haya regresado a la morada de mi Padre, fuera de este mundo vuestro…

Ya no me encontraréis y moriréis en vuestros pecados;

porque ni siquiera sabréis alcanzarme espiritualmente con la Fe.

Varios le gritan con odio:

–                ¿Te quieres matar, endemoniado?

–                 Claro que entonces;

en el Infierno donde bajan los violentos nosotros no podremos alcanzarte.

–                  Porque el Infierno es de los condenados, de los malditos…

–                  Y nosotros somos los benditos hijos del Altísimo.

Otros aprueban, apoyando;

diciendo:

–                  Seguro que se quiere matar, porque dice que a donde Él va nosotros no podemos ir.

–                 Comprende que ha sido descubierto y que ha fallado el intento.

–                 Se quita la vida sin esperar a que se la quiten, como al otro galileo falso Cristo.

Y otros, benévolos cuestionan:

–                ¿Y si fuera realmente el Cristo?

–               ¿Y realmente volviera a Aquel que lo ha enviado?

–               ¿A dónde?

–               ¿Al Cielo?

–              ¿No está allí Abraham y piensas que va a ir Él?

–               Antes tiene que venir el Mesías.

—              Pero Elías fue raptado al Cielo en un carro de fuego.

–               En un carro, sí.

–              Pero al Cielo…

–              ¿Quién lo asegura?

Y el contraste continúa…

Mientras fariseos, escribas, magistrados, sacerdotes, judíos al servicio de sacerdotes, escribas y fariseos;

van siguiendo a Cristo por los amplios pórticos…

Como una jauría de perros acosa a la salvajina levantada.

Pero algunos, los buenos de la masa hostil;

aquellos a quienes verdaderamente mueve un deseo honesto, se abren paso hasta llegar a Jesús.

Y le hacen esa ansiosa pregunta que tantas veces se ha oído hacer,

con amor o con odio:

–               ¿Quién eres Tú?

–                Dínoslo, para que sepamos obrar en consecuencia.

–               ¡Di la verdad en nombre del Altísimo!

Jesús declara:

–               Yo Soy la Verdad misma y no uso nunca la mentira.

Yo Soy el que siempre os he dicho que Soy.

Desde el primer día que he hablado a las muchedumbres, en todo lugar de Palestina;

el que aquí he dicho que Soy varias veces, cerca del Santo de los Santos.

Cuyos rayos no temo porque digo la verdad.

Todavía me quedan de decir muchas cosas…

Y de juzgar en mi Día respecto a este pueblo.

Aunque parezca para Mí cercano ya el atardecer, sé que las diré y que juzgaré a todos.

Porque así me lo ha prometido El que me ha enviado, que es veraz.

El ha hablado conmigo en un eterno abrazo de amor, diciéndome todo su Pensamiento;

para que Yo lo pudiera expresar con mi Palabra al mundo.

Y no podré callar, ni nadie podrá hacerme callar;

hasta que haya anunciado al mundo todo aquello que he oído al Padre mío.

Gesticulando casi con los puños delante de la cara;

pareciendo, a causa del odio, personas trastornadas.

Los enemigos de Jesús, le dicen:

–              ¿Y todavía blasfemas?

–              ¿Sigues llamándote Hijo de Dios?

–             ¿Y quién piensas que te va a creer?

–              ¿Quién crees que va a ver en ti al Hijo de Dios?

Apóstoles, discípulos y la gente bienintencionada los rechazan;

formando una barrera de protección para el Maestro.

El levita Zacarías, lentamente…

Con movimientos atentos para no llamar la atención de los energúmenos;

se acerca a Jesús, a Mannahém y a los dos hijos de Alfeo.

Y los va guiando…

Ya están en el final del Pórtico de los Paganos…

Porque la marcha es lenta entre las corrientes contrarias.

Y Jesús se detiene en su sitio habitual,

en la última columna del lado oriental.

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