704 Un Milagro Estruendoso


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

510a La curación de un ciego de nacimiento.

El hombre que ha dejado de ser ciego, se levanta.

Estando encorvado, como uno que lleva un peso…

Su grandioso peso de alegría…

Va al arroyo que se lleva el agua que sobra.

Mira todo con asombro adorante…

Contempla el arroyo;

cómo el agua fluye brillante y risueña…

Y susurra:

–              Esto es el agua…

¡Claro!

Así la sentía entre los dedos…

Introduce la mano en ella.

Fría y que no se sujeta.

Agrega embelesado:

–                Pero no te conocía…

¡Ah, hermosa, hermosa!

¡Qué hermoso es todo!

Levanta la cara y ve un árbol…

Se acerca a él, lo toca.

Alarga una mano, acercando hacia sí una ramita, la mira…

Ríe, ríe, ríe lleno de júbilo.

Da sombra a los ojos con la mano y mira al cielo, al Sol.

Y dos lágrimas descienden de los párpados vírgenes abiertos para contemplar el mundo…

Baja los ojos hacia la hierba, donde una flor ondea en la cima de su tallo.

Luego se ve a sí mismo, reflejado en el agua del arroyo…

Se mira y dice:

–              Así soy yo?

Y observa asombrado, a una tórtola que ha venido a beber un poco más allá.

A una cabrita que arranca las últimas hojas de un rosal agreste.

A una mujer que viene hacia la fuente con un hijito contra su pecho.

Esa mujer le recuerda a su madre…

A su madre de rostro desconocido.

Elevando los brazos al cielo,

grita:

–               ¡Bendito seas Altísimo!

¡Por la luz, por la madre y por Jesús!

Se echa a correr, dejando en el suelo su bastón, ya inútil…

Los dos no han esperado a ver todo esto.

En cuanto han visto que el hombre veía, han ido raudos hacia la ciudad.

José, sin embargo, se queda hasta el final.

Y cuando el ciego que ha dejado de serlo, pasa por delante de él como una flecha;

para entrar en el dédalo de callejuelas del popular barrio de Ofel…

José de Arimatea deja a su vez su lugar y vuelve sobre sus pasos…

Hacia la ciudad, muy pensativo…

El barrio de Ofel siempre ruidoso, ahora está totalmente alborotado:

Unos corren hacia la derecha, otros hacia la izquierda;

entrecruzan preguntas y respuestas:

–                Pero lo habréis confundido con otro…

–                Te digo que no.

Le he preguntado:

«¿Pero eres realmente tú, Sidonio, llamado Bartolmái o Bartimeo?»

Y él me ha dicho:

«Lo soy».

Quería preguntarle cómo sucedió, pero se fue corriendo.

–               Dónde está ahora?

—             Donde su madre, sin duda.

Otros que recién llegan preguntan:

–              ¿Quién?

–             ¿Quién lo ha visto?

Varios responden:

—                ¡Yo!

–                 ¡Yo!

–                 ¿Y cómo ha sucedido?

–                 …Yo lo he visto correr sin bastón, con dos ojos en la cara.

Y he dicho: «¡Mira! Así sería Bartimeo si…»

« -Te digo que estoy temblando a más no poder.

Entrando, ha dicho:

«¡Madre, te veo!»

–               Una gran dicha para los padres.

–               Ahora podrá ayudar al padre y ganarse su pan…

–               ¡Esa pobre mujer se ha sentido mal de la alegría!

–             ¡Una cosa!

–             ¡Una cosa!

–             Yo había ido a pedir un poco de sal y…

–             Vamos, deprisa, a oírselo a él…

José de Arimatea se encuentra aprisionado en medio de este jaleo.

Guiado por un impulso que no es posible descifrar:

no se comprende si por curiosidad o por espíritu de imitación;

sigue la corriente y acaba metido en un callejón que no tiene salida…

Que si prosiguiera iría al Cedrón, donde la gente se apiña y sobrepuja con sus voces,

el frufrú de las aguas del torrente, engrosado por las lluvias de otoño.

José llega allí cuando, por otra callecita que desemboca en ésta…

Vienen los dos de antes con otros tres:

Un saduceo, un escriba, un sacerdote y otro que no es identificable por sus especiales vestiduras.

Se abren paso con arrogancia y tratan de entrar en la casa abarrotada de gente…

La casa está formada así:

Una cocina grande, negra como el alquitrán, con un rincón aislado por un rústico tabique de tablas,

tras el cual hay una yacija y una puerta que da a otro cuarto que tiene una cama más grande;

una puerta, abierta en la pared opuesta, deja ver un huerto muy pequeño, de pocos metros cuadrados.

Eso es todo.

El ciego curado habla arrimado a la mesa, respondiendo a los que le preguntan;

 

que son todos gente pobre como él, población modesta de Jerusalén,

de este barrio que es quizás el más pobre de todos.

Su madre en pie al lado de él, lo mira y llora secándose los ojos en su velo.

El padre, un hombre ajado por el trabajo, se manosea la barba con su mano trémula.

Entrar en la casa es imposible hasta para la prepotencia judía y doctoral.

Y los cinco tienen que escuchar desde fuera las palabras del curado:

–                  ¿Qué cómo se me han abierto?

Ese hombre que se llama Jesús me ha ensuciado los ojos con tierra mojada…

Y me ha dicho:

«Ve a lavarte en 1a fuente de Siloé».

He ido, me he lavado…

Se han abierto los ojos.

Y he visto.

–                  Pero cómo es que has encontrado al Rabí?

Siempre decías que eras un desdichado porque nunca lo encontrabas…

Ni siquiera cuando pasaba siempre por aquí para ir a casa de Jonás al Getsemaní.

Y ahora que no se sabe nunca dónde está…

–                 ¡Hombre!

Ayer al anochecer vino un discípulo suyo, me dio dos monedas.

Me dijo: «¿Por qué no tratas de ver?».

Le dije:

«He buscado, pero no encuentro nunca a ese Jesús que hace los milagros.

Lo busco desde que curó a Analía, una chica de mi mismo barrio, pero si voy acá Él está allá…»

Y él me dijo: «Yo soy un apóstol suyo y lo que yo quiero lo hace.

Ven mañana a Bezetha y busca la casa de José el galileo el del pescado seco, José de Seforí;

cerca de la puerta de Herodes y del arco de la plaza, por la parte oriental.

Verás que antes o después, Él pasa por allí o entra en la casa.

Y yo le señalaré tu presencia».

Dije: «Pero mañana es sábado»

Quería decir que Él no haría nada en sábado.

Me dijo: «Si quieres curarte, es el día;

porque después dejaremos la ciudad.

Y no sabes si podrás volver a encontrarlo».

Yo insistí:

«Sé que lo persiguen.

Lo he oído en las puertas de la muralla del Templo, donde voy a pedir limosna.

Por eso digo que ahora que lo persiguen así, menos todavía querrá ser perseguido y no curará en sábado»

Y él: «Haz lo que te digo y en sábado verás el Sol»

He ido.

¿Quién no habría ido?

¡Si lo está diciendo un apóstol suyo!

También me dijo: «A mí es al que más escucha.

Vengo expresamente porque me inspiras compasión y porque quiero que resplandezca su poder ahora que lo han ultrajado.

Tú, ciego de nacimiento, harás que resplandezca.

Sé lo que digo.

y verás».

He ido.

No había llegado todavía a la casa de José, cuando un hombre me ha tomado de la mano.

Pero por la voz no era el de ayer.

Y me ha dicho: «Ven conmigo, hermano»

No quería ir.

Creía que me quisiera dar pan y dinero o quizás vestidos.

Le pedía que me dejara seguir mi camino,

porque había sabido dónde encontrar al llamado Jesús.

Y el hombre me ha dicho:

«Éste es Jesús, este que está delante de ti».

Pero yo no he visto nada, porque era ciego.

He sentido dos dedos embadurnados en tierra mojada que me tocaban aquí y aquí.

Señala sus párpados.

Y he oído una voz que me decía:

«Ve rápido a Siloé y lávate y no hables con nadie».

Y lo he hecho.

Pero estaba desalentado, porque esperaba ver enseguida.

Casi he creído que hubiera sido una broma de jóvenes sin corazón…

 

Y no quería ir.

Pero he sentido dentro una especie de voz decir:

«Ten esperanza y obedece».

Entonces he ido a la fuente;

me he lavado y he visto.

Y el joven se detiene, extático.

Pensando de nuevo en la alegría de su primer momento de ver…

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