Archivos diarios: 21/03/23

742 El Pecado y la Enfermedad

IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

523a En Jericó. 

Y Jesús, cuando ya ha despedido a Salomón, que ha hablado por todos;

se dirige hacia los enfermos que piden curación…

Y los cura.

Son:

Una mujer anciana anquilosada por la artritis, un paralítico,

un jovencito deficiente mental;

una niña que pareciera que estaba tísica y dos enfermos de los ojos.

La gente lanza sus vibrantes gritos de alegría.

Pero no ha acabado todavía la serie de los enfermos.

Una madre se acerca, desfigurada por el dolor, sujetada por dos amigas o parientes;

se arrodilla y dice:

–                Mi hijo está muriendo.

No se le puede traer aquí…

¡Ten piedad de mí!

Jesús pregunta:

–                 ¿Puedes creer sin medida?

–                  ¡Con todo, Oh mi Señor!

–                  Entonces vuelve a tu casa.

–                  ¿A mi casa?…

¿Sin ti?…

La mujer lo mira un momento angustiada;

luego comprende…

El pobre rostro se transfigura.

¡Entonces grita!:

–               Voy, Señor.

¡Bendito seáis Tú y el Altísimo que te ha enviado!

Se marcha rauda;

más ágil que sus mismas compañeras…

Jesús se vuelve hacia uno de Jericó, un vecino de noble aspecto,

Preguntando:

–                ¿Esa mujer es hebrea?

El hombre responde:

–                 No.

Al menos de nacimiento no.

Viene de Mileto.

De todas formas, está casada con uno de nosotros…

Y desde entonces está en nuestra fe.

Jesús observa:

–                Ha sabido creer mejor que muchos hebreos.

Luego, subiendo al alto escalón de una casa,

hace el gesto habitual de abrir los brazos…

que precede a su discurso y que sirve para imponer silencio.

Habiéndolo obtenido…

Recoge los pliegues del manto, que se ha abierto en el pecho al hacer el gesto.

Y lo sujeta con la izquierda.

Mientras baja la derecha con el gesto propio de quien jura…

Diciendo:

–               Escuchad, vecinos de Jericó, las parábolas del Señor;

luego, que cada uno las medite en su corazón…

Y saque de ellas la lección para nutrir su espíritu.

Podéis hacerlo porque conocéis la Palabra de Dios no desde ayer,

no desde la pasada Luna;

ni siquiera desde el pasado invierno.

Antes de que Yo fuera el Maestro;

Juan, mi Precursor, os había preparado para Mi Llegada.

Después de llegar Yo…

Mis discípulos han arado este suelo muchas veces,

para sembrar en él, todas aquellas semillas que les había dado.

Así pues, podéis comprender la palabra y la parábola.

–             ¿A qué compararé Yo a los que después de haber sido pecadores se convierten?

Los compararé a enfermos que se curan.

¿A qué compararé a los otros?

¿A aquellos que no han pecado públicamente…?

¿O a aquellos, más raros que perlas negras, que no han incurrido nunca,

ni siquiera secretamente, en culpas graves?

Los compararé a personas sanas.

El mundo está compuesto de estas dos categorías.

Tanto en el espíritu, como en la carne y en la sangre.

Pero, si las comparaciones son iguales;

distinta es la manera de tratar, que usa el mundo con los enfermos curados,

que eran enfermos de la carne;

de la que usa con los pecadores convertidos.

O sea, con los enfermos del espíritu que recuperan la salud.

Vemos que incluso, cuando un leproso,

que es el enfermo más peligroso y más aislado, por ser peligroso…

Obtiene la gracia de la curación.

Es admitido de nuevo a la colectividad de las gentes,

después de haber sido observado por el sacerdote y purificado.

También los de su ciudad lo festejan porque está curado,

porque ha resucitado para la vida;

para la familia, para los negocios.

¡Gran fiesta en la familia y en la ciudad,

cuando uno que era leproso logra obtener esta gracia y curarse!

Rivalizan entre los familiares y convecinos para llevarle esto o aquello…

Y sí está solo, sin casa o muebles;

rivalizan para ofrecerle techo o mobiliario.

Y todos dicen:

“Dios tiene preferencia por él.

Su dedo lo ha curado.

Honrémosle, pues.

Y honraremos al que lo ha creado y recreado”.

Es justo actuar así.

Y al contrario, cuando desafortunadamente,

uno manifiesta los primeros síntomas de lepra…

¡Con qué amor angustioso parientes y amigos lo colman de ternura,

mientras les es posible hacerlo;

como para darle todo en una sola vez…

El tesoro de afectos que le habrían dado en muchos años,

para que se lo lleve consigo a su sepulcro de vivo!

Pero…

¿Por qué entonces, para los otros enfermos no se actúa así?

Si un hombre empieza a pecar, los familiares y sobre todo,

los convecinos, lo ven…

¿Por qué no tratan de apartarlo del pecado con amor?

Una madre, un padre, una esposa, una hermana…

Todavía lo hacen.

Pero que lo hagan los hermanos, es ya difícil…

Y no digo ya que lo hagan los hijos del hermano del padre o de la madre.

Finalmente los convecinos, no saben hacer otra cosa que criticar, hacer mofa;

insultar, escandalizarse, exagerar los pecados del pecador…

Señalárselos con el dedo unos a otros;

tenerlo los más justos…

Lejos como a un leproso y hacerse cómplices suyos,

para gozar a sus espaldas, los que justos no son.

Pero sólo raramente hay una boca y sobre todo, un corazón que vaya donde el infeliz;

con piedad y firmeza, con paciencia y amor sobrenatural…

Y con ahínco, trate de frenar el progresivo descenso en el pecado.

¿Pero es que no es acaso más grave,

verdaderamente grave y mortal la enfermedad del espíritu?

¿No priva y además para siempre, del Reino de Dios?

¡La primera caridad hacia Dios y hacia el prójimo no debe ser acaso,

este trabajo de curar a un pecador por el bien de su alma y la gloria de Dios?

Y cuando un pecador se convierte…

¿Por qué ese juicio obstinado sobre él,

ese casi deplorar el que haya vuelto a la salud espiritual?

¿Veis desmentidos vuestros pronósticos de segura condenación,

de un convecino vuestro?

Deberíais más bien, alegraros de ello;

dado que quien os desmiente es Dios misericordioso;

que os da una medida de su bondad,

para infundiros ánimo ante vuestras culpas más o menos graves.

¿Y por qué esa persistencia en querer ver sucio,

despreciable, digno de vivir aislado;

aquello que Dios y la buena voluntad de un corazón,

han hecho limpio, admirable;

digno de la estima de los hermanos;

es más, digno de vuestra admiración?

¡Pero bien que exultáís, si simplemente un buey o un asno vuestros;

un camello, la oveja del rebaño o la paloma preferida, se curan de una enfermedad!

¡Bien que exultáis si uno ajeno a vosotros, al que apenas recordáis por el nombre,

por haberlo oído durante el tiempo en que fue aislado como leproso,

vuelve curado!

¿Y por qué entonces, no exultáis por estas curaciones espirituales,

por estas victorias de Dios?

El Cielo exulta cuando un pecador se convierte.

El Cielo:

Dios, los ángeles purísimos, que no saben qué es pecar.

Y vosotros;

vosotros hombres…

¿Queréis ser más intransigentes que Dios?

Haced, haced justo vuestro corazón.

Reconoced que el Señor está Presente,

no sólo entre las nubes de incienso y los cantos del Templo;

en el lugar donde solamente la santidad del Señor, en el Sumo Sacerdote, debe entrar…

Y debería ser santa como su nombre indica.

Reconoced esta Presencia también en el prodigio de estos espíritus resucitados;

de estos altares reconsagrados;

a los cuales el Amor de Dios desciende con sus fuegos,

para encender el Holocausto.

La madre de antes interrumpe a Jesús.

Con sus gritos de bendición quiere adorarlo.

¡El milagro ha sido realizado!

Jesús la escucha, la bendice…

Le dice que vaya de nuevo a casa…