701 El Sacerdote Nathán


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

509 El anciano sacerdote Nathán acogido con los apóstoles y discípulos que han huido del Templo.

En la casa de José de Séforí.

Pedro entra y cae en el mismo estado de abatimiento en que cayó en el Jordán,

después de vadear en Betabara:

Se relaja derrengado en el primer asiento que encuentra y mete la cabeza entre las manos.

Los otros no están tan abatidos.

Pero sí turbados, pálidos.

Desconcertados, lo están todos;

unos más, otros menos.

Los hijos de Alfeo, Santiago de Zebedeo y Andrés,

casi no responden al saludo de José de Seforí y de la mujer de éste.

La cual llega con una anciana criada, trayendo pan caliente y alimentos varios.

Margziam presenta signos de haber llorado.

Isaac acude hacia Jesús, le toma la mano y se la acaricia,

susurrando:

–              Igual que en la noche de la matanza…

Y otra vez salvo.

¡Oh, mi Señor, hasta cuándo?

¿Hasta cuándo podrás salvarte?

Éste es el grito que abre las bocas.

Y todos confusamente hablan;

refiriendo los maltratos, las amenazas, los miedos sufridos…

Otro golpe en la puerta.

Judas dice:

–             ¿Oye, no nos habrán seguido?

¡Por eso os dije que viniéramos en pequeños grupos!…

Bartolomé concede:

–              Hubiera sido mejor, sí.

Los tenemos siempre pisándonos los talones.

Pero ya…

José aunque con pocas ganas, va personalmente a mirar por el ventanillo…

Mientras su mujer dice:

–              Desde la terraza podéis bajar a las cuadras y de allí al huerto de atrás.

Os lo voy a mostrar…

Pero mientras se encamina,

su marido exclama:

–              ¡El Anciano José!

¡Qué honor!

Abriendo la puerta, deja entrar a José de Arimatea.

Que saluda diciendo:

–              Paz a ti, Maestro.

Estaba y he visto…

Saliendo yo del Templo profundamente asqueado, Mannahém me ha encontrado.

Y no poder intervenir, no poder hacerlo, para serte más útil y…

¡Oh!

¿Estás también tú aquí, Judas de Keriot?

Tú podrías hacerlo…

Tú que eres amigo de tantos.

¿No sientes el deber de hacerlo, tú que eres su apóstol?

Judas replica:

–             Tú eres discípulo…

–              No.

Si lo fuera, lo seguiría como le siguen otros.

Soy un amigo suyo.

–              Es lo mismo.

–              No.

También Lázaro es amigo suyo.

Y no querrás decir que es discípulo…

–              En el alma, sí.

–              Todos los que no son diablos son discípulos de su Palabra;

porque la sienten palabra de Sabiduría.

La pequeña disputa entre José y Judas de Keriot se agota.

Mientras José de Seforí, comprendiendo ahora -no antes- que algo malo ha sucedido…

Pregunta a éste o a aquél con interés y muestras de dolor.

Recibidas las respuestas exclama:

–               ¡Hay que decírselo a José de Alfeo!

¡Eso hay que decirlo!

Y encargaré…

¿Qué quieres, José?

Pregunta volviéndose al Anciano, que le ha tocado el hombro para llamar su atención.

José de Arimatea responde:

–             Nada.

Sólo quería felicitarte por tu buen aspecto.

Éste es un buen israelita.

Fiel y justo en todo.

¡Sí, yo lo sé!

De él se puede decir que Dios lo ha probado y conocido…

Otra llamada a la puerta.

Los dos José se dirigen juntos hacia ella para abrirla.

José de Arimatea se inclina para decirle al oído algo al otro…

Que reacciona con un gesto de viva sorpresa y se vuelve un momento a mirar hacia los apóstoles.

Luego abre la puerta.

Nicodemo y Mannahém entran, seguidos de todos los pastores-discípulos presentes en Jerusalén.

O sea, de Jonathán y de los que fueron discípulos de Juan el Bautista.

Junto con ellos, está el sacerdote Juan con otro muy anciano y Nicolái.

Y al final de todos, las discípulas.

Nique con la jovencita que le ha sido confiada por Jesús.

Analía con su madre.

Se quitan el velo que esconde sus caras y aparecen sus rostros turbados.

Jonathán pregunta:

–               ¡Maestro!

¿Pero qué te está sucediendo?

Lo he sabido…

Antes por la gente que por Mannahém…

La ciudad está llena de estas voces, como una colmena de zumbidos.

Nique informa:

–               Los que te aman te buscan con solicitud en los lugares donde piensan que estás.

Claro, también han ido a tu casa, José…

Yo misma estaba yendo a las casas de Lázaro…

¡Esto es demasiado!

¿Cómo te has salvado?

Jesús responde:

–                 La Providencia ha velado en defensa de Mí.

No lloren las discípulas;

antes bien, bendigan al Eterno y fortalezcan el propio corazón.

A todos vosotros, gracias y bendiciones.

No está del todo muerto el amor en Israel.

Y ello me consuela.

Nicodemo dice:

–               Sí.

Pero no vayas más al Templo, Maestro.

Durante mucho no vayas.

¡No vayas!

Las voces son unánimes al decir estas palabras.

Y el angustioso «no vayas» retumba entre las robustas paredes de la vieja casa,

con voz de suplicante advertencia.

El pequeño Marcial, escondido en alguna parte, siente ese rumor…

Curioso, acude y mete la carita en la fisura de la cortina.

Al ver a María va donde ella y se refugia entre sus brazos por temor a la reprensión de José de Seforí.

Pero José está demasiado intranquilo y ocupado en escuchar a uno o a otro;

en aconsejar, en aprobar, etc. como para ocuparse de él.

La anciana María le ha dicho algo al niño…

Éste va donde Jesús y echándole los brazos al cuello, lo besa.

Jesús le coge con un brazo y lo arrima a Sí;

mientras responde a los muchos que le dicen lo que creen que sea mejor hacer.

–              No.

No me muevo de aquí.

A casa de Lázaro que me esperaba, id vosotros a decir que no puedo.

Yo, galileo y amigo de años de la familia, me quedo aquí hasta el ocaso de mañana.

Y luego…

Pensaré a dónde ir…

Pedro dice:

–                  Siempre dices esto.

Y luego vuelves allá.

Pero ya no te dejaremos ir.

Yo al menos.

Verdaderamente te he creído perdido…

Y dos lágrimas se le forman de nuevo, en la comisura de sus ojos abombados.

El anciano que acompaña al sacerdote Juan;

Sentencia:

–               Nunca he visto una cosa así.

Y ya basta.

Esto me ha hecho decidirme.

Si no me rechazas…

Estoy ya demasiado viejo para el altar, pero para morir por Ti valgo todavía.

Y moriré si hace falta, entre el vestíbulo y el altar, como el sabio Zacarías;

o como Onías, defensor del Templo y del Tesoro (2 Crónicas 24, 17-22; 2 Macabeos 4, 30-35)

Moriré fuera del sagrado recinto al que he consagrado mi vida.

¡Pero Tú me abrirás un lugar más santo!

¡No, no puedo seguir viendo la abominación!

¿Por qué mis viejos ojos han tenido que ver tanto?

¡La abominación vista por el Profeta (Daniel 9, 27; 11, 31; 12, 11) está ya dentro de los muros y sube!

¡Sube como un movimiento de aguas que la riada empuja para sumergir a una ciudad!

¡Sube, sube!

Invade los patios y los pórticos, supera los escalones, penetra más adelante.

¡Sube! ¡Sube!

¡Choca ya contra el Santo!

¡La ola fangosa lame ya las piedras que pavimentan el sagrado lugar!

¡Ensombrece los exquisitos colores!

¡Ensucia ya el pie del Sacerdote!

¡Moja la túnica!

¡Empapa el efod!

¡Vela las piedras del racional y ya no se pueden leer las palabras!

¡Oh! ¡Oh!

Las ondas de la abominación suben hasta el rostro del Sumo Sacerdote y lo embadurnan.

Y la Santidad del Señor está debajo de una costra de fango.

La tiara es como un tejido caído en un pantano lodoso.

¡Fango!

¡Fango!

¿Pero sube desde fuera?

¿O es que desde lo alto del Moriah rebosa cayendo sobre la ciudad y sobre todo Israel?

¡Padre Abraham! ¡Padre Abraham!

¿No querías encender allí el fuego del sacrificio (Génesis 22, 1-18)

para que resplandeciera el holocausto del corazón fiel?

¡Ahora, donde debía haber fuego, brota lodo a borbotones!

Isaac está en medio de nosotros y el pueblo lo inmola.

Pero si pura es la Víctima…

Si pura es la Víctima…

Emponzoñados están los sacrificadores.

¡Anatema sobre nosotros!

¡Encima del monte el Señor verá la abominación de su pueblo!…

¡Ah!…

El hombre cae abatido al suelo, se cubre la cara…

Y rompe en un desolado llanto de anciano.

El sacerdote Juan explica:

–                 Te lo traía…

Hace mucho que quiere…

Pero hoy, después de lo que ha visto, nadie podía retenerlo…

El anciano Nathán tiene frecuentemente espíritu profético.

Y si bien la vista de sus pupilas se vela cada vez más, la de su espíritu cada vez más se ilumina.

Acepta a mi amigo, Señor.

–                  No rechazo a nadie.

Levántate sacerdote.

Y eleva el espíritu.

En lo alto no hay fango.

El fango no toca a quien sabe estar arriba.

El anciano sacerdote, lleno de reverencia y adoración…

Postrado como está;

toma el borde extremo de la túnica de Jesús y lo besa;

antes de levantarse.

Las mujeres, especialmente Analía, todavía lloran en su velo conmovidas.

Las palabras del anciano aumentan su llanto.

Jesús las llama.

Y ellas desde su rincón, van cabizbajas hasta el Maestro.

Si Nique y la madre de Analía saben reprimir el llanto y tenerlo casi escondido;

Analía la joven discípula solloza abiertamente;

sin contención respecto a quienes la observan no con el mismo sentimiento.

La madre dice:

–               Perdónala, Maestro.

Te debe la vida y te ama.

No soporta pensar que te dañen.

Y además se ha quedado tan…

Sola y tan…

Triste después de que…

Parte por los sollozos, parte por vergüenza o por otros motivos;

Analía objeta:

–                ¡No, no es por eso!

¡No, no es por eso!

¡Señor!

¡Maestro!

¡Salvador mío! Yo…

Yo…

Analía no logra hablar.

Judas dice:

–               Ha temido represalias porque es discípula.

Sin duda es por eso.

Muchos se marchan por ese motivo…

La jovencita se rebela con fuerza a la insinuación de Judas.

Diciendo:

–               ¡No!

¡Menos todavía por eso!

Tú no comprendes nada, hombre.

O es que prestas tu pensamiento a otros.

Pero Tú, Señor, sabes por qué lloro.

Mi temor ha sido que hubieras muerto y que no te hubieras acordado de la promesa…

Finaliza con un suspiro.

Jesús le responde:

–                 Nunca olvido.

No temas.

Ve a tu casa tranquila a esperar la hora de mi triunfo y de tu paz.

Ve.

De un momento a otro se pondrá el sol.

Retiraos, mujeres.

Y la paz sea con vosotras.

Nique dice:

–               Señor…

No querría dejarte.

–                La obediencia es amor.

–                Es verdad, Maestro.

¿Pero por qué no yo también como Elisa?

–                Porque tú me eres útil aquí, como ella en Nob.

¡Ve, Nique, ve!

Que algunos hombres acompañen a las mujeres, para que no sean importunadas.

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