807 ¿Fe Sin Fruto, Ni Premio?9 min read

IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

544b La muerte de Lázaro.

Lázaro ha cerrado los ojos.

Pero debe sufrir atrozmente.

Todo él es estremecimiento y contracción.

El médico trata de socorrerlo con jarabes…

Pasan así un tiempo.

Lázaro abre los ojos.

Parece desmemoriado de lo que ha sucedido antes, pero está consciente de sí mismo.

Sonríe a sus hermanas tratando de tomarles las manos y responder a sus besos.

Palidece mortalmente.

Gime:

–            Tengo frío…

Le castañean los dientes.

Trata de cubrirse la boca.

Gime:

–          Nicómedes, ya no resisto estos dolores.

Los lobos me arrancan la carne de las piernas y me devoran el corazón.

¡Cuánto dolor!

Si así es la agonía…

¿Qué será la muerte?

¿Qué voy a hacer?

¡Si tuviera aquí al Maestro!…

¿Por qué no me lo habéis traído?

Habría muerto feliz en su pecho…

Llora.

Marta mira a María severamente.

María comprende esa mirada…

Y todavía abatida por el delirio de su hermano, cae en el remordimiento.

Inclinándose, arrodillada como está contra la cama besando la mano de su hermano,

gime dolorosamente:

–               Soy yo la culpable.

Martha quería hacerlo desde hace ya dos días.

Yo no he querido.

Porque Él nos había dicho que le avisáramos, sólo después de tu muerte.

¡Perdóname!

Yo te he dado todo el dolor de la vida…

Y no obstante, te he amado y te amo, hermano.

Después del Maestro, tú eres la persona a quien más amo.

Dios ve que no miento.

Dime que me absuelves del pasado…

Dame paz…

El médico interviene:

–             ¡Dómina!

El enfermo no tiene necesidad de emociones.

–              Es verdad…

Dime que me perdonas el haberte negado a Jesús…

Lázaro responde:

–             ¡María!

Por tí Jesús ha venido aquí…

Y viene por tí…

Porque tú has sabido amar…

Más que ningún otro…

Me has amado más que ningún otro…

Una vida…

De delicias no me habría…

No me habría dado la…

Alegría que he gozado por tí…

Te bendigo…

Te digo…

Que has hecho bien…

En obedecer a Jesús…

Yo no sabía eso…

Sé… Digo…

Está bien…

¡Ayudadme a morir!…

Noemí…

Tú en el pasado, eras capaz de…

Hacerme dormir…

Martha…

Bendita…

Paz mía,…

Maximino…

Con Jesús.

También…

Por mi…

Mi parte…

Para los pobres,…

A Jesús…

Para los pobres…

Y perdonad…

A todos…

¡Ah, qué espasmos!…

¡Aire!…

Luz…

Todo tiembla…

Tenéis como una luz en torno a vosotros y me ciega si…

Os miro…

Hablad… Fuerte…

Porque ya no…

Os oigo…

Ha puesto la mano izquierda en la cabeza de María.

Y ha dejado desmayada la izquierda entre las manos de Martha.

Jadea…

Lo levantan con precaución añadiendo almohadas.

Nicómedes le hace sorber todavía, otras gotas de jarabes.

La pobre cabeza, mortalmente relajada, se hunde y pende.

Toda la vida está en la respiración.

No obstante, abre los ojos y mira a María, que le sujeta la cabeza.

Le sonríe diciendo:

–             ¡Mamá!

Ha vuelto…

¡Mamá!

¡Habla!

Tu Voz…

Tú sabes… el secreto…

de Dios…

¿He servido… al Señor?…

María, con voz blanca por la pena, susurra:

–             El Señor te dice:

Ven conmigo, siervo bueno y fiel;

porque has escuchado todas mis palabras y has amado al Verbo que he enviado”.

–            ¡No oigo!

¡Más fuerte!

María repite más fuerte…

Lázaro exclama satisfecho:

–           ¡Es verdaderamente mamá!…

Y abandona la cabeza en el hombro de su hermana…

Ya no habla.

Sólo gemidos y temblores convulsos, sólo sudor y estertores.

Insensible ya respecto a la Tierra, a los sentimientos;

se hunde en la oscuridad cada vez más absoluta de la muerte.

Los párpados descienden sobre los ojos vidriosos en que brilla una última lágrima.

María dice:

–             ¡Nicómedes!

¡Se entumece!

¡Se pone frío!…

–              Dómina, para él la muerte es un alivio.

Martha suplica:

–            ¡Mantenlo con vida!

Mañana, sin duda, estará aquí Jesús.

Se habrá puesto en camino enseguida.

Quizás ha tomado el caballo del criado…

U otra cabalgadura.

Volviéndose hacia su hermana, agrega:

–            ¡Oh, si me hubieras dejado enviar el mensajero antes!

Luego, al médico:

–              ¡Haz que viva! – impone convulsa.

El médico abre los brazos, en muda explicación.

Prueba con unos cordiales.

Pero Lázaro ya no deglute.

El estertor aumenta…

Aumenta.

Es acongojante…

El agonizante sufre muchísimo.

Tiene los ojos cerrados.

Se contrae.

Respira penosamente.

El tiempo pasa…

Noemí gime:

–              ¡No se puede soportar ya oírlo!

–              Sí.

Tiene una larga agonía… – asiente el médico.

Pero, casi no ha terminado de decir esto…

Cuando de repente, con una convulsión de todo el cuerpo, que se contorsiona;

se arquea, se dobla y luego se abate…

Lázaro exhala el último suspiro.

Al ver esta convulsión, las hermanas gritan…

Gritan al ver ese abatimiento.

María llama a su hermano, besándolo.

Martha se agarra del médico, que se inclina sobre su paciente,

diciendo:

–              Ha expirado.

Ya es demasiado tarde para esperar a que suceda el milagro.

Ya no hay espera.

¡Demasiado tarde!…

Yo me marcho, señoras.

Ya no hay motivo para que siga aquí.

Apresuraos en los funerales, porque ya está descompuesto.

Baja los párpados del cadáver.

Y observándolo, agrega:

–              ¡Qué pena!

Era un hombre virtuoso e inteligente.

¡No debía haber muerto!

Se vuelve hacia las hermanas, se inclina,

se despide:

–              ¡Dómine, salve!

Y se marcha.

Los llantos llenan la habitación.

María, ya sin fuerzas, se deja caer sobre el cuerpo de su hermano,

gritando sus remordimientos;

invocando su perdón.

Martha llora en los brazos de Noemí.

Luego María grita:

–             ¡No has tenido fe!

¡Ni obediencia!

¡Yo lo maté antes, tú ahora;

yo pecando, tú desobedeciendo!

Está como fuera de sí.

Martha la levanta, la abraza, se excusa.

Maximino, Noemí, Marcela tratan de inducir a las dos a entrar en razón y a resignarse.

Y lo logran recordando a Jesús…

El dolor se hace más ordenado.

Y la habitación se llena de siervos que lloran.

Mientras entran los encargados de la preparación del cadáver,

las dos hermanas son conducidas a otro lugar a llorar su dolor.

Maximino, que las guía, dice:

–             Ha expirado al concluir la segunda vigilia de la noche.

Y Noemí:

–             Mañana habrá que darle sepultura.

Maximino pregunta:

–           Habrá que enterrarlo mañana antes del atardecer, porque sigue el sábado.

¿Dijisteis que el Maestro dijo que le tributasen los máximos honores?…

Martha responde:

–             Sí, Maximino.

Ocúpate tú de todo eso.

Encárgate de todo.

Yo estoy aturdida y ya no puedo más.

–             Me retiro para enviar a criados a avisar a la gente cercana o lejana.

Y para dar todas las demás indicaciones.

El mayordomo se retira.

Las dos hermanas, abrazadas, lloran.

Ya no se echan culpas la una a la otra.

Lloran con inmenso dolor.

Tratan de consolarse…

Pasan las horas y el cadáver es preparado para el funeral.

Una larga forma envuelta en vendas bajo el sudario.

Cuando Martha lo ve, grita con un tono de reproche:

–           ¿Por qué lo han cubierto así?

Maximino contesta con un tono de disculpa:

–           Patrona…

Era un hedor horrible…

Y al moverlo le salió sangre podrida por la nariz…

Las hermanas llorando, lo velan hasta el amanecer.

Las hermanas lloran intensamente.

Lázaro está ya más lejos bajo esas vendas…

Otro paso en la lejanía de la muerte.

Lo velan con lágrimas hasta el alba…

Hasta que regresa del otro lado del Jordán, el siervo enviado por Martha.

Este hombre se queda anonadado con lo que encuentra en la finca de Bethania…

Sin embargo, informa de la veloz carrera que ha realizado para llevar la respuesta de Jesús.

Martha pregunta:

–          ¿Dijo que vendría?

¿No ha hecho ningún reproche?

El siervo contesta:

–            No patrona.

Dijo: “Diles que estén tranquilas.

No es una enfermedad mortal.

Sino que es para la Gloria de Dios.

Para que se manifieste su poder y sea glorificado en su Hijo.

 

Diles que iré y que tengan Fe”

María pregunta:

–           ¿Así dijo?

¿De veras?

¿Estás seguro?

–          Patrona, yo me vine repitiendo estas palabras por todo el camino.

Yo le dije: ‘Maestro, está muy grave.

La gangrena le está haciendo caer la carne a pedazos y ya no come.’

Y Él me contestó:

“No importa. Las cosas son como digo”

‘Pero, ¿Vas a ir?’

“Iré.

Diles que iré y que tengan Fe.

Una fe completa.

¿Entendiste?

Te repito: Una Fe absoluta.

Vete.

La paz sea contigo y con quién te envió.”

Y eso es todo, patrona.

María dice:

–           Está bien.

Estás cansado y ya es tarde…

Cómo puedes ver, ya no hay nada que hacer.

Martha suspira diciendo:

–             Vete a descansar.

Estás cansado.

Has hecho todo bien.

¡Pero ya es demasiado tarde!…

Y rompe a llorar ruidosamente en cuanto se queda con su hermana.

María pregunta:

–               ¡Martha!

¿Por qué?…

Martha exclama:

–               ¡Oh, además de la muerte la desilusión!

¡María!

¡María!…

¿No piensas que el Maestro esta vez se ha equivocado?

Mira a Lázaro.

¡Está muerto!

Hemos esperado más allá de lo creíble y no ha servido de nada.

Me habré equivocado, no digo que no…

Cuando le he mandado el aviso, Lázaro estaba ya más muerto que vivo.

Y nuestra fe no ha recibido fruto ni premio.

¡Y el Maestro envía el mensaje de que no es enfermedad de muerte!

¿Es que el Maestro ya no es la Verdad?

Ya no es…

¡Oh! ¡Todo!

¡Todo!…

¡Todo está terminado!

María se retuerce las manos.

No sabe qué decir.

La realidad es realidad…

Pero no habla.

No dice una palabra contra su Jesús.

Llora, verdaderamente agotada.

Martha tiene un pensamiento obsesivo en su corazón, el de haber tardado demasiado…

Y con tono de reproche dice:

–             Es por culpa tuya.

Jesús quería probar nuestra fe así.

Obedecer, sí.

Pero también desobedecer por fe y demostrarle que creíamos que sólo Él podía y debía hacer el milagro.

¡Pobre hermano mío!

¡Y cuánto ha deseado su presencia!

Al menos esto:

¡Verlo!

¡Pobre hermano nuestro!

¡¡Pobrecillo!!

¡Pobrecillo!…

Y el llanto se transforma en grito…

Al que hacen coro tras la puerta los gritos de todos los siervos, según la costumbre oriental…

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