744 Confesión…

IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

524 En Jericó. 

Zaqueo dice:

–                ¿Entonces apruebas todo esto que he hecho?

Fíjate Maestro, yo aquel día había dicho “te seguiré”

Quería seguirte…

Bueno, materialmente.

Pero esa misma noche vino a mi casa Demetes, para una de esas…

Para uno de esos infames manejos…

Necesitaba dinero.

Venía de Jerusalén…

Porque se la llama santa, pero en ella hay toda clase de vergüenzas…

Y los primeros que las promueven, son los que luego arremeten furiosamente,

contra nosotros como si fuéramos leprosos…

Pero debo hablar de nuestros pecados, no de los de ellos.

Yo ya no tenía dinero.

Te lo había dado…

TODO.

Incluso el dinero que estaba todavía en casa ya era como si hubiera sido dado,

porque había hecho ya las partes que debía devolver a aquellos,

a quienes se lo había arrebatado con usura.

Le dije:

“No tengo dinero.

Pero tengo algo que vale más que todos los tesoros”.

Y le narré mi conversión, tus palabras, la paz que había en mí…

Hablé tanto, que mientras todavía hablaba,

la luz del nuevo día entró a iluminar las caras y a hacer inútiles las lámparas.

No sé con exactitud lo que dije.

Sé que él dio un fuerte puñetazo en la mesa, junto a la cual estábamos sentados.

Y exclamó:

“¡Mercurio ha perdido un seguidor y los sátiros un compañero!

Toma incluso estas monedas, insuficientes para el delito;

pero útiles para un pan para el mendigo.

Y tómame contigo.

Quiero conocer un perfume, después de tantos hedores”.

Y se ha quedado.

Fuimos juntos a Jerusalén:

Yo, para vender objetos;

él, para deshacerse de todos los…

Compromisos.

Había orado en el Templo, después de tanto tiempo,

con el corazón puro y pacificado de un recién nacido…

Regresando, me dije a mí mismo:

“¿No es esto también seguir al Maestro?

¿Y quizás seguirle mejor, quedándome en Jericó;

donde mis desdichados amigos, publicanos como yo:

Gariteros, lenones, usureros;

después de haber sido vigilantes de galeotes y forzados, de esclavos,

torturadores de todo desdichado, soldados sin ley ni piedad,

juerguistas para ahogar los remordimientos en las borracheras…

Vienen a verme para emplear su dinero maldito…

Proponerme negocios, invitarme a convites y a otras bajezas infames?

La ciudad me desprecia.

Los hebreos me tendrán siempre por pecador.

Pero ellos no.

Ellos son como yo…

Son basura, pero pueden tener algo, dentro de sí;

para que sea rescatable por Dios.

Y no encuentran a nadie que les eche una mano.

Yo los he ayudado en el Mal.

Quizás pecaron también por mis consejos, por las cosas que alguna vez les he pedido.

Ahora tengo el deber de ayudarlos para ir al bien.

De la misma forma que he hecho acto de devolución,

a aquellos a quienes había perjudicado…

De la misma forma que he indemnizado a mis convecinos,

también tengo que tratar de hacer reparación con ellos”.

Y me he quedado aquí.

Una vez uno, otra vez otro;

han venido, de una u otra ciudad.

He hablado.

No todos fueron como Demetes.

Algunos tras burlarse de mí, huyeron.

Otros han dado largas.

Otros más se han detenido.

Pero pasado un tiempo, han vuelto a su infierno.

Éstos han permanecido.

Y…

Bueno pues ahora siento que debo seguirte así, que debemos seguirte así…

Luchando con nosotros mismos;

soportando los desprecios del mundo que no nos sabe perdonar.

No faltan las lágrimas del corazón, cuando vemos que el mundo no perdona.

Cuando los recuerdos vuelven…

Son muchos y penosos…

En algunos son…

Alguien declara:

–               La Némesis horrenda que nos echa en cara nuestros delitos.

Y que nos promete la venganza en el inframundo.

Varios dicen:

–               Son los quejidos de los que estaban agotados…

Y yo les pegaba para hacerles trabajar.

–               Son las maldiciones de los que hice esclavos,

tras haber tomado con usura todo lo que poseían.

–               Son las súplicas de viudas y huérfanos que no podían pagar…

Y yo les confiscaba en nombre de la ley sus últimos bienes.

–               Son las atrocidades llevadas a cabo en los países conquistados,

con personas inermes aterrorizadas por la derrota.

–               Son las lágrimas de mi madre, de mi mujer, de mi hija…

Muertas de penalidades, mientras yo derrochaba todo en los festines.

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