Archivos diarios: 16/01/23

696 Los Hijos de Satanás


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

507c El gran debate con los judíos. 

En el Templo de Jerusalén, en el Patio de los Gentiles…

Otro amplio rumor se propaga por el vasto recinto, como rumor de olas.

Pero en este rumor faltan las voces ásperas de los fariseos, escribas y de los judíos a ellos subyugados.

Jesús aprovecha para tratar de marcharse.

Pero algunos que estaban lejos se acercan a Él…

Y señalando a los enemigos, le dicen:

–                Maestro, escúchanos.

No todos somos como ellos, pero nos es costoso seguirte.

Incluso porque tu voz está sola;

contra una gran abundancia de voces que dicen lo contrario de lo que dices Tú.

Y las cosas que dicen…

Ellos son las que hemos oído a nuestros padres desde que éramos niños.

Pero tus palabras nos inducen a creer.

¿Cómo lograremos creer completamente y tener vida?

Estamos como atados por el pensamiento del pasado…

Jesús responde:

–                  Si os establecéis en mi Palabra como si renacierais ahora…

Creeréis completamente y seréis mis discípulos.

Pero es necesario que os despojéis del pasado y aceptéis mi Doctrina, que no borra todo el pasado;

sino que mantiene vigorizando lo santo y sobrenatural del pasado…

Y quita lo superfluo humano.

Colocando la perfección de mi Doctrina donde ahora están las doctrinas humanas, que siempre son imperfectas.

Si venís a Mí, conoceréis la Verdad.

Y la Verdad os hará libres.

–                  Maestro, es verdad que te hemos dicho que estamos como atados por el pasado.

Pero este vínculo no es cautiverio ni esclavitud.

Nosotros somos descendencia de Abraham.

En las cosas del espíritu.

Porque con «descendencia de Abraham», si no nos equivocamos;

se quiere significar descendencia espiritual contrapuesta a la de Agar, que es descendencia de esclavos.

¿Cómo es que dices, entonces, que seremos libres?

–                 Os hago la observación de que también era descendencia de Abraham Ismael y los hijos de él.

Porque Abraham fue padre de Isaac y de Ismael.

–                   Pero impura, porque era hijo de una mujer esclava y egipcia.

–                   En verdad, en verdad os digo que no hay más que una esclavitud:

La del pecado.

Sólo el que comete pecado es un esclavo.

Y esta esclavitud ninguna moneda la rescata.

Porque la domina un amo implacable y cruel.

Una esclavitud que incluye la pérdida de todos los derechos a la libre soberanía en el Reino de los Cielos.

El esclavo, el hombre hecho esclavo por una guerra o por desgracias, puede caer en manos de un buen amo.

Pero siempre es precaria su buena posición, porque el amo puede venderlo a otro amo, cruel.

El esclavo es una mercancía y nada más.

A veces sirve como moneda para saldar una deuda.

Y ni siquiera tiene el derecho a llorar.

El criado, sin embargo, vive en la casa de su señor, si bien sólo mientras éste no lo despide.

Pero el hijo se queda siempre en la casa de su padre y el padre no piensa en echarlo.

Sólo por su libre voluntad puede salir.

Y en esto está la diferencia entre esclavitud y servidumbre;

entre servidumbre y filiación.

La esclavitud encadena al hombre.

La servidumbre lo pone al servicio de un señor.

La filiación lo coloca para siempre y con igualdad de vida, en la casa del padre.

La esclavitud aniquila al hombre.

La servidumbre lo somete, la filiación lo hace libre y feliz.

El pecado hace al hombre esclavo del amo más cruel y sin término:

Satanás.

La servidumbre, en este caso la antigua Ley;

hace al hombre temeroso de Dios, como de un Ser intransigente.

La filiación;

o sea, el ir a Dios junto con su Primogénito, conmigo;

hace del hombre un ser libre y feliz, que conoce la caridad de su Padre y en ella confía.

Aceptar mi Doctrina es ir a Dios junto conmigo, Primogénito de muchos hijos preferidos.

Yo romperé vuestras cadenas.

Basta con que vengáis a Mí para que las rompa.

Y seréis verdaderamente libres y coherederos conmigo del Reino de los Cielos.

Sé que sois descendencia de Abraham.

Pero aquel de vosotros que trate de hacerme morir, ya no honra a Abraham sino a Satanás.

Y sirve a éste como fiel esclavo.

¿Por qué?

Porque rechaza mi Palabra;

de forma que mi Palabra no puede penetrar en muchos de vosotros.

Dios no fuerza al hombre a creer, no lo fuerza a aceptarMe;

pero me envía para que os indique cuál es su Voluntad.

Y Yo os refiero lo que he visto y oído al lado de mi Padre.

Yo hago lo que Él quiere.

Pero aquellos de vosotros que me persiguen,

hacen lo que han aprendido de su padre y lo que él sugiere.

Como paroxismo que resurge después de una pausa del Mal;

la ira de los judíos, fariseos y escribas, que parecía muy calmada, se despierta violenta.

Se van introduciendo como una cuña en el círculo compacto que aprieta a Jesús…

Tratando de acercarse a Él.

La masa de gente se mueve con vaivén de fuertes y contrarias ondas;

como contrarios son los sentimientos de los corazones.

Lívidos de ira y de odio,

le gritan los judíos:

–                  ¡El padre nuestro es Abraham!

–                  ¡No tenemos ningún otro padre!

Jesús responde:

–                  El Padre de los hombres es Dios.

El mismo Abraham es hijo del Padre universal.

Pero muchos repudian al Padre verdadero a cambio de uno que no es padre.

Pero lo eligen como tal,

porque parece más poderoso y dispuesto a contentarlos en sus deseos desordenados.

Los hijos hacen las obras que ven hacer a su padre.

Si sois hijos de Abraham…

¿Por qué no hacéis las obras de Abraham?

¿No las conocéis?

¿Os las debo enumerar como naturaleza y como símbolo? (Génesis 12; 13; 15; 18; 22)

Abraham obedeció, yendo al país que le fue indicado por Dios.

Y es figura del hombre que debe estar preparado para dejar todo e ir a donde Dios lo envíe.

Abraham fue condescendiente con el hijo de su hermano y le dejó elegir la región preferida.

Es figura del respeto a la libertad de acción y de la caridad que debemos tener para con nuestro prójimo.

Abraham fue humilde después de la predilección de Dios y lo honró en Mambré.

Se sintió siempre nada respecto al Altísimo, que le había hablado;

es figura de la postura de amor reverencial que el hombre debe tener siempre hacia su Dios.

Abraham creyó en Dios…

Y lo obedeció incluso en las cosas más difíciles de creer y penosas de cumplir…

Y por el hecho de sentirse seguro no se hizo egoísta, sino que oró por los de Sodoma.

Abraham no buscó un pacto con el Señor queriendo un premio por sus muchas obediencias;

sino al contrario, para honrarlo hasta el fin, hasta el máximo límite, le sacrificó su amadísimo hijo…

–                  No lo sacrificó.

–                  Le sacrificó su amadísimo hijo;

porque verdaderamente su corazón ya había sacrificado durante el trayecto;

con su voluntad de obedecer;

que fue detenida por el ángel,

cuando ya el corazón del padre se partía, estando para partir el corazón de su hijo.

Mataba al hijo por honrar a Dios.

Vosotros le matáis a Dios el Hijo por honrar a Satanás.

¿Hacéis vosotros las obras de aquel a quien llamáis padre?

No, no las hacéis.

Tratáis de matarMe a Mí porque os digo la verdad tal y como la he oído de Dios.

Abraham no hacía eso.

No trataba de matar la voz que venía del Cielo, sino que la obedecía.

No, vosotros no hacéis las obras de Abraham, sino las que os indica vuestro padre.

Un coro airado refuta:

–                 No hemos nacido de una prostituta.

–                 No somos espurios.

–                 Has dicho…

Tú mismo lo has dicho, que el Padre de los hombres es Dios.

–                 Nosotros además somos del Pueblo elegido.

–                 Y pertenecemos a las castas distinguidas de este Pueblo.

–                 Por tanto, tenemos a Dios como único Padre.

—                Si reconocierais a Dios como Padre en espíritu y en verdad, me amaríais…

Porque Yo procedo y vengo de Dios.

Ciertamente no vengo de Mí mismo, sino que es Él el que me ha enviado.

Por eso, si verdaderamente conocierais al Padre, me conoceríais también a Mí como Hijo suyo.

Y hermano y Salvador vuestro.

¿Pueden los hermanos no reconocerse?

¿Pueden los hijos de Uno solo no conocer el lenguaje que se habla en la Casa del único Padre?

¿Por qué entonces, no comprendéis mi lenguaje y no toleráis mis palabras?

Porque Yo vengo de Dios y vosotros no.

Vosotros habéis abandonado el hogar paterno.

Y habéis olvidado el rostro y el lenguaje de Aquel que lo habita.

Habéis ido voluntariamente a otras regiones, a otras moradas:

donde reina otro, que no es Dios.

Donde se habla otro idioma.

Y quien allí reina impone que para entrar, uno se haga hijo suyo y lo obedezca.

Vosotros lo habéis hecho y seguís haciéndolo.

Vosotros abjuráis, renegáis del Padre Dios para elegiros otro padre.

Y éste es Satanás.

Vosotros tenéis como padre al Demonio y queréis llevar a cabo lo que él os sugiere.

Los deseos del Demonio son de pecado y violencia.

Y vosotros los acogéis.

Desde el principio era Homicida.

Y no perseveró en la verdad.

Porque él, que se rebeló contra la Verdad, no puede tener en sí amor a la verdad.

Cuando habla, habla como lo que es.

O sea, como mentiroso y tenebroso, porque verdaderamente es mentiroso;

ha engendrado y ha dado nacimiento a la mentira;

tras haberse fecundado con la soberbia y nutrido con la rebelión.

Toda la concupiscencia está en su seno.

Vapor de soberbia que no dispersó, sino lo acogió y aumentó Y decidió NO SERVIR

La escupe y la inocula para envenenar a las criaturas.

Es el tenebroso, el menospreciador, el rastrero reptil maldito, es el Oprobio y el Horror.

Desde hace muchos siglos sus obras atormentan al hombre.

Las señales y frutos de ellas están ante las mentes de los hombres.

Y no obstante a él, que miente y destruye, le prestáis oídos;

mientras que si hablo Yo y digo lo que es verdad y es bueno…

No me creéis y me llamáis pecador.

¿Pero quién de entre los muchos que me han conocido, con odio o amor;

puede decir que me ha visto pecar?

¿Quién puede decirlo con verdad?

¿Dónde, las pruebas para convencernos a Mí y a los que creen en Mí de que soy pecador?

¿Contra cuál de los Diez Mandamientos he faltado?

¿Quién, ante el altar de Dios,

puede jurar que me ha visto violar la Ley y las costumbres,

los preceptos, las tradiciones, las oraciones?

¿Quién de entre todos los hombres podrá hacerme mudar el rostro por haber sido convencido,

con pruebas seguras, de pecado?

Ninguno puede hacerlo.

Ningún hombre y ningún ángel.

Dios grita en el corazón de los hombres:

«Es el Inocente»