Archivos diarios: 20/01/23

700 Ideas Imperfectas


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

508a El pequeño Marcial-Manasés acogido por José de Seforí.  

Jesús con Juan, llega hasta una casa vieja que a la vez es una bodega y un almacén.

La puerta es alta y estrecha.

En ella hay tres escalones que los años han consumido.

Es la casa de José de Séforis…

Es una casa estrecha y alta.

Al lado tiene un almacén bajo y maloliente lleno de mercancías apiladas.

Junto a éste hay un patio, oscuro a causa de las paredes que se alzan por encima de él.

Un patio con aspecto casi de posada (como eran entonces las posadas):

Pórticos para las mercancías, cuadras para los burros…

Cuartos o grandes estancias, para los huéspedes.

Aquí hay un patio malamente adoquinado;

un pilón, dos cuadras bajas y oscuras, un rústico cobertizo que hace de pórtico, adosado a la casa.

Con una portezuela que da al almacén.

Al lado de éste está la casa: vieja, oscura.

Con una puerta alta y estrecha que se abre sobre tres peldaños de piedra consumida por el uso.

Juan llama a la puerta y espera…

Hasta que un ventanillo se abre y una cara rugosa de anciana escruta desde la penumbra…

Que al descubrirlo, dice:

–                ¡Oh, Juan!

Abro en seguida.

Dios sea contigo.

Y la puerta se abre con mucho ruido de cerrojos.

Juan dice:

–                  No estoy solo, María.

Está conmigo el Maestro.

–                  La paz también a Él, honor de Galilea.

Y feliz el día que trae los pies del Santo a la casa de un verdadero israelita.

Entra, Señor.

Voy inmediatamente a avisar a José.

Está haciendo las últimas entregas…

Porque el ocaso viene solícito en el triste Etanim.

Jesús responde:

–                 Déjalo con su trabajo, mujer.

Nos vamos a detener hasta mañana.

–                 Gran alegría para nosotros.

Te esperábamos desde hacía tiempo.

Y también, hace días tu hermano José ha mandado a alguien para pedir noticias tuyas.

Pero mi marido te explicará mejor.

Pues aquí puedes estar…

Te dejo, Señor, porque estoy ultimando el pan.

Antes del ocaso debe estar cocido.

Para cualquier cosa que quieras, Juan sabe dónde encontrarme.

–               Ve en paz.

No nos hace falta nada, aparte de hospedarnos.

Se quedan solos durante un tiempo.

Luego una carita de tez morena, se asoma por la cortina que separa de un pasillo la habitación…

Dando una ojeada, tímida y curiosa al mismo tiempo.

Jesús pregunta:

–               ¿Quién es ese niño?

Juan responde:

–                No lo sé, Señor.

No estaba las otras veces.

La verdad es que desde que estoy contigo, aquí, por el padre mío, no he vuelto.

Y volviéndose hacia el niño, lo llama:

Ven aquí, niño.

El niño se acerca con pasos cortos.

–              ¿Quién eres?

–               No te lo digo.

–              ¿Por qué?

–               No quiero que se me digan cosas feas.

Si las dices te contesto…

Y José no quiere.

–               ¡Esta si que es nueva!

Maestro, ¡Qué piensas Tú?

Y Juan ríe, divertido por las razones del hombrecito.

También Jesús sonríe.

Pero alargando su brazo, acerca hacia Sí al niño.

Lo observa.

Luego dice:

–               ¿Y tú sabes quién Soy?

–               ¡Sí que lo sé!

Eres el Mesías.

El que hará todo el mundo suyo.

Y entonces no se les dirá cosas feas a los niños como yo.

–               ¿No eres de Israel, verdad?

–               Soy circunciso…

Me hizo mucho daño…

Pero, pero hacía daño también el hambre y…

El no tener ya a mi mamá…

Ni a nadie…

Pero todavía hace daño el oír que se…

Que nos…

Y habiendo perdido toda la intrepidez inicial, llora.

–               Debe ser algún huérfano extranjero, Juan.

José debe haberlo recogido por compasión y circuncidado…

Explica Jesús a Juan, que está asombrado de las razones y del llanto.

Jesús levanta al niño y se lo pone encima de las rodillas.

Mientras dulcemente le dice:

–               Dime tu nombre, pequeño.

Yo te quiero.

Jesús quiere a todos los niños y especialmente a los huerfanitos.

Yo también tengo uno, que se llama Margziam y que….

–                 Yo también así, porque yo…

(la pequeña voz se hace susurro apenas perceptible)

Porque yo soy romano…

–               ¡Te lo había dicho!

¿Y eres huérfano, verdad?

–               Sí…

De mi padre no me acuerdo.

De mi mamá, sí.

Murió cuando yo ya era grande…

Me quedé solo y ninguno me quería consigo.

Caminé desde Cesárea a pie, detrás de los viandantes…

Después de que el patrón se marchó otra vez, lejos.

Tenía mucha hambre.

Y si decía mi nombre, palos…

Porque se comprendía por el nombre, ¡¿Eh?!

Luego vine aquí, durante una fiesta.

Y tenía hambre.

Entré en los establos con una caravana y me escondí entre la paja;

para comer el pienso y las algarrobas de los asnos.

Un burro me mordió y grité.

Vinieron y me querían pegar.

Pero José dijo:

«No, Él lo ha hecho y dice que se haga lo que Él hace.

Tomo al niño y lo haré israelita»

Me tomó consigo y me cuidó junto con María.

Me puso otro nombre, porque el mío…

Pero mi mamá me llamaba Marcial…

Y las lágrimas vuelven a brotar, junto con los sollozos.

–             Yo te llamaré Marcial, como tu mamá.

Es muy bueno lo que ha hecho José contigo.

Debes quererlo mucho.

–                  Sí.

Pero más a Ti.

Lo dice él.

Dice siempre: «Si un día te encuentras con Jesús de Nazaret, el Mesías.

Ámalo con todo tu ser, porque es por Él por quien estás salvado del error».

María decía allí a la criada, que estaba en casa el Mesías…

Y he venido para ver al que me había salvado.

Juan dice:

–              No sabía que José hubiera hecho esto.

Era tan… celoso…

Jamás habría pensado que pudiera…

¡Pobre José!

Celoso y desencantado de sus hijos.

No han respetado su pelo blanco.

–               Lo sé.

Pero, ¿Ves?

Quizás en este niño se renueva…

Y olvida.

Dios lo compensa así la obra hecha con el niño.

Y pregunta al niño:

–               ¿Cómo te llamas ahora?

–               Con un feo nombre.

No me gusta aunque sólo sea porque empieza como el mío:

¡Me llamo Manasés!…

Pero María que comprende, me llama «Man»

Y el niño lo dice con una carita tan acongojada…

Que Jesús y Juan no pueden contener la sonrisa.

Pero Jesús para consolarlo,

explica:

–               Manasés es un nombre que para nosotros tiene un dulce significado.

Quiere decir: «el Señor me ha hecho olvidar todo dolor»

José te lo ha puesto queriendo significar que tú le vas a hacer olvidar todos sus dolores.

Y lo harás pequeño.

Para mostrarle agradecimiento.

Tú mismo con el nuevo nombre, te dices que el Señor te ha amado tanto,

que te ha dado un nuevo padre, una madre y una casa.

¿No es verdad?

–              Sí.

Explicado así, sí…

Pero José dice que debo olvidar también mi casa.

¡No quiero olvidar a mi mamá!

Jesús mira a Juan.

Juan mira al Maestro.

Y por encima de la cabecita morena hay toda una conversación de miradas…

–              No se debe olvidar a la propia mamá, niño.

José se ha explicado mal.

O mejor: tú has comprendido mal.

Sin duda quería decir que debes olvidar todo el dolor de tu pasado…

El dolor de tu casa, porque ahora tienes ésta y tienes que ser feliz.

–                 ¡Ah, así sí!

María es buena y me hace feliz.

Ahora me está haciendo las tortas.

Voy a ver si están hechas y te las traigo también a Ti.

Se desliza hasta el suelo desde las rodillas de Jesús y corre afuera de la habitación.

El ruido de los piececitos descalzos se pierde en el largo pasillo.

Jesús dice:

–               ¡Esta tendencia persiste siempre, incluso en los mejores de nosotros!

¡Pretender lo imposible!

¡Son más severos que Dios, los hijos de su pueblo!

¡Pobre niño!

¿Se puede acaso, pretender que un hijo olvide a la madre porque ahora sea circunciso?

Se lo voy a decir a José.

–                No tenía ninguna noticia de que hubiera hecho esto.

Mi padre, como muchos galileos, baja aquí durante las fiestas.

Y no me ha hablado, como no sabiendo la cosa…

¡Ah!

Oigo la voz de José…

Jesús se pone en pie y Juan hace lo mismo.

Preparados ambos para saludar con los debidos honores al jefe de la casa…

Que entra y a su vez hace profundas reverencias;

para terminar arrodillándose a los pies de Jesús,

que le indica:

–               Levántate José.

He venido.

Ya lo ves.

José obedece, disculpándose:

–               Perdona si te he hecho esperar.

¡El viernes es siempre un gran día!

A ti la salud, Juan.

¿Tienes noticias de Zebedeo?

–                No, desde los Tabernáculos.

Ahí le vi.

–                Pues ahora sabes que está bien.

Y lo mismo Salomé.

Noticias frescas de esta mañana, con la última carga de pescado.

Y también a Ti, Maestro.

Te puedo decir que todos tus parientes están bien en Nazaret.

Al día siguiente del sábado, el que ha venido partirá.

Por si queréis enviar noticias…

¿Estáis solos?

–               No.

Dentro de poco estarán aquí los otros…

–               ¡Bien!

Hay sitio para todos.

Ésta es una casa fiel.

Siento que María haya estado ocupada con el pan y yo con las ventas.

Dejados así solos…

No te hemos dado el honor ni ofrecido la compañía que corresponden al Huésped.

¡Y gran huésped!

–                   Un hijo de Dios como tú, José.

Todos iguales, los que siguen la Ley de Dios.

–             ¡No, no!

Tú eres Tú.

No soy un necio como estos judíos.

¡Tú eres el Mesías!

–               Por voluntad de Dios.

Pero por voluntad mía y deber, soy hijo de la Ley como tú.

–                  Los que te calumnian no saben decir ni hacer…

Lo que ahora dices y siempre haces.

–                 Pero tú haces mucho de lo que enseño.

He visto al niño, José.

–                 ¡Ah!

¿Lo has visto?

¡Ha venido!

¡Sabe que no quiero!

Por Ti…

Me agrada.

Pero podías no haber sido Tú…

–               ¿Y entonces?

¿Qué habría sucedido?

–               Que…

¡Bueno, que no me gusta!

–               ¿Por qué, José?

¿Por no recibir alabanzas?

Tu idea es encomiable;

pero el niño podría pensar que te avergüenzas de mostrarlo…

–               ¡Y es verdad!

–              ¿Es verdad?

¡Por qué?

Explícame esto.

–                Pues mira…

El niño no ha nacido hebreo de hebreos, ni siquiera de prosélitos.

Tampoco de mujer hebrea y padre gentil.

Es hijo de los romanos.

Libertos de casa de un romano que estaba en Cesárea Marítima…

Y que había tenido consigo al niño mientras estuvo allí.

Pero cuando partió, no se ocupó de él y se quedó solo.

Los hebreos, naturalmente no lo acogieron.

Los romanos…

Tú sabes lo que son los romanos…

¡Y además esos romanos de Cesárea!

El niño, mendigando…

–               Sí.

Lo sé.

Llegó hasta aquí y tú lo acogiste.

Dios ha escrito tu acción en el Cielo.

–               ¡Y hecho de él un circunciso!

Le he cambiado el nombre.

¡El suyo!

¡Pagano!

¡Idólatra!

Pero no quiero que esté a la vista de la gente y que recuerde su pasado.

Dulcemente, Jesús pregunta:

–                ¿Por qué, José?

El niño sufre por esto.

Se acuerda de su madre.

¡Es comprensible!

–               Pero también es comprensible mi deseo de no ser criticado;

por haber acogido a un…

Jesús lo interrumpe,

diciendo:

–                A un inocente.

Solamente esto, José.

¿Por qué temes el juicio de los hombres,

cuando un juicio más alto, el divino, sanciona tu acto como santo?

¿Por qué te avergüenzas, por respeto humano o temor a represalias, de una acción buena?

¿Por qué quieres dar al niño una muestra de doblez como la que surge,

de haberle cambiado el nombre, de ahogar el pasado buscando, por miedo, evitar un daño?

¡Por qué quieres inculcar en el niño el desprecio hacia su padre y su madre?

Mira José, has hecho una acción digna de alabanza, pero la cubres de polvo con estas…

Ideas imperfectas.

Has imitado un gesto mío.

Has acogido mis palabras.

Esto está bien.

¿Pero por qué no haces perfecta mi imitación cumpliendo abiertamente la obra y diciendo:

«Sí, el niño era romano.

Y yo no me he espantado de ello, porque es hijo del Creador como nosotros.

Lo único, he querido que estuviera dentro de nuestra Ley y lo he circuncidado?

En verdad…

La verdadera circuncisión está llegando y la nueva incisión se hará en el corazón de los hombres;

de donde será extirpado el anillo estrangulador de la ternaria concupiscencia.

Así que, si…

Bueno si el niño hubiera seguido en su ingenuidad hasta ese momento…

Pero no quiero reprenderte por esto.

Has hecho bien, tú hebreo, haciéndolo hebreo.

Pero déjale su nombre.

¡Cuántos Marciales, Cayos, Félix, Cornelios, Claudios, etc. serán del Cristo y del Cielo!

Puede estar él también entre ellos, el niño que no sabe de hebreos ni de gentiles;

el niño que llegará a la eterna mayoría de edad, cuando la verdadera y nueva Ley,

quede fundada con el nuevo Templo y con los nuevos sacerdotes.

Y no como tú crees…

Sino examinado por Dios y hallado digno de su verdadero Templo.

Déjalo con el nombre que su madre le dio.

Es una caricia materna todavía para él.

Comprendo lo que has querido decir llamándolo Manasés, pero déjale Marcial.

Y a quien te pregunte puedes decirle:

«Sí, es Marcial;

casi como el discípulo del Cristo, al que le dio el nombre María».

Sé valiente en el bien, José.

Y serás grande, muy grande.

–            Maestro…

Como Tú quieras.

No quiero causarte desagrado.

¡Y crees que…

He hecho bien también como hombre?

–               Has hecho bien.

Tu dolor te ha hecho bueno.

Por lo cual, es bueno todo lo que has hecho.

Y también esto.

Unos golpes en la puerta de la calle interrumpen la conversación.