702 Corazón Circuncidado


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

509a El anciano sacerdote Nathán acogido con los apóstoles y discípulos que han huido del Templo.

Mannahém y Jonathán se preparan a obedecer.

Pero Jesús detiene a Jonatán preguntándole:

–                ¿Entonces vuelves a Galilea?

–                Sí, Maestro.

El día después del sábado.

Me manda mi patrón.

–              ¿Tienes sitio en el carro?

–               Voy solo, Maestro.

–                Entonces llevarás contigo a Margziam y a Isaac.

Tú, Isaac, sabes lo que debes hacer.

Y tú también, Margziam…

Isaac con su pacífica sonrisa;

Margziam con un temblor de llanto en la voz y en los labios,

simultáneamente responden:

–                Sí, Maestro.

Jesús lo acaricia.

Y Margziam, olvidando todo comedimiento, se deja caer sobre su pecho,

diciendo:

–               ¡Dejarte…!

¡Ahora que te persiguen todos!…

¡Oh, Maestro mío!

¡No volveré a verte!…

Has sido todo mi Bien.

¡Todo he encontrado en Ti!…

¿Por qué me mandas irme?

¡Déjame morir contigo!

¿Qué crees que me importe ya la vida, si no te tengo a Ti?

–                Te digo a ti lo que le he dicho a Nique.

La obediencia es amor.

El pastor discípulo se despide:

–                ¡Me voy!

¡Bendíceme, Jesús!

Jonathán se marcha con Mannahém, con Nique y las otras tres mujeres.

También los otros discípulos se marchan en pequeños grupos.

Sólo cuando la habitación -antes muy llena- casi se vacía, se nota la falta de Judas de Keriot.

Y muchos se sorprenden, porque estaba allí poco antes y no ha recibido ningún encargo.

Para impedir comentarios,

Jesús dice:

–                Habrá ido a comprar para nosotros.

Y sigue hablando con José de Arimatea y Nicodemo…

Que son los únicos que junto con los once apóstoles y Margziam, se han quedado.

Margziam está al lado de Jesús con la avidez de disfrutar de Él estas últimas horas.

De esta manera Jesús está entre Margziam jovencito y Marcial niño;

morenitos, delgaditos, igualmente infelices en su niñez…

E igualmente recogidos en nombre de Jesús por dos buenos israelitas.

José de Seforí y su esposa se han eclipsado prudentemente, para dejar libre al Maestro.

Nicodemo pregunta:

–               ¿Quién es este niño?

–               Es Marcial.

Un niño que José ha tomado como hijo.

–               No lo sabía.

–               Nadie, o casi nadie, lo sabe.

José observa:

–               Muy humilde, ese hombre.

Otro habría sacado a relucir su acción.

–               ¿Tú crees?…

Marcial, ve a enseñarle la casa a Margziam…

Y una vez que los dos se han marchado,

Jesús sigue hablando:

–                Estás en un error, José.

¡Qué difícil es juzgar con justicia!

–                Pero, Señor…

Recoger a un huérfano, porque está claro que es un huérfano…

Y no jactarse de ello, es humildad.

–                El niño, lo dice su nombre…

No es de Israel…

–                ¡Ah, ahora entiendo!

Hace bien entonces en tenerlo oculto.

–                Pero ha sido circuncidado…

–                No importa…

Ya sabes…

También Juan de Endor estaba circuncidado…

Y fue para Ti ocasión de censura.

José, que además es galileo, podría tener problemas a pesar de la circuncisión.

Hay muchos huérfanos también en Israel…

La verdad es que con ese nombre…

Y con el aspecto…

–                  ¡Hay que ver!

¡Sois todos «Israel», incluso los mejores;

incluso cuando hacéis el bien no comprendéis y no sabéis ser perfectos!

¿No entendéis todavía que Uno solo es el Padre de los Cielos…

Y que todas las criaturas son hijas suyas?

¿No entendéis todavía que el hombre puede recibir un único premio o un único castigo,

que sean verdaderamente premio o castigo?

¿Por qué haceros esclavos del miedo a los hombres?

¡Ah!

Esto es el fruto de la corrupción de la Ley divina tan trabajada,

tan oprimida por leyezuelas humanas,

que se llega a ofuscar y a oscurecer incluso el pensamiento del justo que la practica.

¿Acaso en la Ley mosaica y por tanto, divina;

o en la premosaica únicamente moral, surgida por inspiración celeste;

está escrito que el que no era de Israel no podía entrar a formar parte de él?

¿No se lee en el Génesis (Génesis 17, 12):

«Cumplidos ocho días, todo niño varón que esté entre vosotros sea circuncidado;

tanto el nacido en casa como el comprado, aunque no sea de vuestra estirpe, sea circuncidado»?

Esto estaba escrito.

Cualquier otro añadido es vuestro.

Se lo he dicho a José y os lo digo a vosotros.

Pronto ya no tendrá excesiva importancia la circuncisión antigua.

Una nueva y más verdadera, será aplicada…

Y en parte más noble.

Pero mientras la primera siga y vosotros por fidelidad al Señor,

la apliquéis al varón nacido de vosotros o adoptado por vosotros,

no os avergoncéis de haberlo hecho en carne de otra estirpe.

La carne es del sepulcro, el alma es de Dios.

Se circuncida la carne, al no poder circuncidar lo que es espiritual.

Pero la señal santa resplandece en el espíritu.

Y el espíritu es del Padre de todos los hombres.

Meditad en esto.

Sigue un momento de silencio.

Luego José de Arimatea se levanta y dice:

–                 Me marcho, Maestro.

Ven mañana a mi casa.

–                No.

Es mejor que no vaya.

Nicodemo ofrece:

–                  Entonces a la mía.

A la casa que está en el camino que del monte de los Olivos va hacia Betania.

Allí hay paz y…

–                 Tampoco.

Iré al monte de los Olivos.

Para orar…

Mi espíritu busca soledad.

Os ruego que me consideréis disculpado.

–                Como quieras, Maestro.

–                Y…

No vayas al Templo.

La paz a ti.

–                La paz a vosotros.

Los dos se marchan…

Santiago de Zebedeo exclama:

–                 ¡Yo quisiera saber a dónde ha ido Judas!

–                Yo diría que donde los pobres.

–                ¡Pero está aquí la bolsa!

–                No hagáis caso…

Vendrá…

Vuelve María de José con unas lámparas,

porque la luz ya no rompe el espesor de la plancha de mica puesta como lucernario en la espaciosa habitación.

Y vuelven los dos chicos.

Margziam dice:

–              Estoy contento de dejarte con uno que tiene casi mi nombre.

Así, cuando lo llames a él, te acordarás de mí.

Jesús lo estrecha contra sí.

Vuelve también Judas a quien le ha abierto la criada.

Entra seguro de sí, sonriente, atrevido….

Diciendo:

–                Maestro, quería ver…

La tempestad está calmada.

He acompañado a las mujeres…

¡Qué miedosa esa jovencita!

No te he dicho nada, porque me lo habrías impedido.

Y quería comprobar si había peligro para Ti.

Pero ya ninguno piensa en ello.

El sábado vacía las calles.

Jesús dice:

–               Bueno, bien.

Ahora vamos a estar aquí en paz y mañana…

Los apóstoles gritan:

–                ¡Ya no querrás ir al Templo!

–                No.

A nuestra sinagoga, donde hay buenos galileos fieles.

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